Rodeado y arropado por los suyos, quizá sólo de cara a la galería, el Presidente Zapatero anuncia que no volverá a presentarse a las Elecciones generales del año que viene. Es el suyo un adiós a largo plazo, si como dice piensa agotar la legislatura, que llega como impuesto por las enormes presiones recibidas desde todos los ángulos y que abre un camino sucesorio que se adivina tortuoso, dado que quien resulte vencedor de las anunciadas primarias, habrá de enfrentarse a un proceso electoral con las previsiones más bajas de popularidad que el Partido Socialista Obrero Español haya tenido que soportar jamás, en toda su vida centenaria. Deja a los suyos apeados de su propia doctrina, sabiendo con certeza que acudirán a las urnas para perder, con credibilidad nula entre los sectores de la izquierda y en un país desbaratado por la amalgama producida por la crisis y las nefastas medidas adoptadas durante los últimos años de su mandato, en contra de las clases trabajadoras y a favor del capitalismo que los engulle con su negra lengua globalizadora y deshumanizada. Los deja huérfanos de un liderazgo capaz de reconducir con contundencia hacia sus propios principios a unas bases atónitas por lo que ha sucedido en su etapa de gobernante, dispuesto a retomar el camino abandonado a favor de la justicia social y preparado para sacrificar su ascenso en aras de una identidad que, en ningún caso, se verá acompañada del poder. Todos los nominados que apuntan los medios de comunicación como posibles sucesores han viajado con él en este barco de rumbo incierto y habrán de sopesar enormemente si les merece la pena representar a las ruinas de lo que fue un gran Partido para hundirse con él en la hecatombe que se avecina. Hay cerca de cinco millones de desempleados que llamarán a su puerta reclamando una explicación que justifique las grietas que abrió para que su situación actual llegase a estos extremos e indiscutiblemente, su confianza perdida será imposible de recuperar si como se entiende, las previsiones de futuro siguen ahondando en el mismo camino de desesperanza. No sé si Zapatero es consciente de lo que deja en el camino. No sé si sabe que su obstinación en bailar al son que le tocaron los poderosos llevaba intrínseca una pérdida irrecuperable de los que procedían del mismo sitio de dónde él decía venir. No sé si tiene o no conciencia de que su postura servil de lacayo en Europa, pone ahora a sus sucesores en la necesidad de una continuidad insostenible y ante el reto de tener que afrontar los años venideros desde una oposición que ya nadie podrá volver a creer. Pero por lo vivido, al menos debía tener presente que el pueblo difícilmente perdona la deslealtad de los políticos, que no consiente en ser vapuleado, engañado y agredido por quienes lo representan sin responder en cuanto es consultado, desterrando al olvido a su agresor. Debía tenerlo presente, porque así dejó el poder su predecesor y así consiguió, en su día, auparse al sillón de mando con el beneplácito de un buen número de conciudadanos. Ya los populares reclaman elecciones anticipadas por todos los mítines de la geografía. Sin atreverse a presentar, desde luego, una moción de censura que aligere la marcha, pero seguros de una victoria que le será servida en bandeja de plata por quien no supo tirar la toalla antes de sacrificar sus principios, presentando una dimisión que hubiera explicado una negativa a seguir los mandatos del capitalismo. Ya algunos le adelantan su interesado apoyo en el año que tiene por delante, pero con ellos o sin ellos, el barco ha entrado en aguas peligrosas de donde no se sale de otra manera que naufragando.
domingo, 3 de abril de 2011
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