El recrudecimiento de la violencia de género, detectado en
estos últimos meses, obliga a una revisión urgente de las medidas legales que
suelen adoptarse en nuestro país, e invita al gobierno de Mariano Rajoy a
posicionarse claramente en esta cuestión, sobre la que siempre ha mantenido una
ambigüedad imperdonable.
Es verdad que las órdenes de alejamiento pueden haber evitado
muertes y que la concienciación ciudadana se ha elevado con respecto al pasado,
pero lo cierto y verdad es que las mujeres siguen en innumerables casos,
atemorizadas por sus agresores, sin que haya medios reales para establecer una
vigilancia permanente, que las proteja de esta plaga que tantas víctimas les ha
costado, desde que decidieron que su dependencia del varón había terminado y
que tenían derecho a tener vida propia.
Una gran parte de la culpa de lo que ocurre la tiene la
educación diferenciada que muchas familias practican con sus hijos, preservando
los privilegios que por cuestión de sexo, han tenido los hombres desde tiempos
inmemoriales y que les exime, por ejemplo, de las labores domésticas, en lo que
sería un primer paso hacia la consolidación de un carácter machista, que
después perdurará durante toda su vida.
Tampoco se hace suficiente hincapié en que la tolerancia con el
maltrato ha de ser nula, sobre todo en edades adolescentes, mostrando a las
hijas que el camino de la igualdad es el único posible cuando se establece una
relación, por lo que a menudo tropezamos con chicas muy jóvenes, que continúan
viendo en los celos una prueba de amor y que toleran diariamente actitudes de
violencia verbal, e incluso física, justificándolas y agradeciéndolas e incluso
refiriéndolas en público, como una forma de pasión envidiable, que hace única
la relación que mantienen.
La cruda realidad se encarga siempre de demostrar la falsedad
de este argumento y el paso de los años, coloca al maltratador exactamente en
su justo papel, en cuanto los celos adolescentes empiezan a transformarse en
una idea obsesiva de poseer a la persona con la que conviven, anulando su
personalidad y llegando hasta el asesinato, con tal de demostrar su
prepotencia-
La labor de los padres en estos primeros pasos de noviazgo
precoz, ha de ser obligatoriamente contundente y la lucha diaria en este
sentido, ha de estar orientada a dejar claro que la libertad individual y el
desarrollo de la personalidad de cada uno, debe estar por encima de cualquier
intento de anulación por parte de quien se tiene enfrente, dando lugar de
persistir, a un abandono inmediato de la relación y a una denuncia, si el
individuo tras el adiós, practicara el acoso, a través de llamadas telefónicas,
seguimientos o en las redes sociales, que tan de moda están, en los últimos
tiempos.
En el caso de los hijos varones, la educación en el respeto a
la mujer y su práctica en casa por parte de los padres, es la piedra angular en
el proceso.
Aplaudir actitudes machistas, como las que convierten a los
hombres en el centro del universo, ninguneando el papel de la mujer en la
sociedad y relegándola únicamente al de madre y esposa, potencia sobremanera el
sentimiento de falso orgullo que ha prevalecido durante siglos en el mundo, e
impide a quien lo tiene, avanzar en el pensamiento de complicidad que toda
pareja necesita.
No se puede ser conservador en esto. Sin una mínima dosis de
progresismo, esta cuestión estaría enquistada en el pasado y la lucha que las
mujeres han mantenido por conseguir la igualdad, estaría perdida de antemano y
sin remisión posible.
Es pues labor de los gobiernos, del signo que sean, desligar
la ideología de lo que es justo, en lo que a este tema se refiere, sin dar
tregua a los que aún creen que las personas pueden ser de su propiedad y
convierten la vida de sus parejas en un infierno, empleando a diario como única
arma, la violencia.
Los pasos atrás que pudieran darse, empleando como argumento
razones de pura ideología, traerán siempre consigo más pérdidas de vidas humanas
y un aumento de los casos que ya tenemos, al no haber efectivos policiales
suficientes, para combatir lo que ocurre.

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