Intentando poner en práctica una de las máximas que han
movido siempre al Opus Dei, a la hora de reclutar a sus adeptos, el Ministro
Wert eleva la nota necesaria para la concesión de una beca, propiciando así que
la Educación en este País quede reservada, a partir de ahora, exclusivamente a
ricos y a los pobres más inteligentes.
Su reforma no mezcla en ningún momento ambos conceptos, sino
que permite a los que pertenecen al
primer grupo culminar sus estudios en el tiempo que para ello necesiten,
mientras es a los humildes, a quienes exige mejores calificaciones, si quieren
ocupar un puesto en la Universidad que
sus padres no podrán costear, de ninguna manera, gracias a la subida
astronómica de tasas que el Ministro acaba de aprobar, apoyado exclusivamente,
por el gobierno de Rajoy y en contra de la opinión unánime de toda la comunidad
educativa.
La nefasta reforma de Wert, que ha venido acompañada en todo
momento por declaraciones periódicas dignas de ser estudiadas en todas las
tesis que traten del clasismo, ve incrementado el rechazo que desde que se
conoció produce, con las palabras que pronunciaba su autor ayer y que
propugnaban con grandes dosis de soberbia, que nadie que no alcance un seis y
medio de nota global, merecía estar en la Universidad, aunque olvidaba
mencionar que la calificación pierde totalmente su importancia, si quien la
obtiene procede de una familia económicamente fuerte, que pueda permitirse
mantener a su “retoño” años y años en la Facultad, hasta obtener la titulación
necesaria y cueste lo que cueste.
La vileza de esta afirmación, que obliga a los más
necesitados a un esfuerzo suplementario y a la obligación de no cometer un solo
error durante la totalidad de su carrera, fomenta descaradamente una
desigualdad entre los jóvenes españoles, imperdonable si es propuesta por un
gobierno supuestamente Democrático y socialmente desestabilizadora, si los
afectados, como parece, se ven obligados a luchar hasta el último aliento, para
conservar su derecho a una educación de calidad, que no establezca diferencias por razones de
economía, manteniendo al menos, el sistema de becas vigente y potenciando, a
poder ser, una mayor inversión en los que serán los encargados de protagonizar
nuestro futuro.
Qué clase de corriente ideológica se ha establecido entre los
gobernantes del PP, es una incógnita que podría ser potencialmente resuelta, si
nos remitimos al primer párrafo de este artículo y hurgamos en la filiación
religiosa de los miembros de este gobierno, que parece haber olvidado que
vivimos en una Nación constitucionalmente laica, para aprobar leyes propugnadas
directamente por la Iglesia Católica más ortodoxa, saltándose olímpicamente la
diversidad del pensamiento ciudadano y relegando las funciones que corresponden
al poder civil, como si en lugar de un Presidente, fuera un Papa quien
gobernara nuestros destinos.
No hay más que echar una ojeada rápida a lo se pretende y se
caerá en la cuenta de cuánta razón hay en lo que refiero: la inclusión como
materia obligatoria de la asignatura de Religión, la desaparición de la Educación
para la Ciudadanía, el cambio en la Ley del Aborto o en la de los matrimonios
entre personas del mismo sexo, o la abolición tácita del derecho a la educación
para los humildes, no son más que unos cuantos ejemplos muy significativos, que
corroboran el ascenso de la corriente Católica entre la mayor parte de la
cúpula de nuestros gobernantes.
Lo peor del caso, es que la mayoría absoluta con que cuentan
los conservadores, no permite siquiera que ningún tipo de oposición pueda sacar
adelante nada que pueda cambiar estas carpetovetónicas propuestas y que los
ciudadanos habremos de resignarnos a convivir con ellas, al menos otros tres
años más, con el consiguiente perjuicio que ocasionen entre nosotros y sin
ningún arma que nos permita otra cosa que no sea la protesta en la calle, lo
más alejados posible de un Congreso custodiado férreamente por una profusión
inaudita de medios policiales, que más parecen propios de una dictadura
militar, que de una Democracia como la que hasta ayer, era la nuestra.
Cuenta sin embargo a nuestro favor, que la mayoría numérica
de los pobres en este momento, en este País, no puede ser más abrumadora, pese
a quien pese.
Es lo que tiene haberse encargado de llevarnos con tanto
ahínco a la situación en la que nos encontramos. Que a veces los procesos, se
truncan y revierten sin compasión sobre quienes los provocaron, trayéndoles una pérdida inmediata de poder y relegándolos
a la misma indignidad que desearon para los otros.

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