No hay cadena de televisión que se precie, que no cuente con
un debate político en el que participen una serie de periodistas, situados
estratégicamente, según su ideología, a izquierda y derecha del moderador.
Estos “expertos” de nuevo cuño, que han pasado del
reporterismo callejero, ahora encomendado a becarios en casi todas las
Redacciones, a un tour desenfrenado de
canal en canal, pues participan en todos ellos, han dejado de ser personajes
anónimos ocultos detrás de una firma en las páginas de los diarios, para
convertirse en estrellas mediáticas a los que la audiencia aplaude u odia,
según se pronuncien en consonancia con lo que ella piensa.
Copiando el ejemplo americano, pero con mucho menos poder del
que en ese País tiene la prensa, los periodistas que participan en estas
tertulias televisivas se han convertido en profesionales de la palabra y han
aupado la opinión a la categoría de oficio, convirtiéndola en un medio de vida
nada deleznable, a juzgar por el afán que demuestran en querer estar, allá
donde se organiza un debate.
Los hay de todo corte y condición, aunque podría decirse que
las tertulias políticas que llegan hasta los espectadores españoles,
constituyen sin duda, un claro ejemplo de bipartidismo y que la labor que
desempeñan en algunos casos, es absolutamente merecedora de un sueldo pagado
por el Partido que defienden y por el que parecen dispuestos a dejarse la vida,
a tenor del acaloramiento que demuestran, en las discusiones que en los platós
se establecen.
Sin embargo, el televidente que se decide por la opción de un
debate, esperaría de los participantes una independencia que les hiciera
capaces de transmitir las noticias que se van sucediendo, de un modo veraz y
fidedigno, sin vasallaje a formación política alguna y, por tanto, con el
espíritu crítico necesario que debe ser inherente a todo buen periodista.
En su lugar, encuentra encarnizadas batallas entre
simpatizantes de PP y PSOE, que alaban las acciones de sus defendidos, incluso
llegando al patetismo y defenestran al oponente, sin ningún rubor en llegar al
insulto, en una burda imitación de lo que en los últimos tiempos, viene
sucediendo en el Parlamento.
El periodismo de investigación se centra ahora en una carrera
desenfrenada por descubrir los trapos sucios de quienes se encuentran en una
corriente ideológica opuesta y en ensalzar lo indefendible encontrando siempre
una explicación “inocente”, a las tropelías cometidas por aquellos a los que se
considera afines en cuanto al pensamiento.
Los profesionales de raza que se dejaban la piel tratando de
esclarecer los más enrevesados casos de corrupción política, han desaparecido
del panorama informativo español, dando paso a la comodidad del tertuliano
anclado en su posición de poder, capaz de manipular las noticias, con tal de
convencer al espectador de la ingenuidad de los que defiende.
Afortunadamente, los españoles ya perdieron hace tiempo el
candor de creer todo aquello que provenía de las pantallas televisivas y cada cual
saca las consecuencias que cree oportunas de lo que escucha de boca de esta
nueva casta de embaucadores de medio pelo, que avergüenzan a la profesión que
eligieron, con su manera de actuar en público y su afán de manipular la
intención de voto de los televidentes.
Pero es terrible haber tenido que perder también la confianza
en la veracidad de los medios y haber de conformarse con recibir una
información sesgada, creada por prosélitos políticos sin la menor pizca de
honestidad, a la hora de enfrentarse con quienes recibimos las noticias que nos
ofrecen.
Tampoco estos tertulianos representan, aunque estén aupados
en el poder, al periodismo español, que tan buenos profesionales tendrá, aunque
su voz no se oiga en las radios, ni sus rostros aparezcan en los canales
televisivos.
Afortunadamente, la Red ofrece la posibilidad de ofrecer una
visión alternativa de lo que ocurre y de hacerlo, en libertad, sin las
presiones que ha de sufrir todo aquel que se vende a la manipulación de un
Partido.
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