Cada uno de los ciudadanos del Mundo, reza hoy de la mejor manera que sabe, por uno de los hombre más grandes que ha
dado la Historia y que ha conseguido aunar , con su ejemplo de vida, la opinión
de millones de personas, procedentes de
lugares distintos, creencias opuestas e ideologías diferentes, dejando en ellos
la impresión de que cualquier sueño es posible de conseguir, por duras que sean
las condiciones que hayamos de soportar, o el tiempo que empleemos en la lucha
necesaria para alcanzarlo.
Nelson Mandela libra hoy una dura batalla contra la
longevidad, después de haber sido el protagonista de una de las historias más
interesantes, a caballo entre los dos últimos siglos y haber tenido la
satisfacción de conseguir la libertad para miles de seres humanos, condenados
por la crueldad del apartheid sudafricano, a una existencia de esclavitud, indignidad
y extremo sacrificio, que durante años costó demasiadas víctimas.
Veintisiete años de cárcel, en defensa de un
pensamiento que no propugnaba otra cosa que la igualdad racial, son
salvoconducto suficiente para obtener la admiración vitalicia de cualquiera de
sus contemporáneos, pero la dureza de la etapa que le tocó vivir y la valentía
de no haberse rendido jamás ante la
injusticia, probablemente hubieran quedado relegadas
a una mera mención en los libros de los expertos, si no hubiera conseguido, una
vez en libertad, una pacificación de su País, prácticamente imposible, dadas las circunstancias en que
llegó a sus manos el poder y el rencor enconado que cada uno de los
sudafricanos de color debía albergar en su corazón, contra los que hasta entonces
no habían sido más que sus altivos verdugos.
Tampoco debió ser nada sencillo partir de cero en una Nación
donde la educación había estado reservada desde siempre a los blancos y hacer
posible el milagro de gobernar sin que se produjera un estallido social de
incalculables consecuencias, en el que la venganza se convirtiera en una razón
primordial para los oprimidos, dando lugar a un derramamiento de sangre que
nunca llegó a producirse.
Mucho más valiente es quien es capaz de contener su rabia,
por el bien de una mayoría, que quien la canaliza a través de la violencia,
ofreciendo a la humanidad el mismo ejemplo que vio en quienes le humillaban,
traspasando los límites de la legalidad y de la ética.
El tiempo, al fin y al cabo, termina por colocar sabiamente a
cada cual en el lugar que le corresponde y no hay más que echar un vistazo a la
bibliografía que circula sobre el tema, para comprobar que el olvido se ha
encargado de hacer justicia con los tiranos…y con Mandela.
Y aunque los múltiples reconocimientos que se le han otorgado
durante los últimos tiempos no pagan la magnitud de su sufrimiento ni el de su
pueblo, la profundidad de su pensamiento y la manera de encauzar uno de los
conflictos más enconados de cuantos hemos conocido los que tenemos la suerte de
haber coincidido con él en el Mundo, deja una huella imborrable en la humanidad
y un poso insustituible que bien pudiera ser, el único premio que importe, a
personajes de estas características.
Sobrecogidos por la gravedad de su enfermedad, los creyentes
elevan sus plegarias a los dioses en los que creen y los que sólo creemos en el
hombre, buscamos el recogimiento de la soledad para ofrecer nuestra solidaridad
a su causa y nuestro apoyo a los que le
son y le han sido cercanos por lazos de familia.
Si finalmente decide marchar, el mundo desolado, vivirá su
orfandad con el respeto que su figura merece, aún teniendo la certeza absoluta,
de que pierde un hombre irrepetible.

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