martes, 13 de septiembre de 2011

Un cambio de energías




Sólo unos meses después del desastre ocurrido en Fukushima, a causa del maremoto de Japón, una explosión en otra Central nuclear francesa, vuelve a poner en cuestión el futuro de este tipo de energía y acucia a los gobernantes a abordar con prontitud, una solución urgente para evitar la alarma que periódicamente producen este tipo de accidentes.
Los que durante demasiado tiempo cantaron los beneficios de la energía nuclear, no encuentran ahora una explicación que ofrecer ante la alarma generada por la imposibilidad de controlar los vertidos de este tipo y únicamente tratan de retrasar la decisión de acabar cerrando las viejas instalaciones que guardan los monstruos dormidos de infinito poder, que de escapar, podrían terminar con la vida en la tierra.
Son muchos ciertamente, los intereses contrarios a una proliferación masiva de energías limpias, cuyas instalaciones suponen un costo demasiado elevado y además ponen en cuestión la necesidad de mantener los fuertes mercados del petróleo, pero alguna vez habrá que abordar de frente el problema y decidir si queremos seguir dependiendo del veleidoso precio del crudo que nos venden los grandes monopolios, o nos conviene en cambio, aprovechar los recursos naturales que los países poseen y potenciar que el futuro se alumbre y circule de forma autóctona.
El secretismo que rodea cada fuga nuclear y las posibles consecuencias que para la población puedan traer los accidentes, no deja lugar a dudas sobre los peligros ubicados en pleno corazón de las poblaciones que albergan las centrales y pone en entredicho la inocuidad que se ofreció a los habitantes de estos núcleos, cuando se les vendió el progreso que les traía puestos de trabajo bien pagados y el enriquecimiento rápido de la región elegida para tales fines.
No se puede alargar indefinidamente la decisión conveniente para la seguridad de los ciudadanos, manteniendo estos polvorines abiertos sine die, ni jugar con la suerte de apostar a que no sucederá nada, sobre todo si se trata de instalaciones de mas de veinte años, a las que los achaques propios de la edad han ido deteriorando paulatinamente.
Pero el recuerdo de Chernobil y los horrores que aún perviven en los supervivientes de aquel desastre y en las tierras sometidas al radio de acción de la fuga, se mantienen vivos en nosotros, reclamando la necesidad de desterrar para siempre de nuestras vidas la posibilidad de que volviera a repetirse algo así.
Sería necesario un rápido abaratamiento de las energías limpias y una inversión poderosa en investigación destinada al descubrimiento de otras nuevas, más rentables, cercanas y menos arriesgadas que la nuclear y menos involucradas en los vaivenes diarios de las bolsas, que dependen de ellas para sobrevivir, aupando y destrozando la paz de los estados.
Lo primero ahora, es exigir una explicación veraz al gobierno francés sobre el alcance real de este accidente, ocurrido a pocos kilómetros de la frontera catalana y que podría repercutir gravemente sobre la ya mancillada economía de nuestro país y en la salud de los habitantes de la zona más próxima al punto exacto del suceso.
Y después, debe ponerse todo el empeño en que todas las nucleares existentes en el territorio nacional sean cerradas a la mayor urgencia, cerradas, clausuradas, enterradas y cuanto fuera preciso para que jamás puedan dañar la vida de nuestro lugar en el planeta.

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