Los escraches organizados por la Plataforma Anti Desahucios
ante los domicilios de los políticos, están, como era de esperar, levantando
ampollas en las tertulias televisivas y consiguiendo el objetivo de no dejar a
nadie indiferente, ante la mayor de las injusticias practicadas contra la sociedad
civil, desde que se instauró la Democracia.
Tras años de intentos fallidos para hacer llegar hasta las
altas instancias del poder la voz de las innumerables víctimas de esta crisis,
ha bastado la idea de trasladar lass quejas a pocos metros de la privacidad de
unos cuantos parlamentarios del PP, para que un problema que viene de atrás y
que ha dejado incluso, un rastro de varios suicidios tras de sí, sin que nadie se
preocupara por encontrarle una solución inmediata, empiece a estar en boca de
esa clase privilegiada que, supuestamente, nos representa y se pongan en marcha
mecanismos que hasta ahora habían permanecido implícitamente parados, para
ayudar a estas familias acosadas sin tregua, por la voracidad de la banca.
Naturalmente, todos los que pertenecen a la intocable casta
que ocupa nuestro Parlamento o a los partidos mayoritarios que, en forma de
bipartidismo, luchan denodadamente por el poder, han alzado inmediatamente su
voz en contra de esta práctica importada de Argentina, en cuanto han visto que
su férrea seguridad personal peligraba y que ellos, al igual que cualquier otro
ciudadano, también tenían algún punto de vulnerabilidad por el que ser atacado
irremediablemente.
Llama poderosamente la atención la estrategia adoptada por el
PP a raíz de estos hechos y que no es otra que la de echar mano de la socorrida
mención de los menores que comparten techo con familiares dedicados a la
política, de un modo similar al que ya lo hicieron de discapacitados físicos y
mentales en sus manifestaciones contra la ley del aborto o los matrimonios
homosexuales, sin ningún tipo de rubor, por la descarada utilización de los más
débiles.
La imagen de Soraya Sáenz de Santamaría, mencionando ante los
medios de comunicación a su hijo de meses, para intentar provocar en los
españoles un sentimiento de compasión hacia su persona, provoca indignación y
vergüenza, si se tiene en cuenta que en la mayoría de los hogares desahuciados,
también habitaban otros menores que, teóricamente, deberían gozar del mismo
derecho a ser respetados que el suyo, pero que sin embargo, han sido
arrebatados sin compasión de nadie, de su hábitat familiar, sin que el partido
en el poder, al que pertenece la vicepresidenta o ella misma, hayan dado la
menor muestra de misericordia, ante la perspectiva que espera ahora a estos
menores olvidados, que han sido protagonistas obligados de estas historias.
La estrategia del victimismo, que puede que haya dado buenos
resultados al PP en otras ocasiones, resulta en ésta, esperpéntica y grotesca,
porque mientras los hijos de los señores diputados gozan de plena seguridad en
la apacibilidad de sus hogares y nunca tendrán que enfrentarse a situaciones
como las que antes hemos descrito, los hijos de los parados que ha traído la
Reforma Laboral de Rajoy, han de vivir en pos de un futuro incierto y de un mal
presente que no hace otra cosa que regalarles, sin merecimiento alguno,
desesperanza y miseria.
Y precisamente porque es obligación de los que ahora asumen
el papel de víctimas, procurar a las
mayorías bienestar, pues ese y no otro ha de ser el cometido principal de su oficio, no se
entiende esta magnificación de unos hechos, que no dejan de ser absolutamente
naturales en Democracia, cuando se respetan, a rajatabla, los derechos de
reunión, expresión y manifestación de los ciudadanos que conforman la sociedad
de un país, cansado de pagar los errores cometidos por banqueros y políticos.
Tengan todos los diputados la absoluta seguridad de que sus
hijos no corren ningún peligro. Las palabras, no causan las mismas heridas que
las armas y sólo son, el instrumento de que disponemos para hacer oír nuestra
voz, cuando ya se han agotado sin éxito, todas las vías legales que contempla
este Estado, cada vez más lejano de los auténticos problemas de quienes lo
habitan.
Pero comprenderán que es imposible permanecer inactivo
mientras se derrumban todos los pilares en que se asentaba nuestra vida y que
cuando ya no queda nada que perder, uno
se arriesga a intentar cualquier camino que pueda reportar una mínima esperanza
para la desesperación que le aflige.
Los escraches no van a terminar, ya que han demostrado que
son la única manera de que algunos recuerden quiénes les pusieron donde están y
que su obligación es defender al pueblo, o retirarse del cargo que ocupan,
renunciando a la vez, a todos sus privilegios.

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