Superadas las Fiestas Navideñas y con la incertidumbre instalada en el corazón, los españoles nos disponemos a retomar la vida rutinaria, sin demasiadas esperanzas en que nada vaya a cambiar, ahora que las calles han vuelto a la oscuridad, desapareciendo de ellas el neón artificial que este año ha alumbrado una alegría ficticia.
La losa del paro, que aplasta con su peso la felicidad personal de todos los hombres y mujeres de bien, no permite ver otro horizonte que aquel que ofrezca quien pueda arbitrar una solución urgente a lo que ya se ha convertido en la peor lacra social que hemos padecido en este país, tan acostumbrado a soportar penurias y a la vez, tan valiente, como para haber sido capaz de sobrevivir a todas y cada una de ellas.
La angustia contenida que todos llevamos en el corazón, sin dar crédito a lo que para nosotros han elegido un puñado de poderosos, está dando paso a una cólera frenética que aumenta por momentos, al comprobar que ha crecido una nueva especie de individuos, que dedicándose a la política, parecen haber heredado a través de nuestros votos, la potestad de hacer y deshacer a placer el destino de todos, sin que haya modo efectivo de poner freno al despropósito de su gestión, ya que no existe mecanismo legal que ampare a los ciudadanos, si un partido obtuvo la mayoría absoluta en el Parlamento y no ha lugar a una moción de censura que lo aparte del poder, al estar perdida numéricamente desde el principio.
Ahora que tanto se habla de cambiar la Constitución, a veces por motivos nimios, que en nada afectan a la vida de la ciudadanía, sería un momento perfecto para arbitrar una solución al terrible problema que supone tener que soportar a un grupo político en el poder durante cuatro años, incluso cuando como ahora, se encuentra enfrentado en una guerra abierta con la población, que difiere de su modo de hacer política y pide
clamorosamente su dimisión, en el único foro en el que se le permite alzar la voz, es decir, en la calle.
A ningún político tendría que estarle permitido causar un sufrimiento permanente a su pueblo, ni tomarse la licencia de gobernar de espaldas a la opinión general, ni abusar como ahora sucede, de un total incumplimiento del programa electoral que le llevó al poder y que ha resultado ser absolutamente fraudulento, desde el mismo momento en que juró su cargo.
Es verdad que este pueblo nuestro ha empezado a cansarse de estar en silencio y que por todas partes pueden verse a diario actos de protesta, protagonizados por mil y un colectivos afectados por las medidas tomadas por Rajoy en este último año.
Pero también es cierto que nada de esto parece afectar al Presidente y que legalmente, de no tomar por propia iniciativa la decisión de marcharse, nada hay que apoye la voluntad popular `para conseguir este fin y que tendremos, desgraciadamente, que soportar tres años más su presencia, hasta que se convoquen nuevas elecciones y como es natural, las pierda.
El panorama no puede ser más desolador, pues si tenemos en cuenta que su primer año de gestión se ha saldado con seiscientos mil parados más, ¿qué puede ocurrir con tres años más en el gobierno?
Esta incógnita, que nos corroe las entrañas como un ácido letal, tiene en vilo a los españoles de todas las edades, que siguen clamando por la inmediata dimisión de Rajoy, aunque sin resultado factible en ciernes.
Se augura pues, una larga y cruenta lucha cuerpo a cuerpo entre políticos y pueblo, que no se sabe qué traerá consigo, aunque unos y otros, cada cuál con sus actos y consecuencias, estamos escribiendo la historia que, implacablemente, acabará por poner a cada cual, exactamente donde le corresponda.

No hay comentarios:
Publicar un comentario