La fianza de ocho millones impuesta por el juez a Urdangarín
y su socio, copa hoy las primeras páginas de noticias y crea la natural
expectación popular en este enrevesado
asunto, sobre todo por saber si el duque será capaz de conseguir, en sólo cinco
días, tal cantidad de dinero.
No parece probable que la familia real permita que su yerno
pase por la vergüenza de un embargo, a pesar de que sus propiedades cubrirían
con creces el montante exigido por la justicia, pero si lo satisface en
metálico, saber cómo lo ha obtenido, se convertirá en la curiosidad prioritaria
de los ciudadanos, que esperan con ansiedad un trato que iguale a este señor,
con el resto de los españoles.
Entretanto, el socio ha emprendido un camino imparable de
locuacidad y dice que la infanta estaba al tanto de los negocios de su marido,
como demostraba en las innumerables cenas que compartían y en las que a menudo,
solía hablarse con toda libertad del tema, en su presencia.
Poco habrá que esperar para saber si finalmente se satisface
la fianza, pero lo que a los ciudadanos interesa saber está mucho más
relacionado con que se aclare qué montante económico exacto sacó el Duque de
sus dudosas prácticas y sobre todo, si se le exigirá una devolución total del
mismo, ahora que parece haber quedado en evidencia que sí existía lucro, y
mucho, en las empresas que presidía, aprovechando los privilegios que le
otorgaba su situación en la casa real, e incluso sugiriendo que el propio Rey
respaldaba sus actividades con su silencio.
Hasta qué punto estará Urdangarín dispuesto a resistir las
acusaciones de su socio sin mezclar a su esposa, es una incógnita de difícil
respuesta o más bien, un arma de doble filo, que en cualquier momento puede
utilizar como elemento de presión para que la Zarzuela ponga cuántos medios
tenga a su alcance para conseguir su absolución, si desea que la infanta no
llegue al punto de tener que sentarse en un banquillo, junto a su impresentable marido.
A estas horas, los periodistas aguardaban un comunicado de la
casa real, aunque los españoles preferirían sin duda, una explicación convincente
del Rey, sobre este escándalo de dimensiones aún por determinar, pero que
salpica de lleno la honorabilidad de la realeza, dejando en entredicho
cualquier atisbo de solidaridad con los ciudadanos, tan necesaria en estos
difíciles momentos.
Teniendo en cuenta que este problema le atañe de manera
personal e intransferible, sería muy aconsejable para la corona afrontar en
primera persona lo que la calle vive como algo del todo inaceptable y pedir
ante los medios, una actuación judicial implacable para dar libertad a quien
lleva la causa para llegar al fondo de esta investigación, sin que afecte el
grado de parentesco o cercanía, que con el monarca tienen varios de los imputados.
Que quede clara, precisamente en este caso, la imparcialidad
de la justicia, ha de convertirse en la primera regla a exigir también por todos y cada uno de los partidos
políticos, dejando a un lado las simpatías o antipatías que sientan por la
institución monárquica y aún en el caso improbable de que llegara a demostrarse
la implicación de la familia real al completo y hubiera que adoptar medidas de
excepción para que las leyes fueran aplicadas, tal como fueron escritas.
Una nube de podredumbre cubre los cielos de esta pobre
España, huérfana de políticos honrados que hagan valer los intereses del
pueblo, por encima de los de una multitud de estafadores, ahora instalados en
todos los poderes, viviendo una opípara etapa de abundancia inmoral, que choca
frontalmente con las carencias de la ciudadanía.
Todo se solucionaría, y digo todo, si hubiera simplemente,
justicia.

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