Ahora que el bipartidismo acaba de encontrar un punto de encuentro y las dos formaciones mayoritarias del país han decidido aunar fuerzas para conseguir obedecer a pies juntillas los mandatos del eje franco-alemán, parece haberse suavizado temporalmente el clima de crispación habitual existente entre ellos y los futuros ganadores de las próximas elecciones dicen que se ha hecho, lo que había que hacer, sin dejar de proclamar que la idea de reformar la constitución en este punto concreto, ya la apuntó hace meses Mariano Rajoy, aunque haya sido ahora el gobierno, quién la vaya a llevar a término.
Unos y otros, se apoyan en que las reformas son absolutamente necesarias si queremos conservar el estado de bienestar del que, según ellos, disfrutamos, pero la percepción del sufrido pueblo español sobre este tema, dista mucho de estar en la línea de estos políticos que dicen representarlo y desde luego, nada tiene que ver con la idea de la realidad virtual que se cuece en las altas esferas, dado el grado de desesperación al que hemos llegado y en vista del futuro que se nos viene encima, que se augura bastante negro y sin esperanzas.
Naturalmente, nuestra clase política está cómodamente instalada en un estatus social al que no ha tocado la crisis y sus privilegios no han sido mermados con ninguna de las disposiciones legales que se han venido aplicando en los últimos tiempos, pero la vida de los ciudadanos es una cosa bien distinta y la realidad diaria de la mayoría de los españoles, es inmensamente cruda de soportar, si se enumera la larga lista de desgracias que nos han venido sucediendo, desde que la avaricia de los banqueros puso a nuestro país al borde de la bancarrota.
No se entiende a qué estado de bienestar se refieren sus señorías. Una nación cuyo panorama laboral alcanza ya más de cuatro millones de desempleados, muchos de los cuales subsisten con ayudas irrisorias que les acercan al umbral de la más solemne pobreza, está más bien, en un estado de malestar permanente, pues malvive en una espiral de carencias insalvables, que lo aproximan permanentemente a una agónica situación personal y familiar, sin que exista en el horizonte ninguna esperanza para ellos.
Un cuarenta por ciento de nuestros jóvenes aguardan en las casas paternas encontrar algún tipo de empleo. Otros han visto venirse abajo sus proyectos de futuro y han perdido las viviendas, cuyas hipotecas les ofreció la banca en los años del ladrillo, teniendo aún que liquidar el resto de la deuda, a pesar de haber sido desahuciados de sus hogares, que han pasado a formar parte de las nuevas agencias inmobiliarias creadas ahora en las oficinas bancarias, que hasta hace poco animaban a todo el mundo a comprar suelo.
Los sueldos han sido rebajados, las pensiones congeladas, los impuestos y las facturas de artículos de primera necesidad como la luz, el agua o la gasolina, incrementados y las prestaciones sociales ganadas a pulso por los trabajadores en años de lucha y sacrificio, mermadas o aniquiladas por la tiránica exigencia de la pérfida Europa, que se ceba con nosotros sin piedad, para goce y beneficio de estados más grandes como Francia y Alemania.
Que quede claro a sus señorías, que este pueblo no disfruta para nada de ningún estado de bienestar. Cualquier posibilidad mínima que tuviéramos de poder hacerlo, se ha marchado por las alcantarillas con toda la suciedad oculta de las tramas de corrupción protagonizada por los militantes de los partidos, que se enriquecieron con las malas artes aplicadas en las instituciones a las que les llevamos con nuestros votos y que han dejado las arcas comunes en una situación desesperada de la que esperan ahora salir, otra vez, con nuestro sacrificio y sin renunciar a ninguna de las prebendas que se han adjudicado a sí mismos por decreto.
Lo nuestro es, a todas luces, un estado de malestar que finalmente, habrá de romper sonoramente por alguna parte y que ya habría roto hace tiempo, de no ser por el miedo con que nos atenazan a diario los políticos desde los medios de comunicación, como si el trabajo fuera un regalo paternal que ellos nos ofrecieran y no un derecho fundamental que asiste al ser humano y sin el cuál, quedaría inmediatamente parada la maquinaria del poder que detentan, a costa del sudor ajeno.
Los gestos publicitarios brindados a través de las cámaras y que hablan del sufrimiento de nuestros representantes a favor de la ciudadanía, son una gran mentira urdida ante la mirada atónita de los españoles y no debiera ser olvidada ni perdonada, cuando llegue el momento de acudir a las urnas para volver a otorgar nuestros votos.
Mientras un número considerable de trabajadores se ven obligados a malvivir con subsidios de cuatrocientos euros, muchos diputados estatales, autonómicos y europeos, disfrutan de hasta tres y cuatro empleos, como en el caso de Cospedal, y se niegan incluso a renunciar a viajar en clase VIP en sus desplazamientos, estableciendo una brecha insalvable entre sus propias historias y las de aquellos, en cuyo nombre dicen hablar.
El otoño ha de presentarse necesariamente caliente y no porque lo digan los subvencionados sindicatos, que tampoco desean perder la comodidad que disfrutan, sino porque las personas que poblamos este país estamos al borde de la agonía y nuestra indignación mayestática, habrá de ser canalizada hacia la consecución de un cambio real, que nada tenga que ver ni con el bipartidismo, ni con los nacionalismos, ni con ninguna de las caras conocidas de la política española actual, de tan nefasto recuerdo.
