No le basta al Banco de España con haber contribuido
grandemente al hundimiento económico del País, consintiendo gestiones como las
de Bankia y cerrando los ojos ante la venta de productos como las preferentes, sino
que además permite a sus gobernadores hacer pronunciamientos periódicos sobre
la marcha de la economía, como si la responsabilidad de la crisis que padecemos
no estuviera directamente relacionada con el sector al que pertenecen y la
deuda adquirida por el rescate que han necesitado, no hubiera generado un
empeoramiento de los problemas de todos los españoles.
Este último, cuyo nombre no merece siquiera mencionarse en
esta humilde página, aboga descaradamente y sin ningún rubor por una bajada
inmediata de la cuantía del salario mínimo y por una urgente supresión de los
convenios colectivos que rigen desde hace años, las subidas de sueldo de los
trabajadores por sectores y que se habían gestionado hasta ahora con total
normalidad, incluso antes de la llegada de la Democracia.
Las palabras de este individuo que ocupa por designación
dáctil uno de los puestos mejor pagados de la Nación, cruzan todas las líneas
éticas establecidas y son un ejemplo indiscutible de la más pura inmoralidad
que reina en el territorio nacional y especialmente, en todas las parcelas que
tengan que ver directamente con el dinero, sean o no, parte de la estructura
oficial del estado.
El mensaje no puede ser más demoledor e inadmisible, pues
aunque se quisiera buscar algún viso de buena intención en sus palabras,
inmediatamente tendría que surgir la comparación entre el modo de vida que
disfruta el que las pronunció y el del
resto de los trabajadores, que en este caso serían los afectados por las
medidas propuestas, además de haber tenido que soportar las ya aplicadas por el
Gobierno de Rajoy, sin contar con su parecer y a golpe de decreto.
Poco o nada importa a este personaje el bienestar del País,
ya que acomodado en su posición de privilegio de manera inamovible, mientras
siga como un cordero las directrices de quién lo nombró, cualquier eventualidad
sufrida por el conjunto de la sociedad le es ajena, siempre que la Banca a la
que representa, pueda salir airosa del atolladero en que se metió durante los
años de bonanza inmobiliaria y que
tantos sacrificios está costando a los españoles, que no tenían arte ni parte
en tan disparatados entuertos.
Y sin embargo estas sugerencias, bien podrían ser aceptadas
de buen grado por el gobierno de la derecha, acorralado como está por la
gravedad de los acontecimientos y llevadas a la práctica, apoyándose en el
argumento de que provienen de un auténtico experto en la materia,
independientemente de si tal experto tiene o no la suficiente moral, como para
ponerse en la piel de los demás, que en este caso somos todos nosotros-
Reducir aún más los salarios y hacer desaparecer los
convenios, no solo supondría, sin embargo, una reducción drástica del consumo,
sino que situaría ipso facto, dentro de la más absoluta pobreza, a un buen número de familias que ya malviven
con lo que ahora obtienen como pago de su trabajo, cuando tienen la suerte de
encontrarlo y la Reforma Laboral de Rajoy no los pone en la calle sin
discusión, al poco tiempo de haberse incorporado al mercado laboral.
La lógica aconsejaría, precisamente, lo contrario, si se
quiere empujar a las familias a consumir, para que no se termine de arruinar el
sector del comercio, que ya está padeciendo de manera insostenible el paso del
huracán que nos azota y que no encuentra respuesta a su oferta, al estar los
bolsillos de los españoles, cada vez más vacios.
El gobernador del Banco de España haría muy bien en dedicarse
con ahínco a sus funciones, en lugar de emplear su tiempo en aspirar a ser
estrella de la televisión, haciendo declaraciones de este calado ante las
cámaras, con una desvergüenza tal, que resulta difícil encontrar calificativos
que reflejen lo que verdaderamente representan.
Tampoco estaría mal que el Gobierno llamara al orden al
personaje, haciéndole comprender que no entra dentro de sus competencias
asesorar a nuestros mandatarios con propuesta alguna y que lo suyo ha de ser,
intentar reflotar las arcas del País, dedicando, por ejemplo, ese tiempo que
pierde en opinar, en vigilar intensivamente y sin piedad, los comportamientos
de los que tan buenas razones han dado, para que se les responsabilice de una
gran parte de nuestro fracaso.
Al final, hará bueno a Fernández Ordoñez. Vivir para ver.

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