miércoles, 14 de septiembre de 2011

La imagen de la felicidad

Vemos por primera vez la imagen de nuestro nieto, flotando en la paz cálida del vientre materno, ajeno a cualquier injerencia exterior que pudiera perturbar su pequeño ámbito de completa inocencia.
Miramos atónitos cómo se produce el mayor milagro del universo, asomándonos a la intimidad de su proceso de formación, con la curiosidad de ir conociendo los rasgos del nuevo miembro de la familia y comprobar la maravilla de su pequeña perfección, a través de una cámara indiscreta que nos permite acompañar la placidez de su sueño, con la emoción contenida que proporcionan algunos momentos de la vida, que se saben irrepetibles.
Seguimos la lentitud de sus movimientos, la evolución silenciosa de sus primeros gestos cercanos a la humanidad, que lo identifican plenamente con el núcleo familiar al que ya pertenece y lamentamos no poder todavía, arroparle con el calor de las caricias que pronto se convertirán en su nexo de unión con el mundo que lo recibirá, como si fuera la primera persona que lo habita, poniendo a su alcance todas las posibilidades para que sea feliz.
Quedará esta primera imagen grabada en la memoria para siempre, como un instante mágico que interrumpe la rutina diaria, trayendo una explosión de sentimientos indefinibles a cada uno de nosotros, centrando toda nuestra atención en ir descubriendo en la visión que se nos presenta, cada uno de los detalles de sus facciones aún incompletas, hasta encontrar similitudes familiares que conviertan a este pequeño ser en nuestro, queriendo en el fondo, perpetuar de alguna manera, nuestra estancia en el mundo que ahora nos da la oportunidad de seguir existiendo, en cada latido del pequeño corazón que se acompasa con el nuestro.
Quedamos vinculados a los rasgos que vemos, con esa clase de relación intemporal que da el amor y deseamos fervientemente que la visión se prolongue indefinidamente, sin querer apartarnos de ella para volver a la realidad, como si pudiera desvanecerse ante nuestros ojos y hubiera ido un espejismo.
Quisiéramos de poder hacerlo, ahondar aún más en el pequeño universo del vientre, para oír el borboteo que producen sus movimientos y que abriera por un instante los ojos y nos mirara de frente, para ir reconociendo cada uno de nuestros rostros, que serán pronto los rostros de su vida nueva, en un ejercicio de acercamiento impensable aún, pero soñado a partir de ahora, hasta el momento del nacimiento.
Es, en su diminuta existencia, la imagen de la felicidad plena y el vehículo de la nuestra, que a partir de hoy, quedará para siempre unida a esta vida que empieza.

2 comentarios:

  1. Me uno a tus palabras, precisas y maravillosas, como siempre: ha sido un momento y una experiencia únicos que nunca olvidaremos. Y seguro que a él, a Huguito, también le encantará leerlo algún día para hacerse una idea de lo que despertó en nosotros su existencia. No podemos evitar quererlo desde ya.

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  2. Me sumo a vuesta felicidad, abuela Paqui, al amor incondicional que destilas en tus siempre acertadas palabras. Hugo abrirá los ojos, os mirará de frente y reconocerá en cada uno a un guía imprescindible de su futura vida. A pesar del vértigo consuetudinario en el que vivimos, concerá otra felicidad plena diferente y atractiva, la que le dará el maravilloso milagro de una vida arropada por el amor incondicional de algo tan hermoso como su familia. Y también lo queremos desde ya. Lo nuestro es de ida y vuelta sin fisuras.
    Os queremos, siempre

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