Desde que el gobierno Rajoy empezó a incumplir sus promesas
electorales y se destapó con toda claridad, cuáles eran sus intenciones
políticas para la gestión de la crisis, se han venido sucediendo una serie de
hechos que no han hecho otra cosa que confirmar que a las derechas, exactamente
igual que hace sesenta años, le resulta muy práctico que los pueblos acaben
cayendo en las garras de la ignorancia.
Y no es que la izquierda pretenda intencionadamente atraer a
sus filas a los intelectuales, como a veces se quiere hacer ver desde los
debates televisivos, por parte de los adeptos al conservadurismo que nos
domina, sino que todos los pasos que se están dando, en los campos de la
Educación y la Cultura, van directamente encaminados a conseguir que los que
provienen de las clases humildes, no puedan tener acceso en modo alguno, ni a
los conocimientos, ni a los beneficios que reporta el contacto con cualquier
medio que proporcione un enriquecimiento personal y colectivo, sobre todo si
puede provocar oposición a lo que resulta políticamente correcto, desde las
perspectiva de nuestros actuales gobernantes.
Una buena parte de la historia de la humanidad ha sido un
ejemplo fehaciente de que la educación y la cultura eran una posesión
únicamente reservada a los poderosos de la tierra y hasta que las consecuencias
de la revolución industrial hicieron mella en las conciencias de los
trabajadores, empujándolos a comenzar una lucha larga y cruenta por la
consecución de sus derechos, la élite del capital y sus descendientes era la
única que generación tras generación, copaba las aulas de las universidades y
llenaba las salas de un teatro concebido, en exclusividad, para su disfrute.
Por lo que estamos viendo, la vuelta a esa situación está
cerca y otra vez, vuelve a depender, como antaño, de las posibilidades
económicas que en el caso de los asalariados, se están viendo mermadas hasta
casi no poder cubrir sus necesidades primarias, dejando por tanto, poco hueco
para el divertimento y en muchas ocasiones, incluso, para poder dedicarlos a
sufragar los estudios de los hijos que, a falta de becas, se ven obligados a
tener que abandonar las universidades, sin poder labrarse un futuro mejor.
Igual ocurre con las ayudas al teatro o al cine, que además
se han visto poderosamente afectados por la subida del IVA, que ha restado
considerablemente el número de espectadores que pueden permitirse pagar el
precio de las entradas y no precisamente porque no sean de su interés los
espectáculos que se ofrecen, sino porque les acucian necesidades mayores,
directamente relacionadas con la bajada de sueldos, en el caso de los que han
conseguido conservar el empleo, o con el paro en que quedaron, tras el cierre
de multitud de negocios y empresas.
El mundo de la farándula, además, no es precisamente santo de
la devoción del PP, que aún recuerda sin haber podido perdonarlo, la oposición
en bloque que protagonizaron los actores cuando la guerra de Irak y las
críticas recibidas en las sucesivas entregas de los premios Goya, en las que
año tras año, reciben nuevas reprimendas a su gestión, por parte de todos los
galardonados, en vivo y en directo.
Claramente, los populares deben pensar que la ignorancia
puede convertirse en el mejor aliado para sus planes de poder y que si para
conseguir llevarlos a cabo es necesario que las clases populares sean
despojadas de su derecho a la Educación o a la cultura, cualquier medio paran
conseguirlo, acabará por reportar beneficios a su modo de gobernar, al
ahorrarle tener que soportar las protestas.
Si a esto sumamos una ideologización evidente de la
educación, el crecimiento de sus adeptos estará garantizado y la lucha por el
poder será mucho menos encarnizada y violenta.
Ahora está en nosotros, elegir si seguimos las directrices
que se nos marcan, como rebaños, o procuramos por todos los medios, echar abajo
las pretensiones de Rajoy, denunciando lo que pensamos sobre su proyecto y
peleando denodadamente por conservar nuestros bien ganados derechos, porque ha
de quedar claro que sin Educación ni cultura, nuestros hijos serán,
necesariamente, carne de explotación y de injusticia.

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