miércoles, 27 de abril de 2011

El ahorro de los nobles

Mientras la calidad de vida de los ciudadanos de la vieja Europa se debilita hasta extremos alarmantes y acucia la necesidad de aminorar gastos para poder cubrir las necesidades de los Estados, agonizantes por las consecuencias de la crisis, las testas coronadas y demás integrantes de la nobleza, ultiman sus visitas a los más prestigiosos modistos para acudir al enlace del nieto de la Reina Isabel de Inglaterra, que se celebrará a finales de esta semana.
No caeré en la tentación de hacer un cálculo aproximado del precio del evento, pero podría afirmar sin temor a equivocarme, que los gastos generados por la parafernalia que rodea a esta boda de carácter real, valdría para remediar en gran extremo los problemas de multitud de personas que miran con asombro la magnitud del acontecimiento, despojados de cualquier posibilidad de atender con dignidad a sus necesidades primarias.
Poco parece importar sin embargo esta agonía, a los enfervorizados partidarios de seguir manteniendo instituciones obsoletas como la monarquía, al frente de los asuntos de un país, consintiendo tácitamente que las interminables cortes que rodean a las casas reales, continúen aupadas a un estatus social insostenible más propio de épocas medievales, que de una sociedad moderna que está viendo tambalearse sus pilares sin ser capaz de deshacerse de lastres como éste.
Resulta ciertamente escandaloso que la genética haga perpetuar en posiciones de privilegio a determinados individuos, sin que siquiera se someta a referéndum el carácter vitalicio de sus puestos y que amparados en la impunidad que les otorga saber que nunca serán apeados de sus tronos, inviertan los caudales públicos en fastos de índole privada, cargando a las arcas de los Estados con incalculables facturas que chocan frontalmente con los recortes que se ven obligados a hacer los individuos sobre los que reinan.
Que tengamos que soportar estoicamente la merma de inversiones en servicios como la sanidad o la educación, mientras celebramos con todo lujo de detalles las bodas de la numerosa prole de los Reyes y los gastos diarios que acarrea la movilidad de los miembros de las monarquías, no deja de ser un insulto para los bolsillos vacíos de los contribuyentes y una ostentación inadmisible cuando las penurias económicas se ceban con los trabajadores colocándolos contra la pared irremediablemente.
Huelga decir que sobran estas cortes palaciegas, compuestas es muchos casos por miembros de casas reales ya abolidas en otras naciones, ancladas a nuestro presente y futuro sin que los parlamentos sean capaces de plantear su desaparición inmediata como una de las medidas de lucha contra la crisis.
Tener que convivir forzosamente con esta primitiva lacra sin que nadie atienda las peticiones que reiteradamente hacen parte de los ciudadanos reclamando sistemas de gobierno más actuales, resulta, cuando menos, inexplicable para una gran mayoría de los habitantes europeos, que deploran en su totalidad los privilegios otorgados a esta casta prehistórica de rancia nobleza.
Hace tiempo que la sangre de los individuos se igualó desterrándose cualquier diferencia de carácter discriminatorio entre ellos. Por tanto, es ridículo perpetuar las especies trasnochadas que aún se mueven en los ambientes áulicos y que tan descaradamente aprovechan su posición en beneficio propio.
Porque hay alternativas mucho más dignas para gobernar un país y la prueba está en las múltiples Repúblicas que salpican el mundo resolviendo sus asuntos de Estado sin tener que sobrellevar la costosa manutención de estos nobles parásitos del Siglo XXI.

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