domingo, 20 de marzo de 2011

Estado de guerra

Por mucho que los políticos traten de suavizar los términos con los que se dirigen a los interlocutores de sus diferentes países, las, actualmente, llamadas intervenciones militares, son, a todas luces, guerras puras y duras, encubiertas.
Decíamos ayer, que han tardado demasiado en decidirse a tomar cartas en el asunto de Libia y tolerado con laxitud extrema la matanza de civiles llevada a cabo por los adeptos y contratados de Gadafi, parece que sin intentar siquiera, por medios exclusivamente diplomáticos, hallar una solución tajante que terminara con el sacrificio de las incontables víctimas que ha producido esta revolución de los humildes.
Ahora, de prisa y corriendo, Francia se apresta a bombardear Bengasi y el resto de los llamados aliados, concentran sus tropas en Italia, a la espera de poder sumarse, si Gadafi no rectifica su postura, a un ataque que le persuada de su empecinada actitud de quedarse al frente de una nación, que ha manifestado con toda claridad su deseo de deshacerse del yugo de su tiránico mando.
Esto de las guerras a distancia, sin que tu territorio sea siquiera rozado por el terror y la catástrofe de la destrucción, se está convirtiendo en una forma bélica que dista mucho de una confrontación a la antigua, con bajas y desolación en ambos bandos, ganaran o perdiesen la última batalla del conflicto en cuestión.
Es de suponer, que el apoyo prestado por occidente a los opositores, que soportaban una situación agónica en su heroica resistencia, habrá supuesto un suspiro de alivio y una nueva esperanza de cambio en el sinuoso camino de este pueblo hacia la consecución de una paz igualitaria para todos, que mejore sus condiciones vitales y sus inexistentes libertades de expresión y pensamiento.
Pero, aunque la balanza acabe inclinándose del lado de los justos, si el dictador no se aviene a entrar en razón y dispone del suficiente montante económico para mantener los enfrentamientos, el precio a pagar será elevado y las consecuencias de la guerra, como siempre, diezmará los recursos de los débiles hasta dejarlos a merced de las migajas que les quiera repartir quien, en un momento dado, le prestó socorro.
Nadie habla de qué exigirá occidente a cambio de su auxilio, aunque tratándose de un territorio petrolífero, resulta fácil sacar conclusiones del camino que seguirán si es que consiguen una clara victoria sobre la anterior tiranía.
Debe tener muy claro el pueblo libio, que la globalización capitalista en que nos movemos, no regala nada gratuitamente y que pasa facturas con elevadísimos intereses a quienes solicitan su apoyo. Y además, la tendencia al proteccionismo que caracteriza al principal promotor de esta alianza, léase, los Estados Unidos de América, suele acabar con un afán desmedido de dominación encubierta, que coloca a políticos- marioneta al frente de las naciones, a los que poder manipular a su antojo, para obtener sin traba alguna, los objetivos previstos.
De momento, nos vemos envueltos en una guerra, siendo, como somos, de natural pacifistas y aún tenemos que estar agradecidos porque, finalmente, alguien haya decidido tomar cartas en un asunto que se acercaba cada vez más a un genocidio, de los que hacen historia. Nadie nos aclarará nunca, si había otra manera de solucionarlo. Es lo que tiene ser gente corriente.


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