La pretensión de Mariano Rajoy, de ordenar una investigación
interna sobre el caso de los sobres procedentes de la extorsión, nuca podrá
revelar la verdad que reclama conocer la ciudadanía española.
Y no lo hará, porque hasta hoy y que se sepa, el dinero negro
no suele aparecer en libros de contabilidad, expuestos a la vista de todos, más
que nada, porque al tratarse de una práctica delictiva, sus autores se
preocupan de asegurarse por todos los medios, de que no quede rastro alguno de
su pecado.
Más aún, cuando no estamos hablando de una pandilla de
ignorantes que faltos de toda información jurídica, meten la mano apresuradamente en la caja de
una tienda de pueblo, aprovechando un descuido del dueño del negocio, sino de
una serie de personajes con formación universitaria, muchos de ellos abogados,
que conocen a la perfección todos los mecanismos legales que podrían traer
consigo el descubrimiento del pastel y que naturalmente, se cuidan de guardar
celosamente sus espaldas, amparados en una conspiración de silencio que evita
dejar rastro alguno del dinero recibido y del cauce que hubiera seguido hasta
llegar a ellos.
Una investigación de las cuentas del PP podrá poner en claro
todas aquellas operaciones realizadas honradamente dentro de un marco legal y
probablemente, logrará justificar hasta el último céntimo manejado por el
Partido de Rajoy, proporcionando al pueblo español una imagen ficticia de
limpieza.
Tampoco llegará a buen puerto la estrategia de preguntar uno
a uno de sus colaboradores si en algún momento se beneficiaron de estos
suculentos sobresueldos, porque todos lo negarán y más aún, si es que
verdaderamente estuvieran implicados en este engorroso asunto.
Sería de tontos pensar en un acto de contrición colectivo, en
el que los presuntos implicados confesasen ahora a su Presidente su delito,
incluso antes de ser formalmente acusados por la justicia o siquiera
mencionados en alguna de las publicaciones que están revelando el caso, poniendo
todas las miradas del país sobre su persona y no precisamente, en un tono de
amabilidad.
Todos los delincuentes, por costumbre, se declaran inocentes,
hasta mientras están cumpliendo condena por
crímenes probados y juzgados y su
mayor afán, hasta que son detenidos, es negar la mayor por activa y pasiva,
aunque las pruebas contra ellos no dejen lugar a dudas sobre su culpabilidad
manifiesta.
En esto no hay diferencias entre el más pequeño de los
chorizos y el más peligroso asesino en serie conocido en la historia. Tampoco
la habrá ahora, por muy políticos de altura que sean los presuntos delincuentes
ni por mucha presión verbal que Rajoy ejerza sobre ellos, en el caso de que sea
esa su estrategia para llegar al fondo del asunto.
Negro siempre es igual a invisible, como prueba el tiempo que
ha estado saliendo bien este delito y la facilidad con que ha estado siendo
cometido, sin que la policía se percatara de ello.
Negro, cuando se trata de dinero, son bocas cerradas y
cuentas hechas de memoria para evitar toda huella de evidencia. Negro es aparte,
sin indicios, manos que se deslizan por debajo de las mesas hasta alcanzar
algún bolsillo. Negro es mudez, esmero en evitar ser visto en según qué
compañías, pulcritud en construir historias paralelas que pudieran justificar
el montante obtenido ilegalmente y estudio minucioso de los más mínimos
detalles en las operaciones, levantando alrededor de ellas muros
infranqueables que oculten los hechos.
No espere Rajoy pues que su iniciativa obtenga ningún éxito.
Nosotros lo sabemos y por ello, aconsejaríamos que cualquier
investigación sobre este asunto se dejara en manos policiales exclusivamente.
Sobre todo porque hoy por hoy, nadie está libre de culpas en
el Partido Popular y el terreno por el se moverían los encargados de la
investigación interna, podría ser tan pantanoso, que bien podrían quedar
enterrados en él o ser arrastrados por la corriente, hasta el mismo lugar en
que lo fueron, presuntamente, los autores de los delitos.
En este caso la verdad no puede partir, precisamente, del
lugar donde se cometieron los hechos y ha de ser revelada, con toda objetividad
y sin tapujos, por alguien totalmente imparcial, aunque empeñado en hacer
pagar la culpa, independientemente de si
el delincuente es Príncipe o mendigo.

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