domingo, 6 de marzo de 2011

Este desconocido y yo





Hay veces, en que no paro de maldecir este pequeño invento y añoro mi vieja máquina Olivetti de color rojo, que durante tantos años me acompañó en esta aventura de escribir, que fue una vocación temprana de las que duran toda la vida.
Reconozco la utilidad de este medio y las infinitas oportunidades que ofrece. Es innegable que ha acercado los espacios y que ha abierto un universo de conocimiento, antes inasequible, a millones de personas, asentadas en lugares muy diversos, pero convendrán conmigo, en que también puede convertirse en algo bastante engorroso, si, como en mi caso, los conocimientos que sobre el se tienen, se limitan al hecho de abrir algunas ventanas y pulsar algún que otro botón, para poder llegar a una función determinada, de las muchas que ofrece, a otros súper entendidos en la materia, capaces de deslizarse por los múltiples recodos que se ocultan bajo un teclado de apariencia simple, que, en ocasiones, parece rebelarse y hacer exactamente, lo que le da la real gana.
Ayer, por ejemplo, debí tocar en algún sitio que no podría precisar, y, de pronto, vi reducido el tamaño de mi pantalla a una mínima y ridícula expresión, en la que ni siquiera era capaz de distinguir las letras que escribía, y que me costó toda la tarde arreglar, dado el desconocimiento supino que sobre la informática tengo y que aún no sé bien cómo resolví, para poder sacar adelante este artículo, que hoy llega a vosotros, como si nada hubiera pasado.
En estas situaciones, bastante habituales, dada mi torpeza en la materia, mi lenguaje usual, bastante comedido, suele transformarse en una jerga infernal de improperios fuera de lógica y de elevación tonal perceptible desde la lejanía, logrando de mi una especie de lado oscuro capaz de asustar a quien se encuentra a mi lado y que demuestra de forma impepinable, la poca empatía que me une a este compañero de viaje, que se ha convertido en imprescindible, en el mundo que me ha tocado vivir.
Demuestro entonces, una suerte de odio ancestral hacia cualquier posibilidad de entendimiento y hasta creo que soy correspondida por este pequeño tirano, que, probablemente abrumado por mi urgencia, se niega a obedecer mis órdenes y da la impresión de tener vida propia para instalar y desinstalar en sus tripas, funciones de nombre irrepetible, que, no sólo no solucionan aquello que intento, sino que agravan aún mas mis cuitas, degenerando en un desencuentro total entre nosotros.
Con mi vieja máquina de escribir, una cinta nueva y un bote de tipex, resolvían cualquier error cometido y podía continuar escribiendo, pero desde que decidí jubilarla y dar el paso a la modernidad que reclamaban los que me rodean, como imprescindible para cualquier escritor que se precie, estos enfrentamientos narrados, se han convertido en parte de mi vida y me reportan con bastante frecuencia, cabreos antológicos de los que sólo consigo salir, cuando, sin entender cómo, las cosas vuelven a la normalidad y puedo seguir avanzando.
No pregunten dónde he tocado para que este artículo haya podido, al fin, escribirse, porque no lo sé.
Empiezo a creer que cuando las cosas se ponen demasiado feas, este desconocido siente lástima de mi ignorancia y acaba por decidir devolverme a la normalidad que deseo, acabando con esta odisea de navegación cibernética, que termina cuando regreso a la dulce Itaca de mi simplicidad, no sin antes, exhalar un hondo suspiro de alivio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario