martes, 22 de marzo de 2011

El corazón partido

Personalmente, la guerra contra Libia me produce una extraña división de sentimientos. Por una parte, el grito desesperado de los valientes levantados en armas contra el tirano, consigue sacar de mí oscuros pensamientos de venganza, similares a los que podrían tener las familias que han sufrido en sus carnes, delitos con resultado de muerte. Pero por otra, mi declarado pacifismo me hace detestar cualquier acción armada, de la índole que sea y me causa un terrible dilema del que no sé muy bien cómo salir.
No soy docta en cuestiones de diplomacia y tampoco estoy segura de que se hayan agotado todas las vías posibles antes de pasar al ataque, aunque quizá debieron intentarse con mayor esmero, sin tener que llegar al punto en el que ahora nos encontramos, es decir, envueltos hasta la médula en un episodio bélico de incalculables consecuencias.
Sin embargo, no tengo una idea clara de qué otra cosa podría haberse hecho, porque mantener más conversaciones hubiera acarreado una dilatación en el tiempo, factor de vital importancia para los resistentes masacrados por los abusos de Gadafi.
Hay opiniones para todos los gustos. En la comparecencia del Presidente en el Congreso, todos los grupos, menos dos, se han adherido a la decisión adoptada junto a las Naciones Unidas. En la calle, la gente va desde los vítores a los abucheos, según con quién se hable y los libios parecen agradecer como si de agua de Mayo se tratara, la ayuda que se les presta en esta guerra que el dictador ha augurado como larga y cruenta.
Si se pudiera estar seguro de que este socorro es altruista, se podría asumir, con gran sentimiento, que a veces no queda otro camino más que el de las armas para la resolución de los conflictos. Pero la realidad es que la intervención será, con toda probabilidad, interesada y que el precio a pagar por ella está aún por establecer, aunque de seguro satisfará plenamente al tiránico capitalismo que nos gobierna, en forma de combustible barato.
Aunque tampoco se puede, en conciencia, abandonar a los débiles a su suerte mirando desde lejos como sucumben en una tragedia sin límites y aunque los métodos nos repugnen, por lo que tienen que ver con los intereses económicos, es obligación de la gente de bien tratar de remediar este genocidio salvaje.
Puede que de la duda saquemos al fin alguna conclusión que nos tranquilice el espíritu, pero de momento, reconozco que me supera la dificultad del problema y que me faltan datos para inclinarme totalmente en uno u otro sentido, sin que me agobien ciertos remordimientos.

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