El errático estado del bienestar que en sus discursos nos atribuyen, probablemente queda reservado a los que en algún momento de su vida, tuvieron la lucidez de tomar la decisión de dedicarse a la política, la misma que causa estragos en el presente de la ciudadanía ignorada, masacrada y pisoteada desde las tribunas públicas en las que se mueve la única clase emergente del país. Para los demás, para nosotros, nada queda después del reparto de la riqueza que establecen las teorías neo capitalistas que nos gobiernan.
Unos y otros, se apoyan en que las reformas son absolutamente necesarias si queremos conservar el estado de bienestar del que, según ellos, disfrutamos, pero la percepción del sufrido pueblo español sobre este tema, dista mucho de estar en la línea de estos políticos que dicen representarlo y desde luego, nada tiene que ver con la idea de la realidad virtual que se cuece en las altas esferas, dado el grado de desesperación al que hemos llegado y en vista del futuro que se nos viene encima, que se augura bastante negro y sin esperanzas.
Naturalmente, nuestra clase política está cómodamente instalada en un estatus social al que no ha tocado la crisis y sus privilegios no han sido mermados con ninguna de las disposiciones legales que se han venido aplicando en los últimos tiempos, pero la vida de los ciudadanos es una cosa bien distinta y la realidad diaria de la mayoría de los españoles, es inmensamente cruda de soportar, si se enumera la larga lista de desgracias que nos han venido sucediendo, desde que la avaricia de los banqueros puso a nuestro país al borde de la bancarrota.
No se entiende a qué estado de bienestar se refieren sus señorías. Una nación cuyo panorama laboral alcanza ya más de cuatro millones de desempleados, muchos de los cuales subsisten con ayudas irrisorias que les acercan al umbral de la más solemne pobreza, está más bien, en un estado de malestar permanente, pues malvive en una espiral de carencias insalvables, que lo aproximan permanentemente a una agónica situación personal y familiar, sin que exista en el horizonte ninguna esperanza para ellos.
Un cuarenta por ciento de nuestros jóvenes aguardan en las casas paternas encontrar algún tipo de empleo. Otros han visto venirse abajo sus proyectos de futuro y han perdido las viviendas, cuyas hipotecas les ofreció la banca en los años del ladrillo, teniendo aún que liquidar el resto de la deuda, a pesar de haber sido desahuciados de sus hogares, que han pasado a formar parte de las nuevas agencias inmobiliarias creadas ahora en las oficinas bancarias, que hasta hace poco animaban a todo el mundo a comprar suelo.
Los sueldos han sido rebajados, las pensiones congeladas, los impuestos y las facturas de artículos de primera necesidad como la luz, el agua o la gasolina, incrementados y las prestaciones sociales ganadas a pulso por los trabajadores en años de lucha y sacrificio, mermadas o aniquiladas por la tiránica exigencia de la pérfida Europa, que se ceba con nosotros sin piedad, para goce y beneficio de estados más grandes como Francia y Alemania.
Que quede claro a sus señorías, que este pueblo no disfruta para nada de ningún estado de bienestar. Cualquier posibilidad mínima que tuviéramos de poder hacerlo, se ha marchado por las alcantarillas con toda la suciedad oculta de las tramas de corrupción protagonizada por los militantes de los partidos, que se enriquecieron con las malas artes aplicadas en las instituciones a las que les llevamos con nuestros votos y que han dejado las arcas comunes en una situación desesperada de la que esperan ahora salir, otra vez, con nuestro sacrificio y sin renunciar a ninguna de las prebendas que se han adjudicado a sí mismos por decreto.
Lo nuestro es, a todas luces, un estado de malestar que finalmente, habrá de romper sonoramente por alguna parte y que ya habría roto hace tiempo, de no ser por el miedo con que nos atenazan a diario los políticos desde los medios de comunicación, como si el trabajo fuera un regalo paternal que ellos nos ofrecieran y no un derecho fundamental que asiste al ser humano y sin el cuál, quedaría inmediatamente parada la maquinaria del poder que detentan, a costa del sudor ajeno.
Los gestos publicitarios brindados a través de las cámaras y que hablan del sufrimiento de nuestros representantes a favor de la ciudadanía, son una gran mentira urdida ante la mirada atónita de los españoles y no debiera ser olvidada ni perdonada, cuando llegue el momento de acudir a las urnas para volver a otorgar nuestros votos.
Mientras un número considerable de trabajadores se ven obligados a malvivir con subsidios de cuatrocientos euros, muchos diputados estatales, autonómicos y europeos, disfrutan de hasta tres y cuatro empleos, como en el caso de Cospedal, y se niegan incluso a renunciar a viajar en clase VIP en sus desplazamientos, estableciendo una brecha insalvable entre sus propias historias y las de aquellos, en cuyo nombre dicen hablar.
El otoño ha de presentarse necesariamente caliente y no porque lo digan los subvencionados sindicatos, que tampoco desean perder la comodidad que disfrutan, sino porque las personas que poblamos este país estamos al borde de la agonía y nuestra indignación mayestática, habrá de ser canalizada hacia la consecución de un cambio real, que nada tenga que ver ni con el bipartidismo, ni con los nacionalismos, ni con ninguna de las caras conocidas de la política española actual, de tan nefasto recuerdo.
El errático estado del bienestar que en sus discursos nos atribuyen, probablemente queda reservado a los que en algún momento de su vida, tuvieron la lucidez de tomar la decisión de dedicarse a la política, la misma que causa estragos en el presente de la ciudadanía ignorada, masacrada y pisoteada desde las tribunas públicas en las que se mueve la única clase emergente del país. Para los demás, para nosotros, nada queda después del reparto de la riqueza que establecen las teorías neo capitalistas que nos gobiernan.

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