La intervención del Ministro de Hacienda, Cristobal Montoro,
en el Congreso, era esperada hoy de manera excepcional por el resto de grupos
parlamentarios, que ante la negativa de Rajoy a hacer acto de presencia para
ser interrogado sobre el caso de Bárcenas y el asunto de los sobresueldos, se hallaban ansiosos de obtener respuestas
satisfactorias, mientras el entramado de corrupción continúa proporcionando a
los medios de comunicación, nuevos e interesantes datos del mayor escándalo
político que se ha dado en el País, desde la llegada de la Democracia.
Montoro, que se ha presentado ante los demás con un alto
grado de acritud, no solo se ha negado a responder a las preguntas de los
parlamentarios y especialmente, a las formuladas por el representante del PSOE,
sino que se ha atrevido a calificar las
intervenciones como ruines e impertinentes, pasando inmediatamente al ataque
personal , como suele ser norma en la estrategia del PP, cada vez que se
enfrenta a un tema de difícil resolución, fundamentalmente si de alguna manera,
perjudica de algún modo sus intereses.
Ha llegado incluso, a reclamar la presencia de Rubalcaba,
desdeñando la categoría de quién en ese momento representaba a los socialistas,
ante el asombro generalizado de los parlamentarios de otros partidos, que no
daban crédito a lo que estaban oyendo y que igualmente exigían una mayor
claridad en las respuestas de quien en ese momento ocupaba un lugar, que por la
gravedad de los sucesos, debiera haber sido el de un Mariano Rajoy, como
siempre inaccesible.
No ha conseguido aclararse ni si Bárcenas se ha acogido a la Ley de amnistía fiscal
aprobada por el Gobierno, ni si hay indicios de realidad en el asunto de los
sobresueldos procedentes de la extorsión, por lo que la presencia del Ministro
de Hacienda ha resultado ser absolutamente ineficaz, frustrando las intenciones
del resto de una Cámara, tremendamente preocupada por una estabilidad política,
seriamente tocada por las informaciones aparecidas en la prensa e indignada al
no recibir explicación alguna del Partido en el poder, en este caso, único
complicado en ambos temas, de manera directa.
Amparándose en el secreto judicial, Montoro ni siquiera ha
mencionado a Bárcenas más que en una ocasión, a pesar de que hoy circulaba la
noticia de que podrían existir otras cuentas de dinero negro en las Bahamas,
que vendrían a sumarse a las ya descubiertas en Suiza y que han traído consigo
el abandono del PP, de cualquier vinculación pasada o presente con este sujeto.
El representante socialista, que ha preguntado a Montoro
directamente si en alguna ocasión había recibido algún tipo de “sobresueldo”,
en su larga trayectoria en el PP, no ha conseguido otra cosa que ser duramente
reprendido por el Ministro, que ha debido pensar que ante la que estaba
cayendo, la mejor defensa posible era un buen ataque, probablemente sin caer en
la cuenta de que son todos los españoles los que exigen con carácter de
urgencia, las pertinentes explicaciones que hoy pedían los parlamentarios y que
son un derecho de una ciudadanía, hastiada de los innumerables casos de
corrupción descubiertos y empecinada en saber si es verdad que los que
actualmente regentan el país, también están implicados en ellos.
En realidad, lo que quiere el pueblo español es oír de boca
del Presidente de la Nación, al menos por una vez, un relato minucioso de lo
ocurrido en su Partido y si conocía o no la existencia de los hechos, tanto en
el caso de su tesorero Bárcenas, como en el de los sobres en negro que
presuntamente han circulado por su Sede, ante sus mismas narices, durante casi
veinte años.
Lo que quiere el pueblo español es que la justicia no pierda
un solo momento en averiguar hasta donde llega este siniestro entramado y saque
a la mayor brevedad posible a relucir, los nombres de los corruptos, sin concesiones a la importancia de los cargos
que hubieren ocupado y aplicándose a fondo a la hora de dictar sentencias
ejemplares, en el supuesto de demostrarse los delitos.
Si piensa Rajoy que ganará tiempo negándose a comparecer, muy
al contrario, está con esta demora, firmando su sentencia de muerte política,
afectado como está, por la gravedad de un asunto, del que probablemente no
podrá volver a levantarse.
Que no se le vea, no quiere decir en modo alguno, que no
tenga una parte primordial de responsabilidad ante su pueblo.
En sus manos está hacer frente con valentía al peor de sus
momentos, u optar, como suele ser habitual en él, por un silencio sepulcral que podría ser considerado un síntoma de
culpabilidad, a ojos de los ciudadanos.

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