Cada vez hay más empresas que escudándose en los efectos de
la crisis y amparadas por la Reforma Laboral de Rajoy, bajan drásticamente los
salarios de sus empleados, haciendo caso omiso a los Convenios vigentes y
amenazando con que si no se aceptan las condiciones que imponen, el único
camino que queda, es el de la calle.
Y no solo hablamos de negocios pequeños que se ven obligados
a malvivir, a causa de la falta de crédito que se atribuye a la Banca, sino
también de las miles de contratas que trabajan para las Administraciones
Públicas locales y autonómicas, que han visto en la aquiescencia de este
gobierno, un excelente caldo de cultivo para obtener más beneficios, a base de
practicar la explotación sobre los trabajadores que de ellas dependen.
No ha bastado con deshacerse de la mitad de las plantillas,
cargando al personal que ha tenido la suerte de no ser despedido, con un
volumen de trabajo claramente superior al que cualquier persona podría
soportar, sino que además, los sueldos que pretenden pagar a partir de ahora,
ni siquiera alcanzan la dignidad necesaria para que la gente pueda vivir, a
pesar de que en muchos casos los horarios se han duplicado y la conciliación
familiar se ha convertido en inexistente, por no decir perversa.
Estos políticos, a los que se les llena la boca hablando de
procurar el bien de los españoles, miran sin embargo, hacia otro lado mientras
suceden estas cosas y aún se niegan en algunos casos, a que se hagan públicas
sus cuentas, alegando que esto lesiona su intimidad, sin ni siquiera dar
gracias por seguir manteniendo intacta esa parcela y no haberla perdido, como
nos sucede a todos nosotros.
La impunidad con que se está tratando esta nueva ola de vil
explotación, que podría compararse sin ningún tipo de rubor con lo que sucedía
en los principios del SXX, está terminando de rematar todos y cada uno de los
logros sociales que los trabajadores habíamos conseguido, con más de un siglo
de lucha.
Abandonados por los que debieran ser responsables de nuestro
bienestar, la soledad en la que nos encontramos, no puede ser más terrible y
violenta, pues violencia es ser maltratado hasta el agotamiento por los
empresarios, aunque gocen de total
impunidad mientras nos explotan, obteniendo suculentos beneficios de nuestro
sudor..y protegidos por las leyes.
Se pretende además, silenciando estas prácticas, evitar que la sociedad las conozca, utilizando
la estrategia del miedo como refuerzo de sus argumentos y sabiendo, en el
fondo, que la fuerza de la palabra podría movilizar a las masas en su contra,
provocando el fracaso de este magnífico negocio de nuevo cuño, que se ha
extendido como la pólvora entre los empresarios españoles.
Es por eso que se intenta desprestigiar a cualquiera que
venciendo el temor, salga la calle para manifestar su oposición a las políticas
que apoyan su indecencia, calificándoles de terroristas, perro flautas,
fanáticos y otras muchas “lindezas”, que en nada se corresponden con la única
realidad que los mueve: la indignación y la pretensión de seguir siendo
decentes.
Evidentemente, no conseguirán su objetivo, mientras medios
como éste en el que escribo permitan la libertad de expresión que nos asiste
como derecho y mientras haya alguien dispuesto a contar la verdad de lo que
ocurre, contra viento y marea, sin servilismos de partido y con independencia.
Sin embargo, es demoledor comprobar que la vigencia de la
frase más conocida de Thomas Hobbes , sigue presente, más de tres siglos
después de haber sido pronunciada. “El hombre es un lobo para el hombre”…y más,
cuánto más dinero tiene.

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