El Presidente del Senado, Pio García Escudero, que desde que
salieron a la luz los papeles de Bárcenas, había reconocido haber recibido del
PP un préstamo de 24.000 euros, se había cuidado muy bien de mencionar que sin
embargo, no había incluido en su Declaración de la Renta tal préstamo, convirtiendo
de este modo su cuantía, en lo que cualquier parte del mundo se denominaría
como “dinero negro”, por mucho que se pretenda argumentar cualquier otra cosa.
Alega en su defensa, que desconocía que hubiera que declarar
los préstamos como dinero recibido, a pesar de que por el cargo que ocupa, no
puede tratarse precisamente de un ignorante, aunque ahora esta táctica de
parecerlo, se haya puesto tan de moda entre todos aquellos que en algún momento
se topan de frente con la acción de la Justicia, como hemos podido comprobar a
diario, en casos como el del ex tesorero del PP o el de Urdangarín, por
mencionar un par de ejemplos.
En el caso hipotético de que tal desconocimiento fuera real,
uno no tiene por menos que preguntarse, qué hace un individuo de tales
características ocupando uno de los puestos de mayor responsabilidad en el País
y cómo la formación a la que pertenece ha podido consentir tal incongruencia,
habiendo como hay, tantos españoles perfectamente preparados, en una lista del
paro, que da sobradamente para elegir, al que mejor convenga para ocupar el
puesto.
Tampoco queda claro si con tan altas dosis de ignorancia se
pueden llevar a cabo con precisión todas las labores que este cargo conlleva y
que obliga a estar manejando constantemente conceptos jurídicos de mucha más
envergadura, de cuyo manejo depende muchas veces, el destino de los españoles y que incluso podrían lesionar gravemente lo
que pudiera ocurrirnos, si se cometen equivocaciones de este calado o no se
sabe simplemente qué camino tomar en determinados asuntos.
El PP, naturalmente, ha acudido rápidamente en ayuda de su
correligionario, aduciendo que de haber declarado el señor García Escudero este
préstamo, habría tenido que pagar menos a las arcas del Estado, pero es que al
no haber hecho tal cosa, tampoco se puede probar fehacientemente que la
cantidad que recibió fuera la que dice y no otra mucho mayor, como podría
sospecharse, si uno se detiene a pensar un momento en lo que puede haber detrás
de este entramado de sobres y sobresueldos.
Disfrazar la verdad, haciendo juegos malabares con las
palabras , para tratar de restar importancia a la gravedad de los
acontecimientos, no prueba en absoluto la inocencia de la multitud de
implicados en casos de corrupción que se están destapando, aunque ninguno de
ellos pague su culpa, por la lentitud absolutamente inexplicable con que se
mueve la Justicia.
Pero es que además, este tipo de defensas, ponen
continuamente en tela de juicio la inteligencia de la Sociedad, dando por
supuesto que la mayoría de los españoles somos fáciles de engañar, si las
palabras son pronunciadas, desde un púlpito, por un político.
Eso no es, en absoluto, cierto. Afortunadamente, los
españoles ya no tenemos el nivel cultural que teníamos en la posguerra, ni
somos analfabetos a los que se puede mentir, utilizando la ambigüedad de los
términos.
Tampoco ser político es ya una garantía de honradez, como
podía ocurrir en otros tiempos, ya que la actitud demostrada por quienes se dedican
a esta profesión, cada vez se halla más alejada del concepto de moralidad,
entendido literalmente.
Y aunque la actitud de los fiscales no ayuda nada al
esclarecimiento de las cosas, empeñados como están, en no encontrar indicios de
corrupción en ninguno de los casos que tengan que ver con el Partido en el
Gobierno, nadie puede evitar que el pensamiento general sea el que es, ni que
la mayoría de las veces, esta corrupción esté claramente probada, para todos
los que miramos desde fuera.
Claro que algunos jueces deben estar absolutamente hartos de
no poder continuar sus investigaciones, desde el momento en que no cuentan con
el apoyo incondicional de una fiscalía que nadie entiende, pero, con todo,
alguno quedará dispuesto a seguir adelante para demostrar la culpabilidad de
ciertos individuos, a los que todos estamos deseando ver entre rejas, o al
menos, sentados en el banquillo que les iguale a todos aquellos que no tienen
la suerte de ocupar un cargo de responsabilidad en las Instituciones del
Estado.

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