Destrozada la confianza que los españoles tienen en los
políticos, el que Mariano Rajoy aparezca ante la prensa intentando convencer de
que el camino que eligió es el adecuado y que las cifras sobre el paro que se
publicarán en breve serán un poco más satisfactorias, importa poco o nada.
Acostumbrados a las manipulaciones que sobre cualquier dato
se hacen y ahítos de soportar que la
mentira se haya convertido en costumbre, la credibilidad que se da a las
informaciones es prácticamente nula, sobre todo si vienen de parte de quienes
no han cumplido una sola de sus promesas electorales, en año y medio de
gobierno.
Tendríamos que ver que en nuestro entorno, la gente empieza a
encontrar empleo digno, independientemente de su edad, sexo o conocimientos,
para creer que se ha empezado a remontar y aún así, poco o nada de esa
recuperación se consideraría como mérito de ningún Partido, sino más bien,
consecuencia de haber llegado a tocar fondo y no poder caer más bajo de lo que
hemos caído.
Pero para eso, también tendríamos que ver otra actitud en la
clase empresarial, últimamente más preocupada de poner a salvo sus capitales en
Paraísos fiscales que de arriesgar en la creación de nuevos empleos y
empecinada en rebajar brutalmente salarios y prestaciones, para aumentar beneficios,
a costa siempre del sudor de los obreros.
Ya no convence a nadie, ninguna declaración de buenas
intenciones, ni el paternalismo barato que proclama que el fin, justifica los
medios.
Llevados al límite de nuestras fuerzas, los españoles nos
levantamos cada mañana enarbolando una enorme dosis de pesimismo y hemos tenido
que aprender, a base de sobresaltos, que aunque el presente nos parezca
terrible, el futuro aún puede ser peor.
El estallido electoral que dio a Rajoy la mayoría absoluta, se
ha desinflado dejando paso a una creciente irritación y ya nadie perdona al
Presidente, sus acostumbradas mentiras.
Ahora, mientras se piensa la respuesta que dará a la
propuesta de Rubalcaba sobre el pacto, parece hacer un último intento de
trasmitir a los ciudadanos una tranquilidad inyectada con cuenta gotas, por si
pudiera terminar la legislatura sin tener que recurrir a ningún tipo de ayuda…y
culminando el camino emprendido.
Sin embargo, la sociedad está en una coyuntura en la que
cualquier espera se hace interminable y clama sin tapujos por un cambio real
que consiga desembarazarnos de las redes europeas, permitiéndonos respirar,
libres de una vez, para poder ir saliendo de la maldita crisis.
La senda de la austeridad no ha dado frutos y el poder adquisitivo
de los que tienen la suerte de conservar el empleo se ha visto mermado, de modo
que ya no permite consumir, ni siquiera, aquello que sería aconsejable para
cubrir las necesidades más perentorias.
Así que poco interés despierta el espejismo de unas cuantas
décimas de bajada en las cifras del desempleo y toda la expectación está puesta
ahora en conocer qué se va a hacer con las pensiones, que tanto están ayudando
a la supervivencia de miles de españoles, que ya ni siquiera tienen derecho a
prestación alguna, al haber rebasado todos los límites previsibles, sin volver
a encontrar ocupación.
La amenaza de la subida del IVA super reducido, que atañe
directamente a medicamentos y alimentación, podría convertirse, de llevarse a
cabo, en un motivo más para un recrudecimiento de la lucha ciudadana, haya
pacto o no, entre las formaciones políticas.
Muy mucho debe pensarse Rajoy, esto de seguir a rajatabla las
indicaciones europeas, porque de continuar así, llegará el momento en que ya no
sepa qué hacer con una sociedad empobrecida que, sin tener ya nada que perder,
probablemente terminará creyendo que no le queda otra opción, más que la de la
violencia.

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