Sin que seamos informados con precisión del alcance real de los accidentes de las centrales nucleares de Japón, una ola de pánico sacude a un mundo que ha ido aparcando el debate sobre este tipo de energía, hasta que una catástrofe ha venido repentinamente a recordarle los peligros que entrañan estas fortalezas, diseminadas por todo el planeta.
Como si de un mal sueño se tratara, todos hemos visualizado la vieja imagen de la gran nube de la bomba de Hiroshima, elevándose en forma de enorme seta de humo negro, acabando con cuanta vida encontraba a su paso.
Hasta ahora, hemos convivido de una manera natural con las centrales, muchos de nosotros en pequeñas ciudades ubicadas dentro de sus límites y hasta nos hemos enzarzado en discusiones por conseguir su emplazamiento en nuestras localidades de origen, sólo porque proporcionaban puestos de trabajo muy bien pagados y, consecuentemente, un enriquecimiento del lugar al que terminaban perteneciendo.
Pero la cara oculta de este cuento que nos han vendido como maravilloso, se escapa a veces por las grietas que se abren en sus muros, provocando situaciones como las de Chernobyl, que aún no ha dejado de producir terribles secuelas, en quienes tuvieron la mala suerte de estar en el periplo de la radiactividad emitida.
Lo de Japón es infinitamente más grave y no ha hecho más que comenzar una carrera que, de no ser detenida- si es que se puede de algún modo- podría terminar afectando a una masa de población tan extensa, como dicten los vientos que se encarguen de esparcir el veneno, sin que nadie nos de una idea aproximada de hasta dónde puede llegar la tragedia.
Ya es inútil decir que esto debiera haberse previsto antes. Incluso, a nivel informativo, ha perdido interés el maremoto, el tsunami y las víctimas que hayan podido causar en su alocado paso por la isla porque, comparados con un desastre nuclear de magnitud impredecible, ambas cosas se convertirían en una especie de pequeños accidentes domésticos sin importancia.
En Europa, que sigue pensando aún si intervenir en Libia, mientras Gadafi recupera poblaciones causando muertos por doquier con sus escuadrones de mercenarios, se han aprestado a revisar con urgencia el funcionamiento de sus centrales nucleares y no niegan una enorme preocupación por el tema, aunque si su celeridad es la misma con la que afrontan cualquier problema que se les presente, los resultados serán obviamente desastrosos y todo quedará en la misma situación que se encuentra.
Pero al menos, debieran ofrecer una explicación de lo que acontece, de lo que puede suceder en un futuro inmediato, de las probabilidades de peligro que pudieran afectarnos y, en resumen, de la verdad, que suele brillar por su ausencia en las informaciones de estos malos políticos de turno.
Consternados aún por la visión de lo ocurrido en los últimos días, habrá que armarse de paciencia para esperar a ver si algo inevitable acaba sucediéndonos o si, por el contrario, con un poco de suerte, son capaces de solucionar, por una vez al menos, el problema y toman nota de cómo canalizar esto de la energía, intentando ir a fuentes menos letales y virulentas.
Como si de un mal sueño se tratara, todos hemos visualizado la vieja imagen de la gran nube de la bomba de Hiroshima, elevándose en forma de enorme seta de humo negro, acabando con cuanta vida encontraba a su paso.
Hasta ahora, hemos convivido de una manera natural con las centrales, muchos de nosotros en pequeñas ciudades ubicadas dentro de sus límites y hasta nos hemos enzarzado en discusiones por conseguir su emplazamiento en nuestras localidades de origen, sólo porque proporcionaban puestos de trabajo muy bien pagados y, consecuentemente, un enriquecimiento del lugar al que terminaban perteneciendo.
Pero la cara oculta de este cuento que nos han vendido como maravilloso, se escapa a veces por las grietas que se abren en sus muros, provocando situaciones como las de Chernobyl, que aún no ha dejado de producir terribles secuelas, en quienes tuvieron la mala suerte de estar en el periplo de la radiactividad emitida.
Lo de Japón es infinitamente más grave y no ha hecho más que comenzar una carrera que, de no ser detenida- si es que se puede de algún modo- podría terminar afectando a una masa de población tan extensa, como dicten los vientos que se encarguen de esparcir el veneno, sin que nadie nos de una idea aproximada de hasta dónde puede llegar la tragedia.
Ya es inútil decir que esto debiera haberse previsto antes. Incluso, a nivel informativo, ha perdido interés el maremoto, el tsunami y las víctimas que hayan podido causar en su alocado paso por la isla porque, comparados con un desastre nuclear de magnitud impredecible, ambas cosas se convertirían en una especie de pequeños accidentes domésticos sin importancia.
En Europa, que sigue pensando aún si intervenir en Libia, mientras Gadafi recupera poblaciones causando muertos por doquier con sus escuadrones de mercenarios, se han aprestado a revisar con urgencia el funcionamiento de sus centrales nucleares y no niegan una enorme preocupación por el tema, aunque si su celeridad es la misma con la que afrontan cualquier problema que se les presente, los resultados serán obviamente desastrosos y todo quedará en la misma situación que se encuentra.
Pero al menos, debieran ofrecer una explicación de lo que acontece, de lo que puede suceder en un futuro inmediato, de las probabilidades de peligro que pudieran afectarnos y, en resumen, de la verdad, que suele brillar por su ausencia en las informaciones de estos malos políticos de turno.
Consternados aún por la visión de lo ocurrido en los últimos días, habrá que armarse de paciencia para esperar a ver si algo inevitable acaba sucediéndonos o si, por el contrario, con un poco de suerte, son capaces de solucionar, por una vez al menos, el problema y toman nota de cómo canalizar esto de la energía, intentando ir a fuentes menos letales y virulentas.

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