lunes, 24 de junio de 2013

Rezando por Madiva


Cada uno de los ciudadanos del Mundo, reza hoy  de la mejor manera que  sabe, por uno de los hombre más grandes que ha dado la Historia y que ha conseguido aunar , con su ejemplo de vida, la opinión de millones de personas,  procedentes de lugares distintos, creencias opuestas e ideologías diferentes, dejando en ellos la impresión de que cualquier sueño es posible de conseguir, por duras que sean las condiciones que hayamos de soportar, o el tiempo que empleemos en la lucha necesaria para alcanzarlo.
Nelson Mandela libra hoy una dura batalla contra la longevidad, después de haber sido el protagonista de una de las historias más interesantes, a caballo entre los dos últimos siglos y haber tenido la satisfacción de conseguir la libertad para miles de seres humanos, condenados por la crueldad del apartheid sudafricano, a una existencia de esclavitud, indignidad y extremo sacrificio, que durante años costó demasiadas víctimas.
  Veintisiete años de cárcel, en defensa de un pensamiento que no propugnaba otra cosa que la igualdad racial, son salvoconducto suficiente para obtener la admiración vitalicia de cualquiera de sus contemporáneos, pero la dureza de la etapa que le tocó vivir y la valentía de no haberse rendido jamás  ante la injusticia, probablemente hubieran quedado    relegadas a una mera mención en los libros de los expertos, si no hubiera conseguido, una vez en libertad, una pacificación de su País, prácticamente  imposible, dadas las circunstancias en que llegó a sus manos el poder y el rencor enconado que cada uno de los sudafricanos de color debía albergar en su corazón, contra los que hasta entonces no habían sido más que sus altivos verdugos.
Tampoco debió ser nada sencillo partir de cero en una Nación donde la educación había estado reservada desde siempre a los blancos y hacer posible el milagro de gobernar sin que se produjera un estallido social de incalculables consecuencias, en el que la venganza se convirtiera en una razón primordial para los oprimidos, dando lugar a un derramamiento de sangre que nunca llegó a producirse.
Mucho más valiente es quien es capaz de contener su rabia, por el bien de una mayoría, que quien la canaliza a través de la violencia, ofreciendo a la humanidad el mismo ejemplo que vio en quienes le humillaban, traspasando los límites de la legalidad y de la ética.
El tiempo, al fin y al cabo, termina por colocar sabiamente a cada cual en el lugar que le corresponde y no hay más que echar un vistazo a la bibliografía que circula sobre el tema, para comprobar que el olvido se ha encargado de hacer justicia con los tiranos…y con Mandela.
Y aunque los múltiples reconocimientos que se le han otorgado durante los últimos tiempos no pagan la magnitud de su sufrimiento ni el de su pueblo, la profundidad de su pensamiento y la manera de encauzar uno de los conflictos más enconados de cuantos hemos conocido los que tenemos la suerte de haber coincidido con él en el Mundo, deja una huella imborrable en la humanidad y un poso insustituible que bien pudiera ser, el único premio que importe, a personajes de estas características.
Sobrecogidos por la gravedad de su enfermedad, los creyentes elevan sus plegarias a los dioses en los que creen y los que sólo creemos en el hombre, buscamos el recogimiento de la soledad para ofrecer nuestra solidaridad a su causa y nuestro apoyo  a los que le son y le han sido cercanos por lazos de familia.
Si finalmente decide marchar, el mundo desolado, vivirá su orfandad con el respeto que su figura merece, aún teniendo la certeza absoluta, de que pierde un hombre irrepetible.  














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