El pueblo
español suele preguntarse a menudo qué pecado ha podido cometer, para merecer
una clase política como la que le ha caído en suerte.
El simple gesto de abrir un
periódico y tropezar diariamente con los múltiples casos de corrupción que
llegan a descubrirse, hace albergar la idea de que los mismos podrían
multiplicarse por mil, si de verdad se indagara bajo los cimientos de lo que
acaece en todas las instituciones del país.
No se puede dejar de pensar que la
ruina en que nos encontramos ha de estar necesariamente relacionada con esta
plaga de delincuentes que en lugar de cumplir con las funciones adscritas a sus
cargos, se han dedicado a esquilmar los recursos de la nación haciéndose con
abultadas bolsas de dinero negro que, en casi todos los casos, han terminado
rentando, tras ser depositados en paraísos fiscales No hay en este delito un patrón
preciso, que ayude a esclarecer la verdad de lo que está ocurriendo y la lista
de implicados en ellos salpica a todos los niveles sociales, desde la misma
familia real, hasta el más humilde de los concejales del pueblo más pequeño de
nuestra geografía. Donde haya manejo de dinero público, siempre parece haber
algún ladrón en potencia, que al final consigue enriquecerse a costa de lo que
aportamos al erario el resto de los ciudadanos, sin el menor pudor y sin miedo
a ser castigado por una justicia, que hace tiempo que olvidó la contundencia a
la hora de dictar sentencias y que ya en varias ocasiones, se ha visto ella
misma implicada, en la persona de alguno de los suyos, en esta enorme rueda de
corruptelas que parece no tener fin.
Y no es que estemos hablando de
cantidades pequeñas. En cada uno de los casos conocidos, los ladrones y
evasores no se conforman con menos de dos o tres millones de euros, o al menos
esas son las cifras que se manejan en los juicios que se están celebrando,
aunque a veces, los números son tan
escandalosos, que a los ciudadanos les cuesta trabajo siquiera imaginar, cómo
se las han podido ingeniar los autores de los delitos, para poder distrae de
las cuentas públicas semejantes cantidades, sin levantar sospecha alguna en los
que tienen a su alrededor, hasta que el agujero
que dejan es tan considerable, que ya no hay remedio posible para la
institución que tiene la desgracia de descubrirlo.
Esta práctica delictiva, que se ha
convertido en casi rutinaria en el panorama político y empresarial español, ni
siquiera está siendo atacada por un Gobierno, cuya preocupación recurrente se
centra en cumplir el índice de déficit y que con demasiada frecuencia aparca la
obligación de preguntarse por dónde se ha escapado del país toda una fortuna
económica, dando incluso cobijo en sus filas a multitud de implicados en
manifiestos robos probados y ofreciendo a todos en general, una Amnistía
Fiscal, por si quieren hacer la merced de hacer retornar los sustraído a las
arcas estatales, en una inusitada forma de blanqueo, que escapa a la
comprensión de todos los que creemos que la única manera de combatir la
corrupción es la de que sus autores sean condenados, amén de tener que devolver
la totalidad de lo sustraído, al sitio exacto de donde procedía, cuando
ilegalmente se adueñaron de ello.
En esta
tesitura, ¿cómo se puede exigir a los ciudadanos sacrificio alguno y limpieza
absoluta a la hora de hacer su declaración de la renta, cuando el
convencimiento general es el de que cualquier cantidad que se aporte al erario
público será indefectiblemente malversada por cualquiera de sus llamados
representantes, que después volverá a pedir nuevas aportaciones, para volver a
hacer exactamente lo mismo? ¿Y cómo puede el Presidente Rajoy seguir aludiendo
a la herencia de Zapatero en todas sus intervenciones y no haber mencionado
jamás en ninguna de ellas cuánto dinero se ha defraudado al país en estos
innumerables casos de corrupción, protagonizados por toda una casta de
políticos impresentables, muchos de ellos, compañeros de su partido?
No va a quedar más remedio que
pensar que la carrera política ya no trata de procurar el bien de la
ciudadanía, sino que se ha convertido en una especie de carrera a muerte por
encontrar una forma rápida de enriquecimiento personal, por medio de ciertas
actitudes más propias de una mafia siniestra, que de una Democracia donde la
limpieza es imprescindible para el buen funcionamiento de un país.

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