jueves, 31 de marzo de 2011

Comienza el espectáculo

Preparados en la recta de salida, perfectamente alineados y acicalados con sus mejores galas, nuestros políticos esperan el pistoletazo para empezar la campaña electoral que les traerá el premio de ocupar las alcaldías de los pueblos y ciudades de nuestro país y alguna que otra presidencia autonómica, nada desdeñable para quienes tienen realmente hambre de poder. Han debido esmerarse en preparar esta anticipación de las nacionales, porque de los resultados obtenidos en este ensayo general en el que el pastel se distribuye a trozos pequeños, podría depender la creación del futuro que gobierne nuestro porvenir, si es que nos queda alguno cuando se vaya aproximando el momento, sin que hayamos superado la crisis. Ahora es el momento de colgarse medallas, de afear la conducta del oponente con cuantos pecados hayamos podido encontrar en su currículo y de poner caras sonrientes al futuro elector, que no es otro, que el ciudadano de a pie y que se encuentra, por cierto, más cabreado que un mono con las noticias que le llegan a diario sobre el comportamiento de los que aspiran a ser sus representantes, a costa de lo que sea. Vale en este periodo, cualquier subterfugio capaz de idiotizar al dueño de un voto hasta el punto de convencerle de la buena voluntad del candidato, que naturalmente, será capaz de jurar por su propia madre su honradez, aunque se halle encausado por corrupción en cualquiera de los muchos procesos judiciales abiertos en cualquiera de los juzgados de nuestro vasto territorio. Si el votante es joven, se le promete un puesto de trabajo, un piso de protección oficial y cualquier ayuda de estudios de esas que luego pueden anularse por falta de presupuesto. Si es viejo, se orienta el tema hacia el aumento de las pensiones, la reducción de las listas de espera en la seguridad social o hacia un aumento de las ayudas sociales que puedan hacerle más llevaderos los tristes años de la vejez con viajes baratos o billetes de autobús gratuitos. Si es mujer, ahora se lleva mucho recurrir a la igualdad de los sexos, a nuevas medidas que controlen un poco la terrible plaga de maltratadotes domésticos y hablar de conciliación entre la vida laboral y familiar, en un intento de captar la atención de las féminas, siempre tan preocupadas por estos temas que realmente, nadie se afana en resolver jamás. Punto y a parte es captar la atención de los que se encuentran en ese arco de edad intermedia que sufre en sus carnes toda la crudeza de esta crisis eterna, porque sería demasiado pretencioso hacer ostentación de poder resolverla en dos días, aunque todo se intentará, no me cabe la menor duda. Para ello, basta con adquirir el aspecto propio de una arrabalera sobre las tarimas de los mítines, gritar mas que el vecino, sacar a relucir los garrafales errores que efectivamente se han cometido en los últimos tiempos, tirar del manido tema del terrorismo y procurar que las acusaciones vertidas por el orador de turno, salpiquen al contrario de una buena dosis de porquería, difícil de lavar en sólo unas sesiones de contra ataque, que a veces, han de ser preparadas sobre la marcha. Sin embargo, algo debe fallar en este espectáculo circense perfectamente orquestado, porque al ser el hombre por naturaleza dado a la equivocación reiterativa, jamás se oye en ellos a nadie reconocer sus faltas ni se adivina propósito de enmienda que pueda remediar los desmanes de quien erró. De aquí, nadie se marcha por voluntad propia. Ha de ser a través de sentencias judiciales o culpas escandalosamente manifiestas, para que alguno se decida a dejar el poder. Y si se ve obligado a hacerlo, seguro que intentará con esmero mover desde las sombras los hilos necesarios para no dejar de medrar en este mundillo que debe ser adictivo, como la peor de las drogas en circulación, aunque no se prohíba su consumo, ni nadie hable de los efectos nocivos que tiene sobre nuestra ya maltrecha salud psicológica.

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