lunes, 17 de junio de 2013

La esperanza frustrada


Los jóvenes que afrontan este año las pruebas de Selectividad, lo hacen con el regusto amargo de no saber aún si podrán o no permitirse cursar una carrera universitaria, debido al tremendo aumento de tasas que contempla la nueva Ley de Educación y que afecta, debido a la crisis, a todos aquellos que por la economía familiar, carecen absolutamente de recursos para poder destinarlos a otro fin, que no sea el de cubrir las necesidades más primarias.
Mucho se ha hablado del clasismo que, por decreto, impone esta Ley y de cómo un incalculable número de talentos en potencia, habrán de renunciar, gracias a ella, a sus sueños profesionales, pero los dramas personales que puede traer a largo plazo esta frustración, apenas son mencionados en ninguno de los debates establecidos, a pesar de que su importancia en la trayectoria de quienes van a sufrirlos, podrían marcar diferencias que condicionen para siempre sus vidas.
Puede que al gobierno de Mariano Rajoy,  esto le parezca una nimiedad que no es digna de ser mencionada, aunque teniendo en cuenta que los protagonistas de esta historia serán los encargados del futuro de este país, su formación resulta ser absolutamente imprescindible, si se quieren alcanzar ciertos niveles de competitividad, en el mundo en el que vivimos.
Si como se prevé, las próximas hornadas de universitarios van a estar formadas únicamente por jóvenes procedentes de familias económicamente pudientes, no es difícil adivinar que por lógica, la ideología que predominará entre ellos será sin duda, la conservadora y que las corrientes de pensamiento cercanas a la izquierda, quedarán pues, en manos de gente a la que no se dio la oportunidad de educarse, fueran o no, más o menos inteligentes que todos aquellos que dispusieron del montante necesario para costear esta educación de élite, reservada exclusivamente a moderados ricos.
El matrimonio permanente entre izquierda y pobreza, que sigue estando vigente, a pesar de lo mucho que habíamos avanzado, ha sido hábilmente convertido en un hándicap insalvable, canalizado a través de una Ley, que corta de raíz las alas de los jóvenes progresistas, procedentes casi todos de las clases humildes y que con el drástico recorte sufrido por las becas, se ven imposibilitados para subsanar los gastos que acarrea la Universidad, como si de repente Franco hubiera resucitado y España hubiera vuelto a la tiniebla de los años cincuenta.
Naturalmente, la Ley convence de manera contundente a quienes nunca sufrirán la discriminación que representa y más aún a los líderes de la derecha, deseosos de hacer desaparecer a la izquierda culta del panorama político español y que, de este modo, ha encontrado un camino para conseguirlo.
Los que ya tenemos algunos años, sabemos mucho de esto, sobre todo si con el esfuerzo inconmensurable de nuestros padres, conseguimos saltar la barrera que nos separaba de la cultura para descubrir un mundo que hasta entonces nos estaba negado por nuestra procedencia  y utilizamos el poder que te da la poca o mucha sabiduría adquirida, para abrir paso a los que venían detrás, forzando a una inversión fuerte en una educación pública e igualitaria, que después situaría a nuestros hijos, en el lugar en el que ahora se encuentran.
En honor nuestro, hay que decir que nunca nos rendimos y que animamos a los demás a intentar obtener todo aquello que se propusieran, sin que para ello fuera impedimento la clase social de la que provenían, su pensamiento, su credo, o el color de su piel.
Es por eso que volver a la calle para intentar conservar los derechos ganados, no resulta para nosotros un sacrificio y  que el convencimiento de estar luchando por una causa justa, nos hace estar en primera línea de fuego, por propio convencimiento y el que se cuente con nosotros, como fuente de experiencia, no deja de ser el mayor orgullo que podríamos tener y un modo de reafirmar todo aquello en lo que creímos y que después, fue posible.







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