Sé que a mis amigos Marta y Jóse, les encantará saber que Rouco Varela ha sido reelegido, de nuevo, como representante de la Iglesia Católica española, ya que los que tienen derecho a voto y veto, en esto de las labores celestiales del país, se empeñan, pertinazmente, en poner sus asuntos en las manos sin callos, de este curioso personaje, garante de los valores más retrógrados de la institución que representa y perejil de todas las salsas que se precien de cierto lustre, como demuestran sus enfervorizadas intervenciones en eventos reales y otras epopeyas análogas.
El cargo le viene como un guante para poder pasear por los foros de alcurnia sus modelitos de alta costura eclesiástica, arremeter con su voz aterciopelada contra los descreídos defensores del estado laico y convocar multitudinarias manifestaciones de familias numerosas, a ser posible encabezadas por miembros física o psíquicamente disminuidos de las mismas, donde reclamar junto a la derecha recalcitrante, en contra de las leyes del aborto, los matrimonios entre personas del mismo sexo, o a favor de las clases de religión impuestas en los colegios públicos, pagados con los impuestos de todos los españoles, sean o no, congéneres de la ideología religiosa que representa.
No pierde ocasión de hacer patria, en el sentido más conservador de la palabra, a favor de una doctrina que huele desde lejos a obsoleta, ni de cerrar parroquias implicadas en la regeneración de drogadictos, protección a la emigración o todo aquello que tenga que ver con la auténtica caridad cristiana, que dice defender, con argumentos vanos, como el de que los sacerdotes repartan la comunión vestidos con vaqueros, o que su vocabulario y aspecto físico se acerque más al de cualquier trabajador de barrio, que al de la pasarela mediática en que el mismo se mueve, con el consiguiente dispendio económico necesario, para tener un fondo de armario, como el que le permitió cambiarse ocho veces de atuendo, en la boda de los príncipes.
Será que los pobres no están a la altura de su eminencia, y que la jerga de los desheredados, no cuadra con la fina expresión y galanura con que se desenvuelve, en las altas esferas a las que pertenece. O será que es más proclive a recibir que a dar, porque, entre las muchas lindezas que han salido de su exquisito lenguaje, jamás se le oyó mencionar las necesidades de los pobres como prioritarias, ni se le vio acercarse a las chabolas que habitan, ofreciéndose remediar su espantosa situación de miseria física y espiritual, como seguidor declarado de la doctrina de Cristo.
Tampoco ahora, en su celebrada reelección, ha hecho mención siquiera, a la situación desesperada que viven los pueblos árabes, ni ha criticado los métodos de los tiranos, ni puesto el poder de su cargo, a disposición de una mediación pacífica que resuelva, a mayor brevedad, el sufrimiento de los débiles.
Repite también, acicalado como un galán de cine en la alfombra roja de Hollywood, su segundo de a bordo, en una comunión perfecta con el pensamiento de su jefe, e igualmente, al margen de todo aquello que no tenga que ver, directamente, con la pérdida de alguno de los poderes, que durante años detentaron, bajo los palios de la dictadura.
Así que, queridos Marta y Jóse, nada nuevo esperamos bajo el sol de la curia cardenalicia reincidente, que aún nos amenaza con los rigores del infierno, desde los púlpitos de las lujosas iglesias que regentan, sin darnos oportunidad para defender nuestro derecho al laicismo, aunque sólo sea como tabla de salvación, frente a su carpetovetónica visión del mundo y de las gentes que lo habitan.
No deben haberse enterado de la desaparición del limbo, porque permanecen en él, flotando en la supina ignorancia de la realidad, aunque convencidos de ser los únicos libres de cualquier pecado que pueda siquiera rozar su condición de superhombres.
El cargo le viene como un guante para poder pasear por los foros de alcurnia sus modelitos de alta costura eclesiástica, arremeter con su voz aterciopelada contra los descreídos defensores del estado laico y convocar multitudinarias manifestaciones de familias numerosas, a ser posible encabezadas por miembros física o psíquicamente disminuidos de las mismas, donde reclamar junto a la derecha recalcitrante, en contra de las leyes del aborto, los matrimonios entre personas del mismo sexo, o a favor de las clases de religión impuestas en los colegios públicos, pagados con los impuestos de todos los españoles, sean o no, congéneres de la ideología religiosa que representa.
No pierde ocasión de hacer patria, en el sentido más conservador de la palabra, a favor de una doctrina que huele desde lejos a obsoleta, ni de cerrar parroquias implicadas en la regeneración de drogadictos, protección a la emigración o todo aquello que tenga que ver con la auténtica caridad cristiana, que dice defender, con argumentos vanos, como el de que los sacerdotes repartan la comunión vestidos con vaqueros, o que su vocabulario y aspecto físico se acerque más al de cualquier trabajador de barrio, que al de la pasarela mediática en que el mismo se mueve, con el consiguiente dispendio económico necesario, para tener un fondo de armario, como el que le permitió cambiarse ocho veces de atuendo, en la boda de los príncipes.
Será que los pobres no están a la altura de su eminencia, y que la jerga de los desheredados, no cuadra con la fina expresión y galanura con que se desenvuelve, en las altas esferas a las que pertenece. O será que es más proclive a recibir que a dar, porque, entre las muchas lindezas que han salido de su exquisito lenguaje, jamás se le oyó mencionar las necesidades de los pobres como prioritarias, ni se le vio acercarse a las chabolas que habitan, ofreciéndose remediar su espantosa situación de miseria física y espiritual, como seguidor declarado de la doctrina de Cristo.
Tampoco ahora, en su celebrada reelección, ha hecho mención siquiera, a la situación desesperada que viven los pueblos árabes, ni ha criticado los métodos de los tiranos, ni puesto el poder de su cargo, a disposición de una mediación pacífica que resuelva, a mayor brevedad, el sufrimiento de los débiles.
Repite también, acicalado como un galán de cine en la alfombra roja de Hollywood, su segundo de a bordo, en una comunión perfecta con el pensamiento de su jefe, e igualmente, al margen de todo aquello que no tenga que ver, directamente, con la pérdida de alguno de los poderes, que durante años detentaron, bajo los palios de la dictadura.
Así que, queridos Marta y Jóse, nada nuevo esperamos bajo el sol de la curia cardenalicia reincidente, que aún nos amenaza con los rigores del infierno, desde los púlpitos de las lujosas iglesias que regentan, sin darnos oportunidad para defender nuestro derecho al laicismo, aunque sólo sea como tabla de salvación, frente a su carpetovetónica visión del mundo y de las gentes que lo habitan.
No deben haberse enterado de la desaparición del limbo, porque permanecen en él, flotando en la supina ignorancia de la realidad, aunque convencidos de ser los únicos libres de cualquier pecado que pueda siquiera rozar su condición de superhombres.

No sé de qué nos extrañamos. Hace tiempo que Dios se olvidó del necesitado para comprar cajas de ahorros o ivertir en toda ideología que contribuya a empeorar el empobrecimiento de los más débiles. Hace tiempo que la Iglesia se olvidó de sus raíces comunistas y de su compromiso vital con la justicia, convirtiéndose en defensora de una fe de escaparate que ya ni siquiera convence, pero que sigue sirviendo como potenciador del resentimiento contra la vida. No me importa su pretendida humildad: yo no los perdono.
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