sábado, 19 de marzo de 2011

Tarde y mal

Con Gadafi en las puertas de Bengasi, la comunidad internacional se decide por fin a intervenir en Libia, cuando las pérdidas humanas son incalculables y el tirano sortea las dificultades acusándoles de injerencia y simulando un alto el fuego inexistente, que mantiene a los desheredados del país en un compás de espera insostenible, aguardando una ayuda que no llega.
La madrastra alemana se opone a la intervención, sin que sepamos las auténticas razones de fondo que la impulsan a ello, y los demás se entretienen en preparativos que dilatan la intervención, mientras la realidad del pueblo libio se desarrolla en un clima de guerra abierta, en una desigualdad abismal de condiciones.
La supremacía de Gadafi, tolerada por occidente hasta extremos que escapan a la razón de la gente honesta, le ha permitido atesorar tan enorme riqueza, que es una nimiedad el gasto que le ocasiona la contratación de mercenarios o la utilización de armamento de última generación en una cruzada de resistencia que masacra a su propio pueblo.
Habría que ver qué grado de implicación arrastra cada gobierno occidental en este despropósito y hasta qué punto están, realmente, concienciados con el problema que sacude la columna vertebral de los cimientos de esta nación. Para la mentalidad colonial-paternalista de los poderosos, lo normal es proteger al débil fomentando una invasión tácita de su territorio y una explotación total de los recursos naturales a favor de sus intereses globalizadores, que no mejora, en nada, la situación agónica de los que se levantaron contra la dictadura.
Ni siquiera consiguen unanimidad en la decisión y se pierden en votos y vetos, en sus multitudinarias asambleas, restado importancia al auténtico problema de fondo, como si los seres humanos no fueran otra cosa, que cifras que reflejar en una página que constata los fallecimientos.
No será fácil terminar con el problema, si es que la intervención llega a producirse y mucho nos tememos, que Libia pueda llegar a convertirse en un segundo Irak y el capital del dictador a invertirse en una nueva ola de atentados en los territorios de sus nuevos enemigos, dado el oscuro pasado terrorista que le acompaña.
Entretanto, Japón sigue luchando con abnegación contra el desastre nuclear de Fukushima, dando ejemplo al resto del mundo, de un civismo estremecedor que hiela la sangre de los que entendemos, desde el corazón, su enorme tragedia.
No se sabe bien hacia qué dirección dirigir la mirada, pero está claro que ambas situaciones precisan con urgencia, soluciones categóricas, a ser posible, con finales felices. A ver nuestros políticos son capaces, siquiera, de establecer prioridades a la hora de decidir qué hacer en cada caso. Pero no pensando en la economía, sino en los hombres.


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