En qué momento y por qué circunstancia una persona decide
atravesar la línea que lo coloca al margen de lo moral, siempre será un
misterio para los que consideramos que esa frontera invisible ha de ser,
durante toda la vida, infranqueable y mucho más, cuando sin estar sometido a
presión de carácter sentimental, uno la cruza por causas exclusivamente
crematísticas, como si lo único importante fuera escalar posiciones de poder o hacerse
con la llave del cofre de las riquezas, sin pararse a mirar de dónde proceden o
si se causan daños colaterales mientras se va recorriendo el camino de la
avaricia.
En este mundo sin razón, en el que nuestro pequeño País no es
más que una mínima parte del territorio que lo conforma, mucha gente ha visto
últimamente cómo llegaba para ellos ese momento y se ha rendido obnubilada a la
tentadora llamada de la ilegalidad, sin sopesar que abandonar la ética trae y
traerá siempre consecuencias y que iniciarse en prácticas de esta índole, acaba
por convertirse en una gruesa cadena que coarta la libertad personal y termina por destruir la
propia conciencia.
Desde la indignación que produce saber que ser político se ha
transformado en demasiados casos, en un trampolín para dar el salto a paraísos
fiscales donde ingresar en cuentas corrientes el producto del esfuerzo de
todos, uno no puede por menos que preguntarse si verdaderamente todos los
implicados en los innumerables casos de corrupción ya ingresaron en la carrera
pública con ánimo de ser delincuentes o si fue la vorágine que rodea al
ambiente en sí, la que acabó por tragarse la poca o mucha dignidad con que
contaban y los colocó a merced de un remolino vertiginoso del que debe ser muy
difícil escapar ileso.
Porque estos delitos monetarios, necesariamente, deben mantener
en constante alerta a quienes los cometen, no solo por si algún cabo suelto ha
quedado detrás amenazando en todo momento el éxito de las operaciones
fraudulentas, sino que además, los vínculos establecidos con la otra parte de
la historia, lo son a perpetuidad, impidiéndote cualquier acto espontaneo que
no cuente con la bendición de todos los implicados y que pueda poner en riesgo
el buen funcionamiento de la sórdida maquinaria que mueve estas sociedades
tácitas de tintes mafiosos, que no dudarían en emplear cualquier tipo de
violencia para salvaguardar el negocio.
Cómo se puede vivir y respirar con una espada semejante
oscilando continuamente sobre la nuca, es otra de las incógnitas sin solución
que podría plantearse cualquier ciudadano corriente y la respuesta ha de estar,
seguramente, relacionada con la propia manera de ser de estos modernos
delincuentes y que, indiscutiblemente, no tendría nada que ver con la de
ninguno de nosotros.
Está claro que no nos movemos en el mismo plano políticos y
ciudadanía.
Afortunadamente para nosotros, la espesa contaminación que
ensucia a diario el honor de esta gente, sin que apenas se les note por su
actitud, que van por el mundo protagonizando una gran mentira, no ha conseguido
aún alcanzarnos, aunque esta inocencia no nos libre de las repercusiones que
sus actos están causando en el funcionamiento del país y nos produzcan un
enorme desprecio, arrebatándonos toda posibilidad de entendimiento con otros
que, tal vez, están en la política por razones meramente vocacionales, que nada
tienen que ver con fortunas provenientes de negocios fraudulentos.
Es precisamente ese
desprecio visceral el que ha calado en el espíritu de los ciudadanos
llevándolos a la conclusión de que la podredumbre del Sistema hace
imprescindible un cambio radical y urgente en el modo de gobernar las naciones,
de modo que queden establecidas otras formas desde las que erradicar
tajantemente cualquier posibilidad de ser corrompido o corromper, en el ámbito
de la política.
Y es ese desprecio visceral también, el que pide a gritos
justicia. Porque la única verdad indiscutible es que el pueblo español ni
ningún otro pueblo merecen una clase política como ésta, ni desde luego está
dispuesto a soportarla durante mucho más tiempo.

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