lunes, 26 de septiembre de 2011

El príncipe azul era memo




El peor momento en la vida de una mujer moderna es aquel en el que descubre que el joven audaz, inteligente y rápido de reflejos del que se enamoró, es en realidad, el mayor inútil de todos los habitantes del planeta tierra y que todas sus virtudes intelectuales están puestas al servicio exclusivo de aquellas funciones que verdaderamente le interesan.
Todo va bien mientras las relaciones se reducen a pasar algún tiempo enfrascados en la fase del cortejo, en la que todo adquiere un maravilloso color rosa, aderezado por los periodos de ardorosa pasión, que suelen venir acompañados de promesas de amor eterno y ramalazos de sensibilidad casi “femenina”, que encandilarían al ogro más feroz, provocándole una imagen idílica del príncipe azul que han tenido la suerte de encontrar, pero el espejismo no tardará sin duda en desaparecer, en el mismo instante en que se traspasan las puertas del hogar común y la vida cotidiana da síntomas de que el desorden que genera la convivencia, empieza a necesitar un repaso.
El primer aviso de la idiotez repentina que los asalta es el de una ceguera patológica para observar cualquiera de las manifestaciones de suciedad doméstica, evidentes para las personas que no desee pasar la vida en una pocilga moderna y sean conscientes de la urgente e ingrata necesidad de ponerse en marcha para remediarlo.
Sin embargo, toda la inteligencia que nos enamoró en el momento en que les conocimos, queda reducida a la nada, en cuanto se les habla de poner a funcionar cualquiera de los electrodomésticos que nos hacen la vida más fácil, tratando de establecer un turno de trabajo, para mantener cierto orden lógico, cuando se regresa del destino laboral que se tuviere, al dulce hogar que ambos habitan, ya sin demasiada armonía.
De pronto, regresan a una etapa de parvulario en la que necesitan que se les repitan hasta la saciedad sus obligaciones domésticas, sufriendo de una amnesia generalizada bastante inexplicable en la triste rutina de los trabajos de casa, adoptando una actitud infantil, con alguna que otra pataleta incluida, que nos lleva a tener que asumir el papel de madre severa, del que tanto despotricamos en nuestros años de adolescencia.
De nada vale condescender cayendo en la tentación de pensar que hay posibilidades de una negociación pacífica, que dé como resultado un entente cordial entre las partes, porque para cuando se trata de iniciar el proceso, la responsabilidad adquirida desde siempre por las féminas, ya ha dejado la casa como los chorros del oro, mientras ellos están aún empezando a digerir una situación en la que se sienten gravemente perjudicados, en cuánto a sus milenarios privilegios.
Derrotados en el sofá, suelen mirarte con ojos de cordero degollado rogándote indulgencia o bien buscan rápidamente una solución infalible para el problema, proponiendo la contratación inmediata de una empleada de hogar que les libre de tan insoportable maleficio.
Mientras, apuran la última camisa del armario sin acercarse a la peligrosa lavadora, abandonan media docena de latas vacías de cerveza en la encimera de la cocina, enrollan con la mayor habilidad la ropa interior usada, guardan celosamente las zapatillas bajo el sillón de la sala y son capaces de dormir en las mismas sábanas un par de meses, sin advertir el olor a sudor de la almohada en la que recuestan la cabeza, ni la acumulación de pelos en el lavabo, tras dos o tres semanas sin pasar una triste bayeta.
Los cristales, la plancha, el polvo de los muebles y por supuesto la cocina, son elementos inexistentes borrados de la realidad, con una especie de extraño mecanismo mental elaborado artesanalmente, en uno de los muchos ratos de ocio que disfrutan mientras tú pasas un aspirador cuyo ruído, ni siquiera les molesta.
La encrucijada llega cuando empiezas a preguntarte cómo no fuiste capaz de darte cuenta de la patente idiotez que sufría en cuanto empezasteis a conoceros y sobre todo, cómo soportas tu absurda esclavitud ,al servicio de un memo sin ánimo de llegar a aprender ninguna de estas banalidades, pero super preparado en materias profesionales que dejarían boquiabierto a cualquier mortal de mediana inteligencia que quisiera aproximarse a ellas.
Nada peor que asumir el conformismo disparatado de pensar que las cosas no tienen arreglo, porque el deseo de hegemonía latente en cada varón desde la cuna, se pone en movimiento provocando un efecto diametralmente opuesto al deseado y entonces, además de no colaborar, sale a la luz el derecho a exigir categóricamente aquel orden natural de las cosas que nunca dieron síntomas de comprender, en su extraña manera de aplicar la igualdad entre los sexos.
Ante la inexistencia en el mercado de manuales explicativos para esta desastrosa experiencia, a la mujer sólo le queda la opción de armarse de paciencia y echar mano de sus habilidades pedagógicas para, a través de una psicología elemental y siempre después de su jornada laboral, ir instruyendo al inútil hasta colocarlo a un nivel aceptable, para poder mantener la convivencia que un día decidió iniciar a su lado.
Claro que todo se vuelve a desmoronar en cuanto la televisión da un partido de fútbol de cierto interés, que coincide con el horario planificado para la limpieza de los baños, pongo por caso. Las prioridades en estos asuntos, están perfectamente claras, e incluso no cuesta nada poner en la mesa todo lo necesario con anticipación, no olvidando, como suele ocurrir cada día, ni uno solo de los utensilios ni viandas necesarias.
Y todo se complica mucho más, en cuanto aparecen los hijos, pero para entonces, ya nadie cree en la existencia de los príncipes azules y las princesas rosa se ponen negras, sin excepción, con la idea de tener que añadir una nueva tarea ineludible a la vida multifuncional a la que llegaron totalmente engañadas cuando las atrapó el hechizo del enamoramiento.



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