domingo, 27 de octubre de 2013

Digan lo que digan


Digan lo que digan las fuentes gubernamentales, esgrimiendo paupérrimos porcentajes ante las cámaras de televisión o aludiendo a esa mayoría silenciosa, que se ha convertido en excusa para continuar un mandato agotado por la ineficacia de todas y cada una de las medidas tomadas, la marea verde que inundó el viernes las calles de España, contra la nueva Ley de Educación, ha superado con creces, todas las expectativas que pudieran tenerse y ha demostrado que por una causa común, gente de ideologías diametralmente opuestas pueden unirse y convertir en clamor popular, el motivo de su protesta.
Digan lo que digan, esta Ley, ha conmovido profundamente el sentir de los españoles y la prueba del éxito rotundo de la Convocatoria de huelga era evidente si uno tenía la curiosidad de acercarse hasta los Centros educativos de su entorno y observar el escasísimo movimiento que en ellos había, roto sólo, por unos pocos alumnos de edades tempranas a quienes los padres no habían podido dejar al cuidado de nadie y que, naturalmente, fueron atendidos por el personal que cubría los servicios mínimos.
Incluso muchos docentes de Centros Concertados, desoyendo la presión de los directivos de sus lugares de trabajo, pertenecientes casi en su totalidad al ámbito de la Iglesia, se sumaron a las manifestaciones que recorrieron todo el país, siendo como son también ellos, pertenecientes al núcleo de población afectada por el clasismo de la ley  y yendo, como los demás, en justísima demanda de sus derechos.
Cualquiera que haya acudido el Viernes a las manifestaciones, habrá podido comprobar in situ, la presencia de todos los colectivos que forman la comunidad educativa de este país, encontrando a su lado a padres, docentes y alumnos de todas las edades, codo con codo y bajo las mismas consignas, que en este caso no eran, como se quiere hacer ver, políticas, sino sociales y mucho más relacionadas con la necesidad de perpetuar un sistema público de educación, que con atacar directamente a las siglas de un partido, aunque en este caso, la iniciativa de la aprobación de esta ley haya partido, exclusivamente, del PP, convirtiéndole en el centro absoluto de todas las protestas.
Digan lo que digan, algo ha debido suceder el viernes, cuando el inaccesible Wert  abre ahora la puerta a ciertas negociaciones con los afectados en todos los sectores educativos, aunque pretendiendo que el espíritu de su Ley se mantenga, contra viento y marea, sin aclarar qué temas son irrenunciables, ni cuáles podrán ser tratados, si la otra parte accede a reunirse con él, aparcando momentáneamente su  lucha.
Y como no es propio que un ministro de este gobierno acceda a renegociar alguna de las medidas adoptadas a golpe de decreto, no queda más remedio que pensar que digan lo que digan, el número de manifestantes que tomaron las calles de España el pasado viernes ha de ser, por lo menos, escandalosamente grande, si ha conseguido romper de algún modo, el hieratismo de los populares.
Ahora toca decidir si la Comunidad educativa está dispuesta a confiar en la palabra de Wert, o si guiada por los bajísimos índices de credibilidad que acompañan a este gobierno al completo, mantiene el pulso de las protestas sin querer negociar otra cosa que la derogación de la Ley, que sería lo único que colmaría las aspiraciones de todos los implicados en este asunto.
Porque diga lo que diga el Ministro, ni sus reválidas, ni sus bajadas de Becas, ni las exageradas tasas que se han establecido en las carreras universitarias son admisibles para el grueso de los españoles, por no hablar de tener que asumir que la nota de Religión juegue en igualdad de condiciones con la de Matemáticas o Lengua.
Las espadas están en alto.




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