martes, 8 de octubre de 2013

La tragedia de Lampedusa


En este mundo globalizado en que nos ha tocado vivir, donde el dinero es el nuevo Dios al que todos adoran, la vida de los seres humanos y más aún, si proceden de países anclados en el subdesarrollo, ha dejado de tener importancia.
Mientras los términos macroeconómicos se van incorporando al lenguaje de los europeos y las naciones del sur nos compadecemos de nuestra suerte, envidiando y odiando el poder usurero que nos esclaviza, hombres, mujeres y niños  procedentes  de la más absoluta miseria, siguen arriesgando la piel con el sueño de arribar a lo que ellos consideran el Paraíso, tratando de encontrar, en todos los casos, una vida mejor.
Un número escandaloso de ellos han perdido la vida en el intento y en esta zona de España, conocemos por experiencia propia la dureza de su tragedia, pero el reciente naufragio de Lampedusa y los más de  doscientos ataúdes puestos en fila, sobre el suelo de la tierra prometida italiana, pone en evidencia la magnitud de este fenómeno casi cotidiano y viene a tocar hondamente la conciencia de los hombres y mujeres de bien, escandalizados por la indiferencia que demuestran los dirigentes de la Comunidad, ante el horror de estos sucesos.
Tratar de convencerse de la inutilidad de estos viajes con riesgo de muerte, culpando a la crisis de no poder acoger a los desheredados de otras tierras, no acabará con el problema que late en las entrañas del Continente africano, ni atajará los ardides de las mafias que organizan sin garantías la entrada en Europa de esta pobre gente, a cambio de dinero, ni borrará de las playas las escenas escalofriantes de la multitud de ahogados que luchaban para cumplir un sueño, pero es fácil esgrimir argumentos que hagan calar en la población sentimientos xenófobos, ahora que ya no necesitamos de esta mano de obra barata que en tiempos de bonanza, se empleaba para ocupar los puestos de trabajo que desechaban los oriundos, en la escala más baja del mundo laboral, sin contratos y sin papeles.
Todos hemos tenido la culpa de consentir el despropósito de la integración simulada de los que nada traían, acomodados, como estábamos, en el ahora perdido estado del bienestar, mientras jugábamos a vivir como ricos y las consecuencias de nuestra tácita complacencia afloran ahora, en nuestras horas bajas, recordándonos con las imágenes de su terrible realidad, la magnitud de nuestro pecado de soberbia.
Nada harán los magnates de Bruselas por remediar la desventura de los que mendigan un pedazo de pan para poder asegurar la supervivencia, ocupados como están, en intentar que los hermanos pobres de la Comunidad, devuelvan el montante de los rescates recibidos, pero es que además, la deshumanización que demuestran ante la sobrecogedora presencia de la muerte es tal, que no les temblará la mano para devolver a sus países de origen a los supervivientes.
Y aunque los ciudadanos de a pie presintamos que el drama que ahora vive esta gente, bien pudiera ser el nuestro, en un mañana próximo, la distancia que nos separa de los que detentan el poder impedirá, seguro, la resolución del conflicto.
Tal vez convendría recordar que el sufrimiento de los que proceden de las naciones africanas se debe, casi íntegramente, al estado en que quedaron aquellas tierras, después de la colonización y explotación ejercida en ellas por parte de los europeos, que las abandonaron a su suerte cuando ya no quedaban recursos que esquilmar y habiéndose, en muchos casos, enriquecido opulentamente, de su antigua  prosperidad y del servicio de sus gentes.
Es pues, responsabilidad de todos, remediar en lo posible, la miseria actual que padecen y aunque solo fuera por mera compasión, acoger con misericordia a quienes vienen, ofreciéndoles, al menos, alguna dosis de consuelo.
Los que yacen hoy mismo en suelo italiano y que nunca recobrarán la vida, lo merecen. Aunque no sea más que por el valor de haber intentado rozar esta tierra, creyendo que en ella encontrarían al fin, un poco de felicidad.







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