Con el cariz que están tomando los asuntos de Libia, hay, necesariamente, que hacer referencia a ellos a diario, aún a riesgo de hastiar a los lectores con acontecimientos que, de haber sucedido de otro modo, podrían perfectamente pasar por una de las muchas guerras civiles que se producen en nuestro mundo, sin que se les conceda, en los medios, la menor importancia informativa.
Pero los precedentes sentados por Túnez y Egipto, que han supuesto las primeras revueltas de países árabes en la reivindicación de sus derechos fundamentales, confieren al tema perspectivas históricas inauditas, que sin duda, merecen una página aparte, hasta el punto de poder cambiar el curso de la humanidad.
No es nada nuevo, la represión que los tiranos son capaces de ejercer contra sus pueblos, Nosotros mismos, hemos tenido cuarenta largos años para comprobarlo y de ahí, tal vez, nuestra empatía con el pueblo libio, al que comprendemos en profundidad, aunque, afortunadamente, todo lo que ellos ahora sufren, se haya convertido aquí, únicamente en un mal recuerdo de otra época.
Claro que hay en nuestro propio territorio problemas graves de los que preocuparse, pero comparados con la magnitud de los sucesos que protagonizan Gadafi y sus secuaces, son agua de borrajas, aunque, en nuestro lógico egoísmo individualista, consideremos lo que nos atañe personalmente, como lo más importante de nuestras vidas.
Hoy nos hemos enterado que ETA tenía previsto el asesinato de Patxi López, utilizando un franco tirador que lo abatiera en uno de los actos públicos a los que asiste. No sabemos si pensaban hacerlo antes o después de que quede resuelta la solicitud de legalización de Sortu, pero cuando se trata de muertes, poco importan en realidad, minucias administrativas como estas.
En el fondo, aquí y en Libia, igual que en el resto del mundo, el respeto a la integridad física de los individuos es prioritario y como tal debe entenderse, antes de adoptar decisiones que acaben en resultado de muerte. No importa si los caídos tienen nombre conocido, o son seres anónimos sin derecho a una tumba dónde reposar, tirados en las calles sin asfaltar de cualquier nación menos favorecida que la nuestra. No importa su filiación política o religiosa, ni tampoco su edad o su sexo, ni su aceptación del riesgo cuando asumen un cargo o, simplemente, alzan su voz contra la injusticia social que les rodea.
Unos y otros forman parte de una humanidad que, desgraciadamente, incluso ha dejado de conmoverse ante los horrores que les son servidos en bandeja de plata, por las pantallas de las televisiones, con una normalidad que hiela la sangre, sólo de pensarla.
Nos hemos acostumbrado a vivir contemplando en directo la muerte. Su imagen se cuela en nuestras casas a la hora de la comida, mientras hablamos, sin inmutarnos, de cómo nos ha ido el día o de los proyectos de fin de semana, sin detenernos a pensar que lo que ocurre ante nuestros ojos, si el azar fuera otro, podría estar pasando en la esquina de nuestra calle y ser nosotros quienes se desplomaran inertes ante las balas de cualquier enemigo.
Es esta irreverencia la que obliga a la conciencia de quien escribe, a incidir una y otra vez sobre la obligación de asumir que también estas historias son las nuestras y hacer una llamada de atención, para que no olvidemos nuestra suerte y deseemos, para los que no la comparten, que también para ellos salga el sol que tenemos la dicha de contemplar desde la ventana, en lugar de los ríos de sangre que encharcan su entorno, sin que su pobreza sea capaz de mover a compasión el pétreo corazón del resto de sus hermanos de especie.
Pero los precedentes sentados por Túnez y Egipto, que han supuesto las primeras revueltas de países árabes en la reivindicación de sus derechos fundamentales, confieren al tema perspectivas históricas inauditas, que sin duda, merecen una página aparte, hasta el punto de poder cambiar el curso de la humanidad.
No es nada nuevo, la represión que los tiranos son capaces de ejercer contra sus pueblos, Nosotros mismos, hemos tenido cuarenta largos años para comprobarlo y de ahí, tal vez, nuestra empatía con el pueblo libio, al que comprendemos en profundidad, aunque, afortunadamente, todo lo que ellos ahora sufren, se haya convertido aquí, únicamente en un mal recuerdo de otra época.
Claro que hay en nuestro propio territorio problemas graves de los que preocuparse, pero comparados con la magnitud de los sucesos que protagonizan Gadafi y sus secuaces, son agua de borrajas, aunque, en nuestro lógico egoísmo individualista, consideremos lo que nos atañe personalmente, como lo más importante de nuestras vidas.
Hoy nos hemos enterado que ETA tenía previsto el asesinato de Patxi López, utilizando un franco tirador que lo abatiera en uno de los actos públicos a los que asiste. No sabemos si pensaban hacerlo antes o después de que quede resuelta la solicitud de legalización de Sortu, pero cuando se trata de muertes, poco importan en realidad, minucias administrativas como estas.
En el fondo, aquí y en Libia, igual que en el resto del mundo, el respeto a la integridad física de los individuos es prioritario y como tal debe entenderse, antes de adoptar decisiones que acaben en resultado de muerte. No importa si los caídos tienen nombre conocido, o son seres anónimos sin derecho a una tumba dónde reposar, tirados en las calles sin asfaltar de cualquier nación menos favorecida que la nuestra. No importa su filiación política o religiosa, ni tampoco su edad o su sexo, ni su aceptación del riesgo cuando asumen un cargo o, simplemente, alzan su voz contra la injusticia social que les rodea.
Unos y otros forman parte de una humanidad que, desgraciadamente, incluso ha dejado de conmoverse ante los horrores que les son servidos en bandeja de plata, por las pantallas de las televisiones, con una normalidad que hiela la sangre, sólo de pensarla.
Nos hemos acostumbrado a vivir contemplando en directo la muerte. Su imagen se cuela en nuestras casas a la hora de la comida, mientras hablamos, sin inmutarnos, de cómo nos ha ido el día o de los proyectos de fin de semana, sin detenernos a pensar que lo que ocurre ante nuestros ojos, si el azar fuera otro, podría estar pasando en la esquina de nuestra calle y ser nosotros quienes se desplomaran inertes ante las balas de cualquier enemigo.
Es esta irreverencia la que obliga a la conciencia de quien escribe, a incidir una y otra vez sobre la obligación de asumir que también estas historias son las nuestras y hacer una llamada de atención, para que no olvidemos nuestra suerte y deseemos, para los que no la comparten, que también para ellos salga el sol que tenemos la dicha de contemplar desde la ventana, en lugar de los ríos de sangre que encharcan su entorno, sin que su pobreza sea capaz de mover a compasión el pétreo corazón del resto de sus hermanos de especie.

No hay comentarios:
Publicar un comentario