Los jóvenes que afrontan este año las pruebas de
Selectividad, lo hacen con el regusto amargo de no saber aún si podrán o no
permitirse cursar una carrera universitaria, debido al tremendo aumento de
tasas que contempla la nueva Ley de Educación y que afecta, debido a la crisis,
a todos aquellos que por la economía familiar, carecen absolutamente de
recursos para poder destinarlos a otro fin, que no sea el de cubrir las
necesidades más primarias.
Mucho se ha hablado del clasismo que, por decreto, impone esta
Ley y de cómo un incalculable número de talentos en potencia, habrán de
renunciar, gracias a ella, a sus sueños profesionales, pero los dramas
personales que puede traer a largo plazo esta frustración, apenas son
mencionados en ninguno de los debates establecidos, a pesar de que su
importancia en la trayectoria de quienes van a sufrirlos, podrían marcar
diferencias que condicionen para siempre sus vidas.
Puede que al gobierno de Mariano Rajoy, esto le parezca una nimiedad que no es digna
de ser mencionada, aunque teniendo en cuenta que los protagonistas de esta
historia serán los encargados del futuro de este país, su formación resulta ser
absolutamente imprescindible, si se quieren alcanzar ciertos niveles de
competitividad, en el mundo en el que vivimos.
Si como se prevé, las próximas hornadas de universitarios van
a estar formadas únicamente por jóvenes procedentes de familias económicamente
pudientes, no es difícil adivinar que por lógica, la ideología que predominará
entre ellos será sin duda, la conservadora y que las corrientes de pensamiento
cercanas a la izquierda, quedarán pues, en manos de gente a la que no se dio la
oportunidad de educarse, fueran o no, más o menos inteligentes que todos
aquellos que dispusieron del montante necesario para costear esta educación de
élite, reservada exclusivamente a moderados ricos.
El matrimonio permanente entre izquierda y pobreza, que sigue
estando vigente, a pesar de lo mucho que habíamos avanzado, ha sido hábilmente
convertido en un hándicap insalvable, canalizado a través de una Ley, que corta
de raíz las alas de los jóvenes progresistas, procedentes casi todos de las
clases humildes y que con el drástico recorte sufrido por las becas, se ven
imposibilitados para subsanar los gastos que acarrea la Universidad, como si de
repente Franco hubiera resucitado y España hubiera vuelto a la tiniebla de los
años cincuenta.
Naturalmente, la Ley convence de manera contundente a quienes
nunca sufrirán la discriminación que representa y más aún a los líderes de la
derecha, deseosos de hacer desaparecer a la izquierda culta del panorama
político español y que, de este modo, ha encontrado un camino para conseguirlo.
Los que ya tenemos algunos años, sabemos mucho de esto, sobre
todo si con el esfuerzo inconmensurable de nuestros padres, conseguimos saltar
la barrera que nos separaba de la cultura para descubrir un mundo que hasta
entonces nos estaba negado por nuestra procedencia y utilizamos el poder que te da la poca o
mucha sabiduría adquirida, para abrir paso a los que venían detrás, forzando a
una inversión fuerte en una educación pública e igualitaria, que después
situaría a nuestros hijos, en el lugar en el que ahora se encuentran.
En honor nuestro, hay que decir que nunca nos rendimos y que
animamos a los demás a intentar obtener todo aquello que se propusieran, sin
que para ello fuera impedimento la clase social de la que provenían, su
pensamiento, su credo, o el color de su piel.
Es por eso que volver a la calle para intentar conservar los
derechos ganados, no resulta para nosotros un sacrificio y que el convencimiento de estar luchando por
una causa justa, nos hace estar en primera línea de fuego, por propio
convencimiento y el que se cuente con nosotros, como fuente de experiencia, no
deja de ser el mayor orgullo que podríamos tener y un modo de reafirmar todo
aquello en lo que creímos y que después, fue posible.

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