En este mundo globalizado en que nos ha tocado vivir, donde
el dinero es el nuevo Dios al que todos adoran, la vida de los seres humanos y
más aún, si proceden de países anclados en el subdesarrollo, ha dejado de tener
importancia.
Mientras los términos macroeconómicos se van incorporando al
lenguaje de los europeos y las naciones del sur nos compadecemos de nuestra
suerte, envidiando y odiando el poder usurero que nos esclaviza, hombres, mujeres
y niños procedentes de la más absoluta miseria, siguen arriesgando
la piel con el sueño de arribar a lo que ellos consideran el Paraíso, tratando
de encontrar, en todos los casos, una vida mejor.
Un número escandaloso de ellos han perdido la vida en el
intento y en esta zona de España, conocemos por experiencia propia la dureza de
su tragedia, pero el reciente naufragio de Lampedusa y los más de doscientos ataúdes puestos en fila, sobre el
suelo de la tierra prometida italiana, pone en evidencia la magnitud de este fenómeno
casi cotidiano y viene a tocar hondamente la conciencia de los hombres y
mujeres de bien, escandalizados por la indiferencia que demuestran los
dirigentes de la Comunidad, ante el horror de estos sucesos.
Tratar de convencerse de la inutilidad de estos viajes con
riesgo de muerte, culpando a la crisis de no poder acoger a los desheredados de
otras tierras, no acabará con el problema que late en las entrañas del
Continente africano, ni atajará los ardides de las mafias que organizan sin
garantías la entrada en Europa de esta pobre gente, a cambio de dinero, ni
borrará de las playas las escenas escalofriantes de la multitud de ahogados que
luchaban para cumplir un sueño, pero es fácil esgrimir argumentos que hagan
calar en la población sentimientos xenófobos, ahora que ya no necesitamos de
esta mano de obra barata que en tiempos de bonanza, se empleaba para ocupar los
puestos de trabajo que desechaban los oriundos, en la escala más baja del mundo
laboral, sin contratos y sin papeles.
Todos hemos tenido la culpa de consentir el despropósito de
la integración simulada de los que nada traían, acomodados, como estábamos, en
el ahora perdido estado del bienestar, mientras jugábamos a vivir como ricos y
las consecuencias de nuestra tácita complacencia afloran ahora, en nuestras
horas bajas, recordándonos con las imágenes de su terrible realidad, la
magnitud de nuestro pecado de soberbia.
Nada harán los magnates de Bruselas por remediar la
desventura de los que mendigan un pedazo de pan para poder asegurar la supervivencia,
ocupados como están, en intentar que los hermanos pobres de la Comunidad,
devuelvan el montante de los rescates recibidos, pero es que además, la
deshumanización que demuestran ante la sobrecogedora presencia de la muerte es
tal, que no les temblará la mano para devolver a sus países de origen a los
supervivientes.
Y aunque los ciudadanos de a pie presintamos que el drama que
ahora vive esta gente, bien pudiera ser el nuestro, en un mañana próximo, la
distancia que nos separa de los que detentan el poder impedirá, seguro, la
resolución del conflicto.
Tal vez convendría recordar que el sufrimiento de los que
proceden de las naciones africanas se debe, casi íntegramente, al estado en que
quedaron aquellas tierras, después de la colonización y explotación ejercida en
ellas por parte de los europeos, que las abandonaron a su suerte cuando ya no
quedaban recursos que esquilmar y habiéndose, en muchos casos, enriquecido
opulentamente, de su antigua prosperidad
y del servicio de sus gentes.
Es pues, responsabilidad de todos, remediar en lo posible, la
miseria actual que padecen y aunque solo fuera por mera compasión, acoger con
misericordia a quienes vienen, ofreciéndoles, al menos, alguna dosis de
consuelo.
Los que yacen hoy mismo en suelo italiano y que nunca
recobrarán la vida, lo merecen. Aunque no sea más que por el valor de haber
intentado rozar esta tierra, creyendo que en ella encontrarían al fin, un poco
de felicidad.

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