Digan lo que digan las fuentes gubernamentales, esgrimiendo
paupérrimos porcentajes ante las cámaras de televisión o aludiendo a esa
mayoría silenciosa, que se ha convertido en excusa para continuar un mandato
agotado por la ineficacia de todas y cada una de las medidas tomadas, la marea
verde que inundó el viernes las calles de España, contra la nueva Ley de Educación,
ha superado con creces, todas las expectativas que pudieran tenerse y ha
demostrado que por una causa común, gente de ideologías diametralmente opuestas
pueden unirse y convertir en clamor popular, el motivo de su protesta.
Digan lo que digan, esta Ley, ha conmovido profundamente el
sentir de los españoles y la prueba del éxito rotundo de la Convocatoria de
huelga era evidente si uno tenía la curiosidad de acercarse hasta los Centros
educativos de su entorno y observar el escasísimo movimiento que en ellos
había, roto sólo, por unos pocos alumnos de edades tempranas a quienes los
padres no habían podido dejar al cuidado de nadie y que, naturalmente, fueron
atendidos por el personal que cubría los servicios mínimos.
Incluso muchos docentes de Centros Concertados, desoyendo la
presión de los directivos de sus lugares de trabajo, pertenecientes casi en su
totalidad al ámbito de la Iglesia, se sumaron a las manifestaciones que
recorrieron todo el país, siendo como son también ellos, pertenecientes al
núcleo de población afectada por el clasismo de la ley y yendo, como los demás, en justísima demanda
de sus derechos.
Cualquiera que haya acudido el Viernes a las manifestaciones,
habrá podido comprobar in situ, la presencia de todos los colectivos que forman
la comunidad educativa de este país, encontrando a su lado a padres, docentes y
alumnos de todas las edades, codo con codo y bajo las mismas consignas, que en
este caso no eran, como se quiere hacer ver, políticas, sino sociales y mucho
más relacionadas con la necesidad de perpetuar un sistema público de educación,
que con atacar directamente a las siglas de un partido, aunque en este caso, la
iniciativa de la aprobación de esta ley haya partido, exclusivamente, del PP,
convirtiéndole en el centro absoluto de todas las protestas.
Digan lo que digan, algo ha debido suceder el viernes, cuando
el inaccesible Wert abre ahora la puerta
a ciertas negociaciones con los afectados en todos los sectores educativos,
aunque pretendiendo que el espíritu de su Ley se mantenga, contra viento y
marea, sin aclarar qué temas son irrenunciables, ni cuáles podrán ser tratados,
si la otra parte accede a reunirse con él, aparcando momentáneamente su lucha.
Y como no es propio que un ministro de este gobierno acceda a
renegociar alguna de las medidas adoptadas a golpe de decreto, no queda más
remedio que pensar que digan lo que digan, el número de manifestantes que
tomaron las calles de España el pasado viernes ha de ser, por lo menos,
escandalosamente grande, si ha conseguido romper de algún modo, el hieratismo
de los populares.
Ahora toca decidir si la Comunidad educativa está dispuesta a
confiar en la palabra de Wert, o si guiada por los bajísimos índices de
credibilidad que acompañan a este gobierno al completo, mantiene el pulso de
las protestas sin querer negociar otra cosa que la derogación de la Ley, que
sería lo único que colmaría las aspiraciones de todos los implicados en este
asunto.
Porque diga lo que diga el Ministro, ni sus reválidas, ni sus
bajadas de Becas, ni las exageradas tasas que se han establecido en las
carreras universitarias son admisibles para el grueso de los españoles, por no
hablar de tener que asumir que la nota de Religión juegue en igualdad de condiciones
con la de Matemáticas o Lengua.
Las espadas están en alto.

No hay comentarios:
Publicar un comentario