Al fin, un grupo que firma como Juventud sin futuro, da un paso adelante en nuestro país y convoca a través de las redes sociales, las primeras manifestaciones contra la globalización capitalista abrazada por los gobiernos, declarando abiertamente su falta de oportunidades para llegar a labrarse un porvenir. Firman el manifiesto docentes, artistas y una gran cantidad de personas de profesiones diversas, fundamentalmente capitaneados por una mayoría estudiantil que contempla absorta cómo al concluir su carrera, de seguir las cosas por este camino, pasarán a engrosar las largas listas de desempleados que nos recuerdan a diario la agónica situación que padecemos. Desde luego, corresponde a la juventud este salto al vacío para intentar cambiar el sistema y me complace comprobar que al menos una parte de nuestros hijos, no se haya acomodada al paternalismo eterno de los de mi generación y entiende que ha llegado la hora de tomar el relevo en la exigencia de sus propios derechos, si como dicen, quieren llevar las riendas de su vida. Es éste un movimiento que hemos de apoyar sin reservas intentando que los de nuestro alrededor se sumen a las iniciativas propuestas, ahora que empieza a despertar la conciencia de los que nos siguen en el transcurso de la historia. Quizá esta prolongada crisis vaya a traer finalmente, un modo de posar los pies en la realidad para redescubrir la conciencia de clase que durante tanto tiempo se ha intentado anular desde las altas esferas, con el espejismo ilusorio de un estado de bienestar ficticio que nos engañaba haciéndonos creer que pertenecíamos a una especie de alta burguesía con rentas vitalicias inamovibles. Hay que alentar este tipo de actos porque nuestros gobernantes merecen experimentar en carne propia la intranquilidad que da oír la voz de la calle. Apostados en sus palacios de cristal, anclados en el discurso rancio de su propia soberbia, la tranquilidad de tener bajo control a los sumisos ciudadanos que acabarán trabajando a cambio de lo que sea, ha proporcionado hasta ahora un cierto relax, que debe ser roto por la contundencia de una gran respuesta. Se echaba de menos la valentía de los jóvenes liderando las propuestas y tal vez, su avanzadilla acabe generando una ola que arrastre a los trabajadores a volver a la coherencia de asumir su propia defensa. Todos debemos poner nuestro grano de arena, para que el negro futuro que auguran las siglas de este grupo recién nacido, se torne en esperanzador recordando a los políticos que nada son sin el pueblo soberano. Es hora de cambiar un sistema caduco que no complace ni estimula a las mayorías sufridoras que pueblan este viejo continente. La situación no permite demora y se ha terminado la confianza ciega que un día pusimos en los que decían representar nuestros intereses. No queda otro remedio que personalizar las acciones mirando hacia nuestro interior para entender que el silencio no conduce a otra cosa más que a otorgar la razón a quien hace tiempo que la dejó en el camino. Desde la humildad de mis páginas llamo a mis lectores a mirarse en el espejo de su vida cotidiana y si su indignación es tan evidente como lo es ahora la mía, a que se atrevan allí donde estén, a dar un paso al frente para evitar la pérdida de la dignidad.
miércoles, 6 de abril de 2011
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