jueves, 10 de marzo de 2011

En ríos revueltos

En todas las épocas históricas en que la humanidad ha atravesado situaciones de extrema dificultad, ha sido una constante la proliferación de salvadores iluminados que, con hábiles promesas de restitución de valores aparentemente perdidos, han conseguido obnubilar a las masas arrastrándolas a lo que, después, serían catástrofes vergonzantes de aciago recuerdo, apelando al sufrimiento generalizado para alimentar el motor de una locura individual, ávida de poder territorial en el que asentar el integrismo de sus paranoicos sueños.
Nuestro tiempo no es, desde luego, la excepción que confirme la regla y la avaricia desmedida del capitalismo global que nos gobierna, estaba tardando en generar el caldo de cultivo que propiciara la aparición del fanatismo, en contraposición total con la cordura que debiera predominar para hacer frente a esta crisis eterna.
Curiosamente, ha sido en Francia, siempre considerada cuna de la libertad, dónde nos ha sorprendido la noticia de que si hoy se celebraran elecciones, el partido ultra conservador, anteriormente liderado por Le Penn, y ahora por su hija, conseguiría un número de votos muy superior al del presidente Sarkozy, que ya se encuentra a la derecha del arco político, como bien demuestran sus medidas en detrimento de la clase obrera, tan protestadas por los sindicatos de allí.
Las ideas del señor Le Penn no son un secreto para nadie. Declarado racista de radicalismo feroz, cercano al fascismo más recalcitrante, ha sido asiduo visitante de los mítines ofrecidos por los franquistas españoles y enfervorizado defensor de teorías similares a las del nazismo hitleriano, sin preocuparse de reprimir su lengua, considerando el holocausto judío como “un detalle sin importancia de la historia”.
Sin esconder su nacionalismo totalitario, en su programa se contempla la inmediata expulsión de todos los emigrantes que no procedan de Europa, por considerarlos razas inferiores, la restauración de la pena de muerte y el aislamiento de los enfermos de sida, por el altísimo índice de contagio que atribuye a la enfermedad. Incluso propone la cancelación de los contratos de los jugadores de color que militan en equipos franceses y considera la homosexualidad como una enfermedad a extinguir.
La implantación de tales argumentos en el corazón de Europa, con el consentimiento de las urnas francesas, podría convertirse en un gravísimo problema, si sus efectos propagadores llegaran a traspasar las fronteras del país, inundando con su inmundicia la mente de las masas descontentas.
Resulta inaudito que pueda siquiera contemplarse como solución a la crisis, el enaltecimiento de doctrinas directamente relacionadas con la deshumanización, contrarias a la multi raciali dad de los pueblos y defensoras de un pensamiento único excluyente de personas, por cuestiones de raza o sexo, que podría terminar silenciando la libertad de expresión de cuántos somos diametralmente opuestos a sus absurdos planteamientos.
No se entiende cómo los tribunales internacionales aún no se han decidido a prohibir para siempre la propagación de estas ideas y a ilegalizar a los partidos que las abanderan, de manera inmediata.
Las experiencias del pasado hablan por sí mismas y constituyen una vergüenza imperdonable para cualquier ser humano que se precie y una atrocidad sin paliativos, que no puede volver a repetirse jamás.
Tomen nota los dirigentes europeos de adonde pueden terminar la economización del sistema político que proponen y cuáles pueden ser las consecuencias del hastío que producen en los que han convertido en víctimas de su crisis mundial.
El horror que podría llegar de la mano de este tipo de fanáticos, sería indescriptible. Produce escalofrío solo pensarlo.

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