miércoles, 16 de enero de 2013

A vueltas con la corrupción


 
El pueblo español suele preguntarse a menudo qué pecado ha podido cometer, para merecer una clase política como la que le ha caído en suerte.
 El simple gesto de abrir un periódico y tropezar diariamente con los múltiples casos de corrupción que llegan a descubrirse, hace albergar la idea de que los mismos podrían multiplicarse por mil, si de verdad se indagara bajo los cimientos de lo que acaece en todas las instituciones del país.
 No se puede dejar de pensar que la ruina en que nos encontramos ha de estar necesariamente relacionada con esta plaga de delincuentes que en lugar de cumplir con las funciones adscritas a sus cargos, se han dedicado a esquilmar los recursos de la nación haciéndose con abultadas bolsas de dinero negro que, en casi todos los casos, han terminado rentando, tras ser depositados en paraísos fiscales No hay en este delito un patrón preciso, que ayude a esclarecer la verdad de lo que está ocurriendo y la lista de implicados en ellos salpica a todos los niveles sociales, desde la misma familia real, hasta el más humilde de los concejales del pueblo más pequeño de nuestra geografía. Donde haya manejo de dinero público, siempre parece haber algún ladrón en potencia, que al final consigue enriquecerse a costa de lo que aportamos al erario el resto de los ciudadanos, sin el menor pudor y sin miedo a ser castigado por una justicia, que hace tiempo que olvidó la contundencia a la hora de dictar sentencias y que ya en varias ocasiones, se ha visto ella misma implicada, en la persona de alguno de los suyos, en esta enorme rueda de corruptelas que parece no tener fin.
 Y no es que estemos hablando de cantidades pequeñas. En cada uno de los casos conocidos, los ladrones y evasores no se conforman con menos de dos o tres millones de euros, o al menos esas son las cifras que se manejan en los juicios que se están celebrando, aunque a veces, los números  son tan escandalosos, que a los ciudadanos les cuesta trabajo siquiera imaginar, cómo se las han podido ingeniar los autores de los delitos, para poder distrae de las cuentas públicas semejantes cantidades, sin levantar sospecha alguna en los que tienen a su alrededor, hasta que el agujero  que dejan es tan considerable, que ya no hay remedio posible para la institución que tiene la desgracia de descubrirlo.
Esta práctica delictiva, que se ha convertido en casi rutinaria en el panorama político y empresarial español, ni siquiera está siendo atacada por un Gobierno, cuya preocupación recurrente se centra en cumplir el índice de déficit y que con demasiada frecuencia aparca la obligación de preguntarse por dónde se ha escapado del país toda una fortuna económica, dando incluso cobijo en sus filas a multitud de implicados en manifiestos robos probados y ofreciendo a todos en general, una Amnistía Fiscal, por si quieren hacer la merced de hacer retornar los sustraído a las arcas estatales, en una inusitada forma de blanqueo, que escapa a la comprensión de todos los que creemos que la única manera de combatir la corrupción es la de que sus autores sean condenados, amén de tener que devolver la totalidad de lo sustraído, al sitio exacto de donde procedía, cuando ilegalmente se adueñaron de ello.
En esta tesitura, ¿cómo se puede exigir a los ciudadanos sacrificio alguno y limpieza absoluta a la hora de hacer su declaración de la renta, cuando el convencimiento general es el de que cualquier cantidad que se aporte al erario público será indefectiblemente malversada por cualquiera de sus llamados representantes, que después volverá a pedir nuevas aportaciones, para volver a hacer exactamente lo mismo? ¿Y cómo puede el Presidente Rajoy seguir aludiendo a la herencia de Zapatero en todas sus intervenciones y no haber mencionado jamás en ninguna de ellas cuánto dinero se ha defraudado al país en estos innumerables casos de corrupción, protagonizados por toda una casta de políticos impresentables, muchos de ellos, compañeros de su partido?
  No va a quedar más remedio que pensar que la carrera política ya no trata de procurar el bien de la ciudadanía, sino que se ha convertido en una especie de carrera a muerte por encontrar una forma rápida de enriquecimiento personal, por medio de ciertas actitudes más propias de una mafia siniestra, que de una Democracia donde la limpieza es imprescindible para el buen funcionamiento de un país.
           
           
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario