Agotados por
las nefastas vicisitudes del último año, los españoles contemplábamos con
amargura el entorno de pobreza que han ido dejando a nuestro alrededor la mayor
crisis de todos los tiempos y las diabólicas medidas ideadas por nuestros
ineptos políticos para sortearla.
Con
indignación, pero con infinita paciencia, hemos soportado primero, el giro a la
derecha de un Partido Socialista en el que confiábamos y que decidió abrir
peligrosísimas puertas por las que empezar a dejar escapar los derechos de los
trabajadores y el fraude electoral protagonizado por un PP, que en cuanto se
instaló en el poder, comenzó una carrera contra reloj de recortes inasumibles,
que nos han ido llevando a la ruina, mientras Bancos y grandes Empresas
recibían con los brazos abiertos ayudas económicas astronómicas, con las que
solventar la gravísima situación en la que nos encontramos y de la que no
saldremos jamás, si no se da trabajo digno a los seis millones de desempleados
que recorren a diario nuestras calles.
Es verdad que hemos luchado denodadamente contra lo que ha
sucedido y que nunca hemos tirado la toalla intentando que la voz popular fuera
escuchada por quienes gobiernan nuestro destino, pero es que pensábamos que la
media de nuestros políticos se habían dedicado a esta actividad por una
cuestión meramente vocacional y no con ocultas intenciones de enriquecimiento,
como ahora han demostrado los incontables casos de corrupción que han ayudado
considerablemente a mermar los recursos de nuestro país, sin que ni la Ley, ni
las medidas policiales, hayan ayudado a erradicarlos.
El escándalo
de los sobresueldos en negro de la cúpula del Partido Popular, con una duración
en el tiempo, de veinte años mal contados, no puede por menos que causar en
nosotros, la gente buena, honrada y cumplidora que forma la ciudadanía, un
ramalazo de ira que podría ser la chispa que faltaba para prender el fuego de
una violencia, que durante mucho tiempo ha sido hábilmente contenida por el
pacifismo natural del pueblo, hasta agotar todas las posibilidades de protesta
dentro del orden establecido, aunque latente en el interior de los que han
tenido que soportar un derrumbamiento total de su modo de vida y que la han
refrenado, en un ejercicio de inusitado autocontrol, verdaderamente admirable.
Pero cuando
los desheredados contemplan que todos sus inasumibles sacrificios se han ido
sufriendo, mientras los encargados de velar por el bienestar de una Nación y en
este caso, de su gobierno, se lucraban personalmente hasta enriquecerse de manera escandalosa, por
medio de prácticas de extorsión y sabe Dios, si también de los impuestos
religiosamente pagados por los contribuyentes, una desazón creciente se ha
apoderado de pronto de todos nosotros y nos exige con urgencia, una respuesta
contundente, a tan alto grado de
inmoralidad e indecencia.
Los
españoles no queremos ser gobernados por una lista de corruptos por acción u
omisión y que han sido además los artífices de todas las medidas que han ido
seccionando nuestro bienestar y que han sido aplicadas una a una, en contra de
nuestra propia voluntad y sin otorgarnos derecho a protesta. Sobre todo cuando
entretanto, unos señores a los que no ha tocado el fantasma del paro y que ya
contaban con suculentos sueldos como correspondía a la responsabilidad de su
cargo, ingresaban en su cuenta particular, sin declararlo a la Hacienda
pública, sobres de dinero exigido a una patronal, que desde el primer momento
debió negarse en bloque a tales prácticas, pero que se acostumbró a ser
extorsionada, cargando las pérdidas sufridas por ellas, en las doloridas
espaldas de sus trabajadores.
La política
española, pide a gritos una purga que ponga a cada uno de los actuales
políticos dónde le corresponda y que haga cargar con las consecuencias de sus
actos a todos sin excepción, aunque esas consecuencias les lleven a tener que
pasar por las cárceles del país el tiempo que, en justicia, corresponda a su
delito y aunque los escaños del Parlamento quedasen vacíos, si se probara que
todos sus miembros han incurrido en falta.
Ha de quedar
claro, que las explicaciones ofrecidas por Rajoy, diciendo que no le temblará
la mano si llega a conocer un caso flagrante de corrupción, no nos han
convencido. Sencillamente, no creemos una palabra del desconocimiento que alega
sobre el asunto de los sobres, siendo como es, parte importante de su Partido
desde hace tantos años y habiendo estado trabajando a diario, precisamente en
el lugar en el que durante veinte años, se ha estado cometiendo el delito.
Y si lo supo
y miró hacia otro lado ¿qué se puede esperar de su gestión como Presidente y
cuántas veces más habrá vuelto los ojos, quizá en cuestiones de vital
importancia?
La paciencia
del pueblo español está agotada y ni la mayoría absoluta que posee, ni la
reiterada costumbre de intentar engañar al pueblo adjudicando la culpa de sus
errores a otros, ni la patética ayuda de los medios empeñados en una defensa de
su gestión que suena a servilismo barato, pueden ya hacer cambiar la opinión
que la ciudadanía ha ido adquiriendo
sobre el Partido Popular, con Rajoy a la cabeza.
Y aunque se sabe que no dimitirán de motu propio, las
circunstancias exigen que se habilite a la mayor urgencia, un mecanismo legal
que permita a este pueblo ahora impaciente, exigir aunque sea por medio de
firmas, el cese inmediato de este gobierno y la convocatoria de nuevas
elecciones, en las que ya se verá a quién se vota, pero en las que desde luego,
habría que demostrar HONRADEZ, para hacerse con un poder que solo pueden
otorgar los votos.

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