Vienen las elecciones municipales urgiendo la terminación de las obras pendientes en las ciudades y pueblos del país, apretando las agendas de trabajo de los políticos, que van de inauguración en inauguración, con tal de dar por cerrado un ejercicio que a ser posible, no les apee de los sillones de mando que ocuparon en un periodo caracterizado por la crisis, el paro y los cambios categóricos de posiciones que defendieron a capa y espada, cuando aún había diferencias notables entre la izquierda y la derecha. Cree todo aquel que en su momento fue elegido como representante de una comunidad, por pequeña que sea, que el pueblo que le otorgó su confianza le dio a la vez su venia para hacer y deshacer con los dineros públicos, cuántos caprichos le vinieran en gana y es curiosa costumbre en nuestra época, observar el afán desmedido que corre por las venas de todo presidente, alcalde o concejal que se precie, por edificar obras de tamaño monumental que diferencie a su comunidad, provincia o pueblo de los demás, otorgando a su propia persona un lugar de reconocimiento en los anales que lleguen a escribirse en un futuro mas o menos inmediato. Se nutren, creo, del mismo espíritu que alimentaba las almas de los antiguos faraones de Egipto cuando acometían la construcción de sus mausoleos, con la idea de mostrarlos al mundo como exponentes de sus riquezas para asombrar a quién los viere, con una grandiosidad que en muchos casos, tapaba la podredumbre de su periodo de reinado, cambiando la ira acumulada por sus súbditos por la admiración por el arte que luego los colocaría en un privilegiado lugar de la historia, olvidando las antiguas penurias con que tuvieron que convivir quienes coincidieron con ellos en el tiempo. Si no fueran penosas, estas últimas carreras para cortar las cintas conmemorativas de la terminación de las obras, podrían considerarse un intento de hacer tragar al pueblo soberano la incomible mentira de una entrega absoluta al deber durante el mandato de estos corredores de fondo que van de flor en flor con la sonrisa puesta, orgullosos del legado que dejan en herencia a los que bajo su gobierno tienen la mala suerte de hallarse. El maravilloso paisaje de flamantes construcciones, alineadas a lo largo y ancho del territorio nacional, trata desesperadamente de borrar los múltiples episodios de corrupción que suele ocultar cada piedra de estas interminables obras de desmesurado y a veces inútil presupuesto. Puede que ellos lo intenten, pero las maravillosas fotografías en las que aparecen ,tijera en mano, en sus múltiples inauguraciones millonarias, no dejan de reflejar exactamente la imagen que recordaremos de ellos, a la hora de introducir el voto en la urna y que no es otra, que la de una pandilla de dudoso pelaje que no ha hecho otra cosa mas que orientar el gasto público hacia su propio beneficio en forma de trajes, falsas jubilaciones o llamadas a teléfonos eróticos, viajes exóticos y comidas suculentas. Son exactamente los mismos entrando en campaña electoral y por lo tanto, vendiendo descaradamente sus virtudes a manos llenas por los mercados, los mítines e incluso los asilos de ancianos a los que pagan el bocadillo para que vayan a ovacionarles mientras exponen esos programas que después nunca cumplirán. Se levanta el telón, comienza la función, el papel está estudiado hasta la última coma y es mucha en este caso la enjundia que los personajes intentarán vender al espectador. Ya han comenzado los insultos, las descalificaciones y hasta se intuyen los posibles ganadores de este espectáculo circense cargado de payasos tristes que ya a nadie hacen reír. Sinceramente, a los trabajadores, les importa un carajo si en su pueblo se inauguró una fuente, un carril bici, un aeropuerto en el que sólo aterriza un avión a la semana, una biblioteca municipal o un hospital escaso de equipo, cuya altura supera a todos los demás de la comarca. Al trabajador lo que verdaderamente le importa es eso, poder trabajar y llevar una vida digna, tristemente, al margen de toda esta parafernalia de despilfarro que montan sus gobernantes todos los días, para vergüenza de los que contemplan la escena sin tener la esperanza de encontrar un empleo con el que poder sobrevivir.
lunes, 28 de marzo de 2011
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