lunes, 7 de marzo de 2011

La hora de la venganza




Sentar a Baltasar Garzón en el banquillo de los acusados, ha constituido, sin duda, uno de los objetivos a conseguir, para la derecha española. Así que se podría decir, sin temor a equivocarse, que, probablemente, su felicidad se habrá sido colmada esta mañana, cuando hayan visto avanzar al juez hacia su inevitable cita con la justicia y que, seguramente, hasta utilizarán su línea directa con los santos, para rogar que el caso siga adelante y que la sentencia acabe siendo implacable, para con quién levantó la liebre del caso Gurtel, que tantos quebraderos de cabeza está trayendo a una parte bastante señalada de sus “ilustres” militantes.
Alega la parte acusadora, que se vulnera la intimidad con las cintas que el juez mandó grabar y en las que, parece ser, que se hablaba sin recato, del montante económico que constituye el meollo de este episodio de corrupción y que, naturalmente, señala abiertamente con el dedo a los participantes en el asunto, si es que, finalmente, son admitidas como prueba, en alguno de estos tribunales, tan escrupulosos en la aplicación de las leyes, cuando los supuestos delitos son cometidos por personas doctrinalmente afines a la ideología soterrada en que militan quienes los dirigen y cuya manga suele ensancharse, si los acusados pertenecen a grupos diametralmente opuestos a sus creencias, siempre hablando de casos similares en contenido.
No seré yo quien se declare a favor de la vulneración de las leyes, pero, ciertamente, las investigaciones habrán de valerse de ciertos mecanismos con los que poder esclarecer los hechos que permitan una obtención de pruebas necesarias, para poder instruir una causa, y aclarar quienes se hayan implicados en ella, sin que una continua obstrucción, impida que se avance hacia la verdad, salpique a quien salpique, para acabar ofreciendo una impunidad, sobre todo en delitos de corrupción, de la que ya hemos visto beneficiarse a demasiados individuos, fundamentalmente relacionados con la clase política.
No es de extrañar que las arcas del país se hallen en la deplorable situación que atraviesan en nuestros días, si se toma como lícito, que cualquiera que ocupe un cargo, se considere con derecho a saquearlas, en propio beneficio, o acepte ser sobornado de manera escandalosa por terceros, en pago de concesiones arbitrarias a favor de determinadas empresas, en un aprovechamiento ruin de la posición que ocupan y a sabiendas de que, si son denunciados, su caso corresponderá a jueces correligionarios, que ni siquiera admitirán a trámite, lo que, teóricamente, debiera ser considerado como delito flagrante, en cualquier estado de derecho.
Es pues, para el ciudadano, lícito, que si en algún momento el juez Garzón albergó la sospecha de que con las escuchas conseguiría averiguar el paradero de los dineros de la trama Gurtel y los nombres de los implicados en este farragoso asunto, decretara sin demora su ejecución para evitar que, como estamos viendo, todo acabara diluyéndose en el paso del tiempo y que, inclusive, uno de sus mas relevantes imputados, tuviera la oportunidad de encabezar las listas de su partido en las próximas elecciones municipales, amparado por la aquiescencia de los que, en un acto de clarísima venganza contra el que fue encargado de la causa, le sientan hoy en el banquillo con acusaciones inauditas de haber prevaricado, sólo por cumplir con su deber.
En otro tiempo, un alto cargo del partido popular, el señor Zaplana, ya ilustró con una frase lapidaria su paso por la política admitiendo que había entrado en ella, textualmente, para enriquecerse. Probablemente, esta confesión abierta de sus intenciones, llevó la luz a muchos de sus militantes que, demostrando la gran admiración que por él sentían, siguieron después su ejemplo, sin que hasta ahora nadie haya puesto coto a sus desmanes, ni se sepa que hayan restituido lo que nos robaron, ayudando sobremanera a que la situación del país haya llegado a extremos impensables, hace sólo unos pocos años.
Pero hay que tener cuidado con los precedentes que sientan ciertas sentencias. Y si Garzón es finalmente, condenado por lo de las escuchas, de poco servirán en ocasiones futuras similares, la utilización de los mismos mecanismos, aunque los corruptos militen en formaciones opuestas al PP y los jueces instructores pertenezcan a la llamada ideología progresista o, incluso, proclamen una, casi imposible, independencia, en el ejercicio de sus funciones.
Si las escuchas ahora no son admitidas, no podrán serlo jamás. Y si Garzón es inmolado y apartado para siempre de su cargo, no quepa la menor duda que se habrá abierto una brecha difícil de cerrar en la judicatura y una espiral que podría volverse en contra de los que ahora se proclaman líderes de la aplicación de las leyes.
En esta vida, casi siempre, el tiempo generoso, acaba por poner a cada uno en su sitio.

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