martes, 8 de enero de 2013

Reyes y mendigos



Mientras los comedores sociales se llenan de familias a las que las medidas impuestas por la crisis ha arrastrado hasta la pobreza, llama poderosamente la atención que exista un determinado tipo de prensa, que sigue dedicando incontables páginas a reportajes que reflejan toda la suerte de lujos que rodean a los miembros de las casas reales, llegando incluso a afear, que las princesas y reinas europeas utilicen más de una vez los modelos de alta costura, que se costean con los impuestos de los contribuyentes y cuyos precios alcanzan cifras astronómicas, que ahora serían necesarias, para paliar la terrible situación en que se encuentran los ciudadanos de sus determinados países.
Esta institución obsoleta, más propia del medioevo que de los tiempos que corren en la actualidad, sigue conservando sus injustísimos privilegios, sin que los problemas económicos que nos azotan, hayan mermado, ni siquiera mínimamente su desenfrenado nivel de vida, desarrollado totalmente de espaldas a la realidad cotidiana de los que vuelven a parecer sus súbditos y cuya desesperación y angustia no tiene visos de afectar a estos monarcas absolutistas, enganchados a un poder heredado que ni siquiera ha sido jamás refrendado por las urnas.
Y no sólo es ya que se encuentren cómodamente instalados en el despilfarro que supone para una nación el sustento de su numerosa prole, sino que además, sin ningún sentido del pudor ni de la decencia, no dudan en exhibir lo ostentoso ante una población empobrecida que apenas `puede paliar las necesidades primarias de cualquier ser humano, pero que se ve obligada a aceptar la imposición de este sistema de gobierno, sin el derecho a ser consultada sobre si desea o no su continuidad y teniendo que contribuir religiosamente, a sufragar la rimbombante suntuosidad en la que se mueve, con sus fiestas, sus joyas y sus atuendos adquiridos para ser lucidos una sola vez y después relegados a la profundidad de sus enormes armarios.
En esta época de grandes contrastes sociales, al menos deberían tener la decencia de la discreción, sobre todo para no provocar más indignación entre una población azotada por el negro fantasma del desempleo, que en muchos casos ha sido despojada, incluso del techo bajo el que vivía y que en modo alguno puede justificar el despilfarro que supone la cartera de gastos que acarrean los miembros de las monarquías, sin que se aclare cuál es exactamente su papel y si de verdad son imprescindibles, en la política de una Democracia moderna.
La fragilidad de ánimo que acompaña a los nuevos pobres, surgidos del efecto de esta crisis de la avaricia, no está preparada para soportar una realidad tan escandalosamente injusta y puede llevar en cualquier momento, a una clamorosa exigencia de abolición que al menos en cierta medida, coloque el montante económico destinado a las casas reales, en otras partidas ahora mucho más necesarias para el bien de las mayorías.
Y habría que darles la razón, porque la tienen.



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