Ya era un clamor que las consecuencias de la crisis incidían
con mayor presión sobre los débiles.
Ya sabíamos que la mayor parte de los recortes, aplicados por
este Partido Popular, que se declara ferviente seguidor de los principios del
cristianismo más ortodoxo, habían hecho mella en los sectores sociales más
necesitados, privando a los dependientes de las ayudas que hasta ahora recibían
y echando en cara a los receptores de los subsidios de cuatrocientos euros, su
apatía para buscar trabajo o aceptar las chapuzas que les salían, en negro,
para poder llegar al largo fin de mes.
Ya sabíamos que habían gravado las recetas, fundamentalmente
de los pensionistas, con un canon que a muchos de ellos les cuesta plantearse
no poder continuar los tratamientos que exige su enfermedad y que los despidos
masivos de los interinos de la Sanidad y la Enseñanza, ha mermado
considerablemente el nivel de atención en las Escuelas y en los Hospitales, en
detrimento de todos nosotros.
Pero el decreto que obliga a cobrar un tanto por ciento, a
los afectados de enfermedades crónicas, que incluyen sin ir más lejos, a los
enfermos de cáncer y otras dolencias de extrema gravedad, sin contemplar edades
o estatus sociales, cruza directamente la línea de lo moral y es la mayor
impiedad que nuestros ojos hayan contemplado, venida de parte de los políticos
que nos han gobernado, en todos los tiempos.
Cuánto más, cuando la medida procede de los mismos a quienes
no duelen prendas en defender, por ejemplo, la abolición de la Ley del aborto,
en una defensa a ultranza de lo que consideran la vida del no nacido, mientras
se encargan de ir abriendo camino a la implantación de la Sanidad privada en
este país, abandonando a su suerte a los nacidos que más lo necesitan, sin que
su conciencia católico, apostólico, romana, haga que les tiemble la mano al
firmar esta ley, que será una sentencia de muerte lenta y dolorosa, para todos
aquellos que por razones meramente económicas, no puedan permitirse el lujo de
asumir el coste de los carísimos tratamientos.
No sale ahora Rouco Varela, ni ninguno de los obispos que
encabezaban las manifestaciones antiabortistas y contra los matrimonios entre
homosexuales, en defensa de los derechos de estos enfermos, ni se oye a los
Ministros de comunión diaria, incluida
Ana Mato, discrepar de las decisiones adoptadas por su jefe Rajoy, que
colocan en tan amarga tesitura a las familias que, por desgracia, tendrán que
aceptar el deterioro paulatino de sus enfermos.
Nada importa si este
sector de la sociedad es el que más consuelo precisa, en las horas amargas que
vendrán, a causa de la indiferencia que provoca en el endurecido corazón de
estos politicastros de turno, cuyo único objetivo se centra en satisfacer las
necesidades de la banca y en cumplir con las pautas marcadas por una Europa
avariciosa y exigente, ajena a cualquier mal que pueda afectar a los más
débiles de su territorio.
Y sin embargo, duele en el corazón de los españoles esta
indiferencia que marca claramente qué clase de personas nos están gobernando y
hasta dónde puede llegar el empeño en
mantener un poder, otorgado también, por el voto de muchos de los que a partir
de ahora, se verán afectados por la falta de ética que viene marcando la
trayectoria de este PP, tan lejana de la que prometían sus discursos
electorales y tan cercana a una deshumanización
absoluta, que ignora reiterativamente, las mayores necesidades de este
pueblo.
Harían falta miles de convocatorias electorales para terminar
de “agradecer” a Rajoy la implantación forzosa de sus múltiples decretos.
Espero que llegada la ocasión, aún nos queden fuerzas para
demostrárselo. Por los que ya serán ausentes y por los que quedemos en pie, si
es que no nos ha exterminado del todo, con alguno de sus recortes.

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