martes, 6 de septiembre de 2011

El ejemplo del reino animal

Me emociona la incomparable belleza de unas imágenes, que muestran cómo una perra amamanta a una camada de cachorros de cerdo, en un acto de solidaridad irracional, con una especie distinta a la suya y sin que para ello sean necesarias mediaciones diplomáticas ni políticas, sólo el instinto de no abandonar a los más débiles.
Miro a la vez, las caras de los somalíes azotados por la terrible hambruna, desamparados en un mundo exclusivamente preocupado por las economías de mercado, que ignora la cercanía de la muerte para miles de personas, cuya suerte les hizo nacer lejos de la civilización y un progreso que ha terminado asesinado nuestras conciencias.
Me atenaza el corazón la desidia con que somos capaces de seguir con nuestra rutina, mientras ignoramos el drama de los que sufren y cómo el primer mundo se enzarza en discusiones sobre macroeconomía, aún sabiendo que bastaría con las migajas sobrantes de cualquier operación comercial de envergadura, para paliar las carencias de los hijos de la miseria y la desolación, que no tienen otra esperanza que la muerte.
Mientras nuestros jefes de Estado miran con auténtica preocupación los niveles de riesgo que sacuden las arcas de los territorios que gobiernan, la agónica llamada de Somalia, presa de la pobreza, la guerra, la desolación y el abandono, es desoída una y otra vez, con la desfachatez de pretender que el problema no existe y mostrando una dureza de sentimientos, impropia de quienes presumimos de humanidad, sin poseer ni una sola de las cualidades que diferencian a nuestra especie.
Es mucho más humana la perra que impide la muerte de los cachorros de cerdo que nosotros, pues se compadece de la orfandad de los pequeños y les ofrece alimento y cobijo, paliando el abandono que padecen, como si de una persona se tratara.
Al mismo tiempo, nosotros aún somos capaces de sentarnos ante la mesa de la abundancia y degustar manjares exquisitos mientras vemos en la pantalla de la televisión esqueléticos niños devorados por las moscas, con la mirada perdida en el horizonte de la desesperanza y hasta podemos herir mientras hablamos de cualquiera de las nimiedades que nos suceden, como si realmente tuvieran alguna importancia.
No se comprende que situaciones como éstas, no supongan una prioridad en los asuntos del mundo en que vivimos, ni que los que alardean de convicciones religiosas profundas no se personen inmediatamente en los lugares de la desolación ofreciendo los bienes que poseen para un remedio inmediato de las desgracias de los que nada tienen. Ni que los capitalistas sigan socorriendo las veleidades de la Banca mundial, que no deja de ser un ente abstracto sin corazón ni tripas que les suenen, llenándose la boca de alusiones a los mismos derechos humanos que pisotean en cada uno de los rostros del hambre a los que no auxilian con el inmenso poder que detentan.
Pero la soledad suele ser siempre la única compañía de la pobreza y la experiencia enseña a menudo, que la desgracia se ceba inexplicablemente con los inocentes, mientras la suerte suele favorecer a quienes ni siquiera merecen por sus actos el calificativo de hombres.
Basta una mirada a lo que sucede en la naturaleza, para comprender que haríamos bien en seguir el ejemplo que nos muestran con sus acciones instintivas los animales, pues de nada nos sirve ser racionales, si con nuestra manera de comportarnos nos acercamos peligrosamente a las bestias, en lugar de sentir orgullo de nuestra humanidad y practicarla.

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