miércoles, 28 de septiembre de 2011

Vivir sin el euro

Los innumerables sacrificios exigidos a la población europea, como resultado de la crisis mundial que se nos vino encima tras la quiebra de cierta banca estadounidense, han ido en todo momento encaminados a sacar adelante la moneda más fuerte de nuestro continente y se han llevado consigo la dignidad de varias naciones, amenazando aún la estabilidad de otras muchas, si las medidas impuestas tiránicamente por los respectivos gobiernos, no fueran suficientes.
La bancarrota institucional de Grecia, como primera víctima de la insaciable voracidad de los grandes manipuladores de la economía, podría llegar a ser un problema sin solución y convertirla en el país pionero en apearse del euro, como última tentativa de supervivencia, ante su propia imposibilidad de seguir formando parte de una Unión Europea de vuelos demasiado altos.
Algunas voces ya han apuntado al abandono de la idea de la moneda única como vía de escape ante las nefastas consecuencias que vivimos los menos poderosos, pero nadie se atreve realmente a dar el primer paso en renunciar a lo que en su momento fue un sueño de grandeza, que se pensó abriría todas las puertas a un continente en expansión y que al final está resultando ser la clave de todos sus fracasos.
Si cuando se abandonaron las correspondientes monedas se hubiera apuntado más bajo al establecer el precio de los euros, probablemente el nivel de endeudamiento adquirido desde entonces no hubiera tocado techo de manera tan escandalosa y el poder adquisitivo de los ciudadanos quizá sería aún medianamente razonable, a pesar de las notorias pérdidas sufridas a causa de la crisis.
En nuestro caso, por ejemplo, se estableció un cambio claramente desfavorable para la sociedad colocando el precio del euro en 166 pesetas, en lugar de establecerlo en 100, como hubiera sido prudente, provocando subidas en los productos de un 66%, de un día para otro, encareciendo las materias primas en el mercado interior de forma casi insoportable.
No se conoce el caso de ni un solo español que no añore los tiempos de la peseta y si en una de esas encuestas que circulan por el país, fueran preguntados a cerca de este tema, probablemente más de un 90% de los consultados, estarían dispuestos a volver a la antigua moneda y por supuesto, a los precios establecidos en el momento en que dejó de existir.
¿Y qué ocurre si hay que abandonar el euro? Tratándose de una acción colectiva, tampoco sería tan grave tener que volver a entendernos efectuando cambios monetarios en las transacciones comerciales y no se acaba de entender las razones de los grandes expertos para contemplarlo como un desastre calamitoso, a no ser que se oculten tras la opinión motivos escabrosos.
De igual modo que se montó el proceso para la llegada del euro y se anduvieron caminos para la reunificación de los caudales hasta conseguir exactamente lo que ahora tenemos, podría desandarse lo andado y aceptar más pronto que tarde el estrepitoso fracaso que la idea ha traído a nuestras vidas, que se han convertido en un sobresalto permanente y en muchos casos, en una pesadilla ineludible.
Los sueños de superar la fortaleza del dólar americano, alimentados por las ínfulas faraónicas de la canciller alemana y todos los partidos conservadores de Europa, han terminado por esquilmar las arcas de los estados, denigrar a los ciudadanos, terminar con derechos adquiridos durante siglos por los trabajadores y hacer cambiar las ideologías hacia un modelo de sociedad basada únicamente en una economía de mercado de imprevisibles consecuencias.
Se puede vivir sin el euro. Ya lo hacíamos antes y podemos volver a hacerlo, porque a pesar de que los líderes que nos gobiernan parecen haberlo olvidado, los países los forman las sociedades que los habitan y no los altibajos de las bolsas, ni los tipos de dinero puestos en circulación.
Si la desaparición del euro pudiera representar una posibilidad para una salida airosa de esta crisis eterna, cualquier pérdida de tiempo en iniciar el proceso de su retirada, tendría que ser considerada una traición para cada uno de nosotros.



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