martes, 12 de abril de 2011

Requiem por un juez español

Parece que no hubieran pasado los años y el tiempo se hubiera detenido en la maldita post guerra española, cuando los vencedores llevaban a cabo juicios sumarísimos contra quienes tenían la osadía de oponerse siquiera a sus pensamientos. Parece que el viento democrático que llegó a nuestras vidas con la transición, hubiera sido sólo un espejismo y las hordas franquistas siguieran instaladas en los cargos de mayor responsabilidad del país, haciendo y deshaciendo a su gusto las leyes, afincadas en su elevado estatus de poder e interpretando su significado a su conveniencia. Es verdad que el tiempo ha transcurrido y nos parece haber ganado el derecho a la limpieza judicial, a ser medidos por un mismo rasero independientemente de nuestra procedencia ideológica, pero la realidad demuestra a diario, sin embargo, que los caminos de esta judicatura a la que nos sometemos, son distintos si el pensamiento se sitúa en una u otra orilla. Un caso evidente de lo que digo es la empecinada actitud que se demuestra contra Baltasar Garzón, a quien las alas conservadoras de la ley, no perdonan la osadía de haber tratado de esclarecer los crímenes del franquismo, ni la desfachatez de haber escuchado las jugosas conversaciones de los implicados en la trama Gurtel, que curiosamente lleva al banquillo de los acusados a gentes cercanas a su recalcitrante ideología que, para mayor escarnio, encabezan ahora las listas de candidatos a las elecciones autonómicas de la Comunidad Valenciana. Huele a podrido el caso de Garzón desde el principio, desde que se admiten a trámite las acusaciones contra él, viniendo de ciertos partidos falangistas de doctrina fascista, que debieran ser ilegalizados de igual modo que lo son los abertzales y borrados del mapa político español, dado su pasado violento y facineroso. Huele a trama orquestada por las derechas para deshacerse de un juez ecuánime, amparados en la supuesta legalidad de unos tribunales claramente inclinados a las propuestas venidas de la mano de los amigos de un pasado incivil de perversidad, que se afanan en dar sepultura a las heridas infringidas a los otros, seguramente para evitar tener que encontrarse cara a cara con acciones vergonzosas que no quisieran tener que reconocer. Enterraron a nuestros muertos en las cunetas y ahora quieren que el juez los acompañe, a ver si las nuevas generaciones olvidan que existieron uno y otros, dando tranquilidad para siempre a los que llevan en la conciencia una pesada losa de la que les está resultando difícil desprenderse. No importa si con el juez desaparece la última oportunidad de las familias para conocer qué pasó con los suyos, ni las miles de historias desgraciadas que se ocultan en las fosas comunes de todo el territorio español. No importa si no se averigua nunca dónde fueron a parar los niños robados a las madres republicanas en las cárceles franquistas, ni qué suerte corrieron los defensores de la legalidad que tuvieron la mala suerte de que les arrancaran la vida en la oscuridad de la noche. Sólo importa la estabilidad de los que proceden del lado vencedor, entonces y ahora, como si los cuarenta años de oscuridad, no hubieran generado más que una niebla espesa de la que nunca nos permitirán salir. No hay justicia si se permite que esta masacre solapada continúe ejerciéndose con la arbitrariedad que se hace ni se puede pedir a los ciudadanos confianza en un sistema capaz de hacer distinciones según el credo de cada cual. Junto a Garzón, a quien ya han condenado de ante mano, imputan a toda la izquierda que no se resigna a la tristeza del olvido y con él, se marcha también nuestro derecho a conocer la verdad, mientras arriba se asientan riendo a carcajadas los infractores de ayer y de hoy, como si aquellos crímenes de entonces no hubieran sido mas que una pantomima y nosotros juguetes rotos en unas manos de acero que no dejarán de ahogarnos jamás.

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