En todo este cúmulo de tragedias que nos está trayendo la
crisis y relegada al último lugar en el orden de las preferencias informativas,
las amas de casa españolas son, sin embargo, auténticos ejemplos de eficacia, a
la hora de organizar la economía de las familias y las que sufren más duramente
los efectos de las carencias, bregando con el paro que se ha instalado entre
los suyos y haciendo auténticos juegos malabares para estirar los pocos
recursos que poseen, para llegar a fin de mes, mientras arropan bajo su manto
protector a miles de hijos que se han visto obligados a refugiarse en el hogar
paterno, acosados por la pobreza y sin ninguna esperanza de futuro.
La lección magistral que a diario ofrecen estas heroínas,
poniéndose al frente de situaciones más que dantescas, podrían y deberían ser
estudiadas con detalle por más de un ministro de economía, porque sin duda les
ayudaría grandemente al aprendizaje de cómo hay que manejar los recursos que se
poseen y de qué modo es necesario establecer prioridades cuando todo escasea y
sin embargo, no queda otro remedio que salir adelante.
Olvidadas por todos los políticos y no reflejadas en ninguna
estadística, al no poseer cualificación profesional, constituyen no obstante,
un numeroso colectivo, al que difícilmente pueden sorprender las dificultades y
cuya opinión resultaría interesante escuchar, por la mucha experiencia que
acumulan, en la resolución de problemas extremadamente difíciles.
No haría falta más que mirar al lado para descubrir a más de
una de ellas, teniendo que sobrevivir con un subsidio de poco más de
cuatrocientos euros, al haber agotado su cónyuge el tiempo de paro
correspondiente y no haber encontrado trabajo,pero que además, ha tenido que
recibir en casa a uno o varios hijos también desempleados con sus familias, al
haberse quedado sin un techo, a causa de los desahucios.
Si cualquiera de nuestros políticos tuviera que lidiar con
esta situación y hacer componendas de la índole que fuera, para salir de un
atolladero de tales características, sin duda el signo de su voluntad,
cambiaría considerablemente y tendría que aprender a anteponer la solución de
problemas de tal envergadura, a los mandatos de una Europa autoritaria que no
está dispuesta a contemplarlos, ni a arbitrar medidas que los resuelvan, para
que no se repitan jamás.
Y sin embargo, la voz silenciosa de las amas de casa, ni
siquiera se contabiliza, casi nunca, en las cifras de la protesta, ni su
abnegación es mencionada por ninguno de
nuestros supuestos representantes en el Parlamento, ni aplaudida desde las
plataformas ciudadanas, como si estas mujeres fueran invisibles.
Pero aún siéndolo, su papel en el desarrollo de esta crisis
es de una importancia extrema, sobre todo si se habla del problema emocional
que acogota a los españoles y que sin el apoyo encontrado en el seno de la
familia, podría derivar hacia actitudes mucho más violentas, que pondrían en
enormes dificultades a los gobiernos de cualquier signo.
Sin ayuda, levantarse cada mañana y salir a la calle con la
cabeza alta, a pesar de que detrás de la puerta que cierran queda toda una
amalgama de variopintos sufrimientos, es toda una odisea que precisa de
ingentes dosis de valentía y de la voluntad de creer que sí se puede, aunque no
lleven el slogan escrito en el pecho, ni se arropen detrás de las siglas de
alguna organización que las respalde.
Ya quisiera De Guindos tener cerca asesores de estas
características y poder contar con el sabio consejo de quienes tan buen ejemplo
dan a los que a pesar de tenerlo todo, no son capaces de subsistir, si no es
con una mueca de frustración en el rostro.
Y ya quisieran los políticos tener una mínima parte de la
autoridad moral de estas mujeres, que no tienen poder, ni cuentas en Suiza y
que en incluso, en muchos casos, ni siquiera tuvieron la oportunidad de acceder
a una educación y que, sin embargo, manejan el rumbo de sus casas, con mejor
mano que cualquiera de los expertos que nos abruman a diario, con sus aburridas
lecciones de macroeconomía.

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