La abdicación de la
Reina de Holanda desata una nueva polémica en torno a nuestra monarquía, que
difícilmente va a poder escapar ilesa del caso de corrupción protagonizado por
Urdangarín y que cada vez se acerca más al entorno más íntimo de Juan Carlos,
cuya imagen quedó seriamente tocada después del accidente de caza que sufrió el
pasado año y por el que ya se vio obligado a pedir perdón a todos los
españoles.
Muchos son los que piensan que también él debiera abdicar, en
la persona de su hijo, que acaba de cumplir cuarenta y cinco años, pero a
medida que la crisis va haciendo mella en la situación de las familias, va
aumentando el número de ciudadanos que preferirían la instauración de una
República, por considerar que los gastos que produce todo lo relacionado con la
familia real, no compensa el papel que juega esta institución, a todas luces
obsoleta.
Algunas voces de relevancia política ya se han pronunciado en
este sentido y más aún ahora que se ha podido comprobar que no todos los
miembros cercanos a la corona son en realidad tan angelicales e idílicos como
se pretendía hacer creer a los ciudadanos y que su sentido de la
responsabilidad en estos momentos de especial crudeza , dista mucho de
satisfacer las expectativas que albergaban los ciudadanos, que ven las últimas
actuaciones borbónicas como un claro signo de insolidaridad, que no admite
disculpas, en un periodo de tantas carencias.
El caso Noos, que podría ser la punta de un iceberg todavía escondido bajo las aguas, se va
enredando paulatinamente poniendo en evidencia que los negocios del yerno del
Rey parecían ser conocidos y apoyados por el ámbito palaciego, restando fuerza
al argumento de que la propia infanta ignoraba las actividades de su cónyuge ,
aunque su secretario personal estaba al tanto de casi todo, como pretende
demostrar la imputación que hoy hemos conocido y que ya se verá en qué termina
y las consecuencias que produce.
La monarquía, impuesta
a los españoles a cambio de un periodo pacífico de transición y que nunca ha
sido votada, más que como parte de una Constitución que ya se nos dio escrita y
que nos urgía aprobar para dejar atrás la pesadilla de la dictadura franquista,
se ha ido marchitando con el paso del tiempo y perdiendo una gran parte de la
popularidad que ganó con su actuación en el golpe de estado del 23F, que para los más jóvenes, que ahora conforman el
grueso de los desempleados en este país, queda demasiado lejana en el tiempo y
n o supone mérito alguno, si es sopesada con el escándalo en que se ve envuelta una corona, que representa un
sistema de gobierno demasiado arcaico para los gustos de estas generaciones, en
pleno siglo XXI.
Quizá habría llegado el momento de hacer una consulta popular
que clarifique las preferencias y que permita a la ciudadanía elegir con
libertad qué sistema de gobierno le parece que podría defender mejor sus
intereses, generando los menos gastos posibles a las arcas del Estado, ya que
la cuestión económica se ha convertido en algo de vital importancia para la
mera supervivencia.
Esta cuestión, que parece impensable bajo el mandato de un
partido conservador, nutrido mayoritariamente por herederos de monárquicos de
rancio abolengo, se ha convertido sin embargo, en conversación habitual en la
calle y empieza a plantearse como una de las preocupaciones de una ciudadanía,
cansada del comportamiento de la realeza y de los privilegios inherentes a su
cargo, que no parecen haberse resentido con los efectos de la crisis.
La polémica pues, está servida y la placidez de que
disfrutaba la corte, probablemente, está tocando fondo, incluso sin conocer la
sentencia de un caso Noos, que con toda seguridad, va a traerle una etapa
convulsa de la que no va a ser fácil salir. También los Reyes deben saber que
ya nada es eterno.

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