Se marcha Zapatero con el regusto amargo de no haber cumplido con las perspectivas que de él se esperaban, por parte de la ciudadanía, y dejando al partido que representa en la peor situación electoral conocida, desde que Felipe Gonzalez irrumpió en el panorama político español, arrasando con su magnifico verbo, en el recién estrenado parlamento democrático, en 1977.
Ya se había retirado, de facto, de todos los eventos significativos del país, forzado al ostracismo por la mala imagen adquirida en los últimos tiempos de su mandato, en un intento desesperado por salvar los pocos enseres que quedan en el barco que ha pilotado hasta ahora, y con el beneplácito de todos y cada uno de sus oponentes, deseosos de abordar la nueva carrera electoral que culminará en los comicios del 20 de Noviembre.
Se lo ha puesto difícil al sucesor, con sus veleidades incomprensibles y sus reformas lesivas para la clase trabajadora, haciendo que cualquier esfuerzo que se quiera emprender sea ya prácticamente inútil y colocando a los conservadores del partido popular en la situación más ventajosa vivida en toda su lucha por un poder, que probablemente obtendrán ahora sin el menor esfuerzo.
Carece de argumentos que puedan producir un vuelco electoral imprevisto, pues los más de cuatro millones de desempleados que avalan su gestión de la crisis, son una verdad incontestable que hará que se le recuerde como el peor presidente de la historia y su falta de autonomía ante los mandatos de la clase capitalista pesarán siempre como una losa en la conciencia de los indignados ciudadanos, que tardarán años en olvidar de parte de quién les vino tener que lidiar con un presente irrespirable, para poder sobrevivir a su propia decepción, sin perspectivas de futuro.
Cierra con su marcha deseada por todos, una legislatura truculenta en la que los sobresaltos diarios se han terminado convirtiendo en una rutina para una población que ha visto descender sus posibilidades hasta los infiernos y aumentar su decepción con la clase política, a la que ya considera como un ente lejano, dedicado en exclusiva a un ejercicio de corrupción permanente y despreocupado en su totalidad, de la resolución de los conflictos colectivos, que por su oficio, les tocaría defender.
Dice que sentirá nostalgia, sin aclarar si será de los años de bonanza personal que ahora deja, o de los buenos contactos establecidos con sus amistades peligrosas de más allá de nuestras fronteras, pero es un hecho tristemente consumado que los españoles deseaban su partída fervientemente y que nadie deseará, como sucediera en otras ocasiones, su vuelta, ni siquiera como asesor, en uno de esos comités que suelen crearse alrededor de cada nuevo presidente.
No se da cuenta de hasta qué punto ha puesto en entredicho la ideología de sus correligionarios, haciendo caer uno a uno los principios del socialismo, mientras se acercaba cada vez más a los enemigos naturales de sus creencias y condenando al abandono a quienes creyeron en él, con ilusión, en aquellas elecciones de 2004, tras los atentados de Madrid.
No es que haya decepcionado a sus electores, los ha defraudado, pisoteado, exprimido y vejado hasta la saciedad, para regocijo de una sádica Europa, empeñada en dirigir los destinos individuales de las naciones, hacia un nuevo modelo de sociedad, más cercana a los mercados de valores, que a los valores de las personas.
Nos deja a todos mucho más pobres de lo que nos encontró, luchando denodadamente por encontrar un empleo precario con el que poder liquidar la lujosa hipoteca que se nos vendió, cuando nos alimentaban la ilusión de que podíamos ser ricos y con la amenaza diaria de perder ciertos derechos adquiridos, como una sanidad universal o una enseñanza gratuita.
Y sobre todo deja en nosotros la desolación inconsolable de no saber a quién otorgar la confianza que nos ha sido escamoteada concienzudamente, con cada una de las medidas adoptadas en nuestro perjuicio durante su mandato de terror, al servicio de los intereses de los poderosos.
Así que no podemos, en conciencia, desearle lo mejor. Podríamos, eso sí, querer para él, el mismo destino incierto que disfrutamos ahora, gracias a su gestión, todos los españoles y que, dada su edad, no vuelva a encontrar trabajo en su vida, como miles de padres y madres de familia, obligados a malvivir con su subsidio de hambre y toda la indignidad que les ha traído su nefasta visión de los acontecimientos.

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