La postura de los fiscales españoles, en cuanto a los delitos
económicos se refieren, está siguiendo una línea unánime de suavidad, que
escapa a cualquier razonamiento lógico que tenga que ver con lo que sería su
primordial labor, es decir, ayudar a los jueces ejerciendo denodadamente la
acusación, contra los imputados en estos casos.
Pero últimamente y sobre todo cuando los que han de sentarse
en los banquillos proceden de la clase política, de la Banca o de la nobleza y
a pesar de que aparentemente las pruebas, no dejan lugar a dudas sobre la
implicación de ciertas personas en determinados asuntos, parecen haber decidido
cambiar los papeles con los abogados de la defensa y nunca encuentran indicios
suficientes para que llegue a juzgarse a quienes, presuntamente, han evadido
grandes cantidades de dinero, defraudado a la hacienda pública, o como en el
caso de Blesa, gestionado de forma desastrosa entidades financieras, que han
costado al país la decisión de tener que pedir un rescate, para remediar el
enorme agujero que han dejado, tras su paso por ellas.
Este cambio de rol, que debe parecer a los jueces que
traspasa todas las normas de la justicia, no contribuye en nada al
esclarecimiento de la verdad y fomenta en la población la idea de que no todos
somos iguales ante la Ley, por mucho que nuestra Constitución lo propugne.
Gente que debía estar bajo arresto y que podrían desaparecer
de España en cualquier momento, si las cantidades que se manejan son ciertas,
campan alegremente por el territorio patrio presumiendo de una impunidad, que
más que disuadir a otros posibles defraudadores de cometer delito, alienta a
muchos que jamás se hubieran atrevido, de otro modo, a cometerlo, pero que por
lo que ven, saben a ciencia cierta que aquí y ahora, no les pasará nada.
La tentación de enriquecerse con prontitud, sea cual fuere el
origen de hipotética fortuna, puede asaltar a todo aquel que por su profesión,
se encuentra en contacto directo con jugosos capitales y nadie está libre de
sufrirla si, como está ocurriendo, la ilegalidad de estas acciones casi nunca
llega a probarse y los autores de las mismas, ni siquiera llegan a entrar en
las salas de juicio, al tropezar continuamente los magistrados, con el muro
inexpugnable de las fiscalías.
Pero es que los dineros de que estamos hablando eran en su
totalidad, dineros de todos, que procedían de una Hacienda a la que religiosamente contribuimos, queramos
hacerlo o no, con la supuesta intención de que lo recaudado irá a parar
indefectiblemente a fines que procuren el bien de la mayoría y no un tren de
vida suntuoso para unos pocos, como viene ocurriendo ante nuestros ojos, sin
que se consiga siquiera, una condena ejemplar, drástica y contundente, que
coloque a estos individuos fuera de la circulación, por muchos años y sin
privilegio penitenciario alguno.
Y da igual si es ejecutivo de un Banco, Ministro, Concejal de
un Ayuntamiento o Infanta de España.
Vuelvan pues los fiscales a su faena de acusar y niéguense en
redondo a presiones políticas, devolviendo a su profesión la dignidad que le
roban cada vez que ceden en un caso de estas características. Nadie son ellos
para interpretar la ley, sino para aplicarla, en estricto cumplimiento de su
función y en apoyo de la buena disposición de los jueces a esclarecer los
hechos, porque de otro modo, no hacen otra cosa que obstaculizar el
funcionamiento de la justicia y dejar en los ciudadanos el regusto amargo de
una manifiesta desigualdad, precisamente cuando más necesitados están de creer
al menos, que alguien vela por el cumplimiento cabal de nuestras leyes.

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