La percepción que tuvimos todos los españoles cuando se
destapó el caso Bárcenas y los periódicos publicaron los papeles que implicaban
a la plana mayor del PP en el oscuro asunto de las supuestas donaciones y los
sobresueldos, fue la de que estábamos asistiendo al más grave asunto de
corrupción, de cuántos hasta entonces se habían conocido y que exigía, por
tanto, una respuesta contundente por parte de la justicia, al hallarse entre
los nombres revelados, incluso hasta el del mismísimo Presidente.
También creímos, ilusos de nosotros, que la prensa de
investigación, tan abandonada en los últimos tiempos, por evidentes razones
partidistas, retomaba el camino de intentar el esclarecimiento total de lo que
había estado ocurriendo durante más de veinte años tras las paredes de Génova y
que contaba con la información suficiente para mover los cimientos del Partido
conservador, intentando que la verdad resplandeciera por encima de todas las
cosas, cayese quién cayese.
Pero el tiempo, que siempre suele jugar a favor de los
presuntos delincuentes y la poca
voluntad demostrada por todos aquellos organismos a los que abarca esta extensa
red de infinitos tentáculos, han empezado a desdibujar las certezas que en un
principio parecieron incontestables y los mecanismos legales, creados por y en
beneficio de los políticos, parece que van a conseguir que al final, todo quede
en agua de borrajas.
No es de ley que los más altos cargos de las Instituciones
pertenezcan, por tradición, a la formación que consigue el gobierno y que
sistemáticamente, cada cuatro años, sean relevados de sus puestos, si cambia el
signo del poder.
Siendo así, la disciplina les obliga a proteger con uñas y
dientes la integridad de los compañeros, cuanto más, si se ven envueltos, muy a
su pesar, en asuntos oscuros de los que resulta difícil salir y en los que se agradece, no quieran saber de
qué modo, cualquier ayuda que se pueda prestar y que aleje de ellos cualquier
indicio de ilegalidad, como ocurre en el caso que nos ocupa.
Es por eso que sucede a menudo, que existiendo indicios más
que probados de la culpabilidad de ciertos individuos, los organismos que
tendrían que ejercer una mayor colaboración para el esclarecimiento de los
hechos, encuentran enrevesados entresijos legales con los que abrir ranuras por
las que dejar escapar a los principales encausados, unas veces por haber
prescrito el delito, otras, por ser las cantidades manejadas inferiores a las
que lo constituirían y otras, separando esas cantidades, una a una, obviando
que la totalidad sobrepasaría, sobradamente, los topes a los que castigan las
leyes.
Hacer la trampa se ha convertido para la clase política en
algo casi tan importante, como hacer las leyes y de ahí, que los ciudadanos no
podamos dar crédito a lo que vemos y que la impunidad para los autores de
delitos de corrupción, se haya convertido en habitual, sin que ninguno de ellos
llegue a pagar, jamás, por la vileza de sus acciones.
La milagrosa intervención de Hacienda a favor de los
argumentos esgrimidos por el PP en el caso de Bárcenas, prueba fehacientemente
que los políticos de este país son, por norma, siempre inocentes, sin que nunca
se pueda demostrar lo contrario.
Pero los que albergamos la esperanza de que todo es factible
de ser cambiado, esperábamos que el coraje de los jueces, a los que se niega
así, cualquier posibilidad de administrar justicia, pudiera contrarrestar de
algún modo este método de obstrucción, apelando a recursos que el código penal
pudiera ofrecerles, para que estas infracciones que atentan, directamente, contra
el bien de la sociedad, pudieran ser condenadas, cayendo sobre sus autores,
todo el peso de la Ley.
Unos, como el juez Castro, lo intentan denodadamente y no
parecen estar, a pesar de los contratiempos y las presiones, dispuestos a
rendirse, pero el Juez Ruz, es hasta ahora, sobre todo por su provisionalidad,
una incógnita cuyo resultado queda aún por establecer, sin que nadie sepa
cuáles serán sus próximos pasos, ni si finalmente decidirá apostar porque
prevalezca la verdad, aunque cayera el mismo gobierno.
De su futura actuación
depende, en mucho, que los ciudadanos podamos recuperar, o no, la confianza en
la existencia de una justicia igualitaria y en la resolución de este caso,
estriba, sentar un precedente absolutamente necesario, para que los que en
un futuro sientan la tentación de
hacerse con fondos públicos, por métodos que todos conocemos, lo olviden.

No hay comentarios:
Publicar un comentario