La injerencia de la Iglesia Católica en los asuntos de
nuestro Estado, parece una acostumbre arraigada desde los tiempos del
franquismo, que no han conseguido modificar ninguno de los Presidentes que
hemos ido eligiendo, desde que nos ganamos el Derecho a vivir en Democracia.
Las altas esferas de esta Institución religiosa, que no han
conseguido evolucionar a lo largo del tiempo, ni han aprendido nada de ninguna
de las corrientes de progreso que han ido cambiando el mundo y a la gente que
habitamos en él, siguen cómodamente instaladas en una postura de feudalismo
medieval, desde el que pretenden seguir manipulando la vida de los que aún
deben considerar como sus vasallos.
Dentro de este pensamiento arcaico y demoledor, totalitarista
e intolerante con cualquier opinión que discrepe de la que ellos mantienen
inamovible desde hace siglos, unos cuantos prelados sospechosamente apegados a
los poseedores de las riquezas, interfieren periódicamente en cuestiones
meramente civiles, de las que, simplemente, por su condición de supuestos
pastores de almas, no les corresponde opinar y mucho menos aún, sobrepasar la
inviolable línea que debe separar Religión y Política.
Las Leyes vigentes en una Nación han de ser exclusiva
competencia de sus gobernantes, que en ningún caso pueden ceder al chantaje
manipulador de ninguna Institución de carácter religioso, dejando claro de una
vez por todas, que en el mundo actual, los credos son una elección que cada
cual hace libremente y de modo individual, pero que nunca pueden interferir en
la vida de las mayorías, ni inclinar la balanza sólo a favor del pensamiento de
sus feligreses y no del conjunto de la ciudadanía, independientemente de sus
creencias.
Rouco Varela constituye sin duda uno de estos ejemplos de
absolutismo eclesiástico e instalado en la posición de privilegio que le da
tener su sede en Madrid, no desaprovecha ocasión para ejercer una férrea
presión sobre este Gobierno compuesto por católicos practicantes, dispuestos a
batallar por no contradecir las imposiciones que les marca su Iglesia.
Ya otras veces ha hecho demostración de fuerza, poniéndose al
frente de manifestaciones multitudinarias que mostraban su desacuerdo con la
aprobación de las Leyes del Aborto y los matrimonios homosexuales,
proclamándose a sí mismo “defensor de la vida”, al mismo tiempo que con sus posturas, trataba de arruinar la de
ciertos colectivos, negándoles la libertad de decidir sobre problemas íntimos
y, por tanto, la igualdad con el resto de los españoles.
No le hemos oído pronunciarse, sin embargo, sobre la gravedad
que supone el alto índice de desempleo que azota el país, o sobre los
innumerables desahucios que han roto de manera violenta, miles de familias
españolas.
Y ahora vuelve a la carga, exigiéndole acaloradamente al
Ministro de Justicia Ruíz Gallardón, y por extensión al Gobierno de Mariano
Rajoy, que deroguen las leyes antes mencionadas, como parece ser que le
prometieron personalmente, antes de llegar al poder.
Naturalmente, ceder a estas presiones constituiría un grave
error, por no hablar de que los españoles tendríamos la sensación de que es la
Iglesia quien nos gobierna, cosa que entraría en clara contradicción con la
definición de Estado aconfesional que figura en nuestra Carta Magna, por
expreso deseo del pueblo español, que es en suma, el que la aprobó en
Referendum y sin hacer menciones especiales a ninguna de las religiones que se
practican en el territorio nacional.
La contundencia en este asunto debe ser de una claridad
indiscutible y si para ello hay que romper el Concordato que nos mantiene
atados en cierta manera, a los caprichos del Estado Vaticano, no quedará otro
remedio que hacerlo para demostrar de una vez por todas, la independencia de
nuestro poder político.
Porque si se reforma la Ley de aborto, llevando a las mujeres
a un pasado en el que decidir que no querían tener un hijo se consideraba
delito, habremos desandado un largo camino de progreso, que por otra parte, no
obliga a las católicas a hacer lo que su religión les prohíbe, pero que prohíbe
a las laicas hacer lo que su libertad de elección y conciencia les aconseja.
Si tanto preocupa a la Iglesia y a Rouco el derecho a la
vida, bien podrían arrimar el hombro a los colectivos que tanto necesitan de
ayuda en estos momentos difíciles de angustia y de miseria. Y en el caso del
Cardenal, no estaría mal abrir las puertas de su Residencia a las familias que
se encuentran desahuciadas, sin un lugar en el que vivir con sus hijos y que
podrían encontrar allí, el consuelo de ser tratados con caridad, como ordenan
los principios de la religión que su eminencia dice defender.
Tal vez así aportara un poco de dignidad a la desgracia
humana que le rodea, dando un ejemplo de auténtico cristianismo a los
ciudadanos y siendo partícipe de la desesperación que sacude la columna
vertebral española, sin pecar de soberbia.
Porque puestos a analizar, la impresión que ofrece a los que
miramos desde fuera, es la de tener la ambición de dirigir al País, aunando en
su persona, los poderes políticos y religiosos…y que nosotros digamos amen.

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