Tocados por una más que probable contaminación nuclear y habiendo perdido hasta ahora, a treinta mil personas por los efectos del terremoto y el tsunami sufridos, el pueblo nipón asombra al resto del mundo por su capacidad para asumir la tragedia, sin abandonar en ningún momento la compostura, a pesar de que sus tragedias personales traspasan, en mucho, los límites de la comprensión humana en situaciones como éstas. Como resignados a la crueldad de un destino que acaba de cebarse con ellos, arrasando poblaciones enteras de su territorio y contaminando con terribles efectos de consecuencias imprevisibles productos básicos para su alimentación y desarrollo, caminan por los senderos del horror haciendo gala de una entereza envidiable que en cierto modo, suaviza la magnitud de lo acaecido dando al exterior una imagen de que todo se halla bajo control, a pesar de estar conviviendo con el desastre. Hombres, mujeres y niños de todas las edades, conviven ordenadamente en improvisados campamentos, guardan colas para obtener agua, para hablar por teléfono, en los supermercados o en las gasolineras como si hubieran vivido siempre bajo un régimen de racionamiento que nada tiene que ver con las comodidades que disfrutaban hasta hace unos días, como potencia económica mundial que son y sin que se les note cansados o deprimidos. Sólo ponerse en su lugar despierta en cualquiera de nosotros un sentimiento de tristeza e imaginar su desesperación interna, que no muestran abiertamente a los ojos ajenos, desestabiliza la idea que teníamos de cómo comportarse en estos casos y nos obliga a una admiración enorme, a la vez que a un asombro del que no se consigue escapar. Estamos asistiendo a situaciones que rozan los límites establecidos sin que se produzcan hecatombes emocionales y esas imágenes que nos llegan desde diversos lugares del mundo, que nada tienen que ver unos con otros ni en cultura ni en educación, no hacen otra cosa que demostrarnos que ciertos valores del hombre permanecen inalterables, a pesar del paso de los siglos y de la reiterativa actitud de sus congéneres por hacerlos desaparecer. Son piedras preciosas que surgen en un mar de tinieblas, que iluminan el camino a seguir, orientando los pasos de los que nos hallamos perdidos con su colosal actitud de infinita paciencia. Y mientras en otras latitudes, otros personas libran batallas cruentas por conseguir un mínimo de dignidad y se debaten entre el sueño de llegar a conseguirlo y los rigores de un combate cuerpo a cuerpo con sus propios conciudadanos, esas multitudes silenciosas que acaban de cambiar la riqueza por la nada, permanecen a la espera de saber si su devenir se verá o no truncado por el azar que les colocó un día aciago en manos de una fatalidad ineludible. No debemos dejar pasar la ocasión de admirar el temple con que se enfrentan al futuro ni ignorar su desgracia ante la ausencia de signos externos que demuestren su verdadero sufrimiento. A la espera de que su situación mejore, debemos estar dispuestos a colaborar con este pueblo que nos demuestra a diario que hasta en la más cruel de las supervivencias, se puede conservar la dignidad, ser solidario con los otros y administrar la libertad sin traspasar los límites que marca la línea en que empieza la de nuestros semejantes.
martes, 29 de marzo de 2011
